Su nombre es Mohammed Qasem, palestino, de la Franja de Gaza. Lleva un año en Venezuela, estudiando en la Escuela Latinoamericana de Medicina Salvador Allende. Es sábado dos de agosto del 2014. Hace 25 días que la nueva ofensiva del Estado de Israel sobre la Franja de Gaza ha comenzado y Mohammed repite los números: 1.700 muertos, 6.000 heridos. Una nueva masacre.
En la Franja de Gaza -365 km2- viven 1.800.000 palestinos. En Cisjordania -5.655 km2- 2.500.000. Hay más de 5.000.000 que se encuentran refugiados. Mohammed cuenta: “Están matando niños, inocentes, a todo el pueblo, gente desarmada, ancianos, mujeres, están atacando y bombardeando las casas, las escuelas, los hospitales, las mezquitas, las iglesias, todo todo”. Todo es para él su vida, su historia que quieren arrancar como un árbol que se resiste.
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Son muchos los palestinos que están en la movilización. Las mujeres avanzan con cabellos recogidos en un velo, cintas verdes rojas y negras puestas alrededor de los hombros. Y kufiyya, muchos kufiyya –el pañuelo tradicional de varios países de Medio Oriente- que llevan casi todos a lo largo de las varias cuadras sobre la cuales se extiende la marcha.
“Eso nos los enseñó Hugo Rafael Chávez Frías, que debemos ser solidarios con los demás países, tenemos que ser hermanos y ayudarnos los unos a los otros”, explica Magali Pérez, una mujer venezolana que camina bajo el sol y lleva una franela que lleva escrito: Palestina aguanta que el pueblo se levanta.
La movilización fue convocada por el presidente de la República Nicolás Maduro. El día anterior había anunciado que se abrirán casas de apoyo en Venezuela para las víctimas palestinas. Son muchos días en que las pantallas retransmiten las imágenes del horror, de la masacre impune. Bombas que caen, barrios que desaparecen y con ellos todo. “Ni los muertos se han salvado”, dice desde la tarima principal la embajadora palestina en Venezuela, Linda Sabeh Alí.
Antes de ella un joven se había dirigido con el micrófono a los presentes: “Asumamos nuestra responsabilidad y boicoteemos al Estado de Israel, no compremos Coca-Cola, P&G, los productos con el numeral 729 que es el de los productos hechos por Israel; si los compra está comprando balas para matar palestinos, está comprando muerte, genocidio”, gritaba. “¡Fuera Israel y que viva Palestina!”, y las banderas altas.
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“Queda alrededor del 18% del territorio que se había acordado en 1948”, explica Muath Daraghma, palestino, de Cisjordania. También vino a estudiar a la Universidad de Medicina. Lleva cuatro años en Venezuela y una bandera de su país que atada a los hombros le llega hasta los tobillos. Él, como Mohammed, vino a través del convenio entre ambos países.
“Queda alrededor del 18% del territorio que se había acordado en 1948”, explica Muath Daraghma, palestino, de Cisjordania. También vino a estudiar a la Universidad de Medicina. Lleva cuatro años en Venezuela y una bandera de su país que atada a los hombros le llega hasta los tobillos. Él, como Mohammed, vino a través del convenio entre ambos países.
Muath explica una de las causas de los ataques que comenzaron el 7 de julio: “El Estado de Israel no permite que Hamas se una con Fatah para hacer un Gobierno unido”. Se refiere a los recientes diálogos entre Hamas –que gobierna en Gaza- y Fatah –en Cisjordania- para unificar la lucha por la autodeterminación del pueblo palestino. Su derecho a un Estado libre, soberano, independiente.
Por eso, por la necesidad de mostrarle al mundo la digna causa de su pueblo, Muhat agradece al pueblo venezolano, al Gobierno, y a los países de América Latina. Sabe que del otro lado Israel cuenta con el apoyo de los Gran Bretaña y de Estados Unidos: el primer imperio es el que permitió al sionismo entrar masivamente en territorio palestino –a partir de la Declaración Balfour en 1917-, y el segundo es el principal amparo y respaldo hoy para asesinar sin temor. La comunidad internacional por su parte ha optado en su gran mayoría por un silencio cómplice desde hace 25 días.
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“Nosotros no podemos hacer nada contra tanques, aviones, con F16, luchamos con lo que tenemos”, dice Muath. A su lado pasa Reinaldo Iturriza, Ministro del Poder Popular para las Comunas y Movimientos Sociales. Luego Fidel Barbarito, encargado de la cartera de Cultura. Y pueblo, mucho pueblo, ese “pueblo hermano, amigo”, como afirma el joven de Cisjordania.
Él, junto a Mohammed forma parte de una nueva generación en un largo camino. Sus padres han resistido. Sus abuelos han resistido. Aprendieron a vivir muchas veces sin luz, sin gasolina, sin agua. A saber a un enemigo cerca, cada vez más cerca, entrando en las casas, disparando, colonizando, expulsando. 66 años de hostigamiento y muerte, de la decisión de un Estado y una ideología –el sionismo-, de terminar con un pueblo, una cultura, de su derecho a ser en su tierra, entre sus árboles, su viento y su mar.
Hoy pueden estudiar en Venezuela, un país encabezado por un Gobierno que ha venido luchando por el reconocimiento del Estado Palestino, por el cese de las agresiones, del “terrorismo que se llama ´represalias´” como definió en 1974 Rodolfo Walsh la práctica del Estado de Israel. Están en unas calles que usa sus colores, usa kufiyya, practica la solidaridad.
Y Muhat y Mohammed, como aquellos que ya no están y florecen en los olivos, los que tuvieron que irse y piensan cada noche en cómo regresar, y quienes defienden las fronteras de Gaza, de Cisjordania, no tienen duda: “Nosotros venceremos, venceremos, venceremos”.
Texto: Marco Teruggi
Fotos: Oswaldo González
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