domingo, 25 de noviembre de 2018

Obrero que piensa bota la fábrica


La guerra, la guerra. Para ella las plazas y las avenidas, para ella los mares y los ríos, las montañas, valles y sabanas, para ella gente, animales, minerales y árboles, para ella bibliotecas, mausoleos y museos, para ella alimentos y  conocimientos, religiones, escolaridad, salud, arte, deporte, sueños.
Todo, absolutamente todo, es derivación, servicio de la guerra. No hay nada en la organización de la cultura capitalista que no esté atravesada por la guerra, que no sea y pertenezca a la guerra. Veamos el simple ejemplo del lenguaje: competir, combatir, atacar, saquear, superar, disciplinar, formar, uniformar, informar, ordenar, avanzar, enfrentar, superar, tomar, someter, invadir, alinear, desarrollar, copar, acumular, progresar, dividir, restar, sumar, multiplicar, y muchísimas otras expresiones, son usadas en todos los haceres cotidianos de la cultura capitalista sin que nos preocupemos en cuestionarlos.
Observemos la arquitectura de la guerra: plazas, avenidas, urbanizaciones, estatuas, monumentos, escuelas, cuarteles, manicomios, cárceles, cementerios, fábricas, transportes, monocultivo, pesca industrial, en todo está expresada las formas y contenidos de la guerra.
La guerra transmutada en fábrica es el perfecto cuartel en donde diariamente los dueños rescatan el botín llamado plusvalía. Millones de mujeres y hombres, esclavos soldados, somos exprimidos diariamente. La fábrica es la guerra perfecta, ni siquiera en los conocidos 15 mil años de conflagración se ha producido tantos muertos, heridos, discapacitados y dados de baja como lo hace la fábrica cotidianamente.
Nunca el mundo de la guerra se había mostrado en todo su esplendor, los tambores suenan desaforadamente, las fábricas de armas trabajan a toda máquina. Los medios de noticias falsas se desgañitan notificando y preparando al estimado público para el futuro espectáculo, la nueva carnicería se inaugura con bombos y platillos, las marquesinas estallan de luces que encandilan. Jamás los heraldos se habían mostrado tan alegres en sus trajes para anunciarla.
Cada mina, un campo de batalla; todas las normas del juego humanista han sido rotas a ex profeso; es urgente para los dueños del gran capital nuevas reglas que se adapten a sus necesidades.
El planeta debe ser un solo coto de caza, donde el mayor dueño imponga las pautas. Para que eso pueda ocurrir, los Estados-nación deben desaparecer, pero en la dinámica del capital hay minas en donde los Estados han acumulado y controlan riquezas. Remover esas estructuras requiere de actos violentos donde la diplomacia no tiene cabida, la política es directa y brutal, el plan se impone con las armas.
En cada territorio el capital está obligado a rebajar el costo de la mano de obra, a comprar barato la materia prima y los recursos naturales, a no pagar impuestos, a usar los servicios públicos como propiedad privada. Sin esa condición le es imposible continuar funcionando, en él debe haber saldo positivo.
Es a tarascazo limpio que los dueños se comen unos a otros, las corporaciones tragan corporaciones, destruyen culturas, paisajes, mandan al tiesto de la historia todas las artes y filosofías. Las viejas formas institucionales que regulaban el crimen de los dueños se hacen obsoletas. ONU, OEA, OMS, OMC, ONG, OPS, OIT, FIFA, COI, y otras, muestran su verdadera cara al público: todas están al servicio del gran capital.
Las corporaciones llevan al paroxismo la explotación de la energía gente, al punto de escoger y comprar al por mayor la mercancía mano de obra de mejor calidad y de botar el sobrante a su suerte: bonita frase para definir la muerte violenta y angustiante de millones que mueren tratando de cruzar mares, alambradas, muros, fronteras, para venderse por un vulgar plato de frijol, disfrazado de caviar en la propaganda que nos mueve.
Los dueños están movilizando capital y mano de obra de un sitio para otro. De Europa, Estados Unidos, mueven capitales hacia territorios donde se concentra mano de obra esclava, materias primas y servicios públicos a muy bajo costo, y mueven mano de obra hacia sitios donde esta es muy cara, buscando bajar esos costos. Por eso vemos moverse gente de África hacia Europa, de sur y centro América hacia el norte, y buscan destruir los Estados-nación en donde hay muy poca mano de obra y grandes cantidades de servicios y recursos naturales o materia prima, caso República Bolivariana de Venezuela.
En la actualidad, como los cardúmenes de sardinas que, sin saber, se mueven hacia las redes, nos están moviendo a los pobres en todo el planeta, una horda de casi 300 millones de personas, todas hacia las atarrayas del capitalismo, que nos pescan casi a cero inversión. Eso sin contar la movilidad interna en cada mina, en la ilusión del dorado feliz. Jamás la inmigración o migración había sido tan publicitada, tan financiada, tan organizada, miles de barcos, camiones, carros, albergues, medios de información, oenegés, se han puesto al servicio de ese mega operación para reducir el costo de la mano de obra.

Los pobres no controlamos misiles

Así nos encontramos los pobres en medio de esa rapiña entre poderosos. En este plano entramos en el tiempo de la inestabilidad permanente. Lo inestable será lo estable de ahora en adelante. Debemos aprender a vivirlo en conjunto, como clase, ya que individualmente nadie lo va a soportar. Tenemos que prepararnos, no podemos ir a ninguna batalla solos. Los dueños no dejarán que tranquilamente dejemos de ser sus esclavos, por eso la gran tarea de este tiempo es pensarnos los pobres de otra manera.
En la República Bolivariana de Venezuela, los pobres tenemos la ventaja de contar con un gobierno que nos permite pensar; nosotros no podemos desperdiciar el tiempo criticando, estamos obligados como los dueños a producir política favorable a nuestros intereses, los que debemos definir. No es posible que sigamos en este tiempo reclamando derechos en el capitalismo cuando este busca es someternos a mayores grados de esclavitud, no pidamos al amo el látigo con el que nos golpea, porque allí expresa su poder. Eliminemos las condiciones que hacen posible la existencia del amo y su látigo.
No podemos desbaratar esta guerra con las voces del enemigo, con el canto del enemigo, con la visión, aspiración, deseos y sueños del enemigo, con la gestualidad del enemigo, con la forma del enemigo; con los espectáculos del enemigo, con la propaganda del enemigo, con el modo de producción del enemigo. Estamos obligados a fortalecernos con los cantos que vienen de la lejana carencia y que nos han permitido deshacernos de tanto látigo, de tanta humillación, de tanta lágrima, de tanta amargura. Dispongámonos a crear la otra palabra, la otra cultura, con la alegría, con la invención que nos ha permitido sobrevivir a la tragedia que nos impone con la guerra la cultura capitalista.
Los trabajadores tenemos que tomar la decisión política de abandonar la fábrica para pensar otra cultura donde aquella no sea posible. No temamos conversar o pensar, seamos radicales en el pensamiento y audaces en la acción.
No imitemos a los carcamales de la intelectualidad académica, sean de izquierda o de derecha, ellos no tienen respuestas, ellos queriendo o sin querer son parte del problema. Todo su pensamiento es imitativo, repetitivo, anquilosado, no sirve a nuestro propósito, y si hay personas en esa camada que entiende de qué hablamos, que se sume al montón. Todo el que hable de arreglar, de hacer que esto funcione, de que el gobierno debe cumplir, es sospechoso hasta nuevo aviso, porque o no sabe de qué está hablando o tiene interés en mantener al capitalismo.
La cultura de la guerra no puede ser más la manera de vivir. La guerra que hoy nos imponen los ricos se acabará cuando dejemos de ser sus soldados en cualquier bando.
Los pobres somos una clase que no se ha pensado nunca y estamos obligados a comunicarnos como clase desde los intereses históricos que nos corresponde crear y asumir, a juntarnos, a ser iguales como clase, porque es juntos cómo asumiremos la desagradable pero necesaria tarea de desarmar la guerra: principio y fin de la cultura capitalista. Hay que aprender a vivir en ese marco, porque no hay otra manera de plantearse el problema en este momento. Ocultarnos la verdad no tiene ningún sentido porque se nos vuelve peligroso.
Las grandes mayorías tenemos que saber que estamos en medio de una guerra que nos impusieron los dueños del planeta, ellos lo saben, nosotros debemos saberlo, porque el antiguo dicho se vuelve de moda: guerra avisada no mata soldado, y en este caso todos los pobres del planeta somos la carne de cañón, porque los pobres no controlamos misiles.
Millones de obreros y campesinos de este planeta hemos servido de carne de cañón de todas las guerras y todas han sido guerras sustentadas ideológicamente en la justicia, la democracia, la libertad, todas guerras dirigidas por personas muy buenas y altruistas, personas de altos ideales y de intereses superiores, en nombre de la humanidad, siempre supuestamente para favorecernos. Nosotros no nos hemos preguntado eso. Nunca nos damos cuenta de que después de cada guerra los dueños acumulan más riquezas. Todos sabemos que cuando los pobres vamos a la guerra arrasamos con todo, pero no preguntamos: ¿quién hace la escopeta con la que disparamos? ¿Quién hace la bomba? ¿El avión? ¿De quién es el misil? ¿Quiénes son realmente los dueños de la guerra? ¿Por qué nunca se apagan las fábricas de armas?
Claro que provoca salir a disparar, porque el miedo no es fácil soportarlo, el miedo hace que matemos y nos maten, el miedo hace que generemos odio y nos convirtamos en valientes huyendo hacia el enemigo, y eso lo saben los dueños del planeta.
Nos toca pensar. La rabia, el odio, no nos sirven. El odio y la rabia nos convierten en carne de cañón, porque así como disparamos, nos dispararán. Siempre los pobres seremos la estadística que muere en cada guerra. Porque nosotros con una ametralladora no le daremos al que está dirigiendo la guerra desde sus mansiones.
Contra todo pronóstico, violentando todas las reglas, superando todo nadando río arriba, en medio de esta inestabilidad creada por los dueños, en Venezuela, la obstinación y terquedad de nuestra dirección y de nosotros como pueblo mantiene abierta la rendija por donde podemos escaparnos hacia nuestra propia historia, sirviendo de ejemplo a los demás pueblos pobres del mundo.

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