
VISTO CON FRIALDAD, PAULO COELHO NO LE HA HECHO DAÑO A NADIE. SU CASO PARECE SER COMO EL DE RICARDO ARJONA: EN CIERTOS CÍRCULOS AL TIPO LO INSULTAN PERO A LA HORA DE SACAR CUENTAS RESULTA QUE EL HOMBRE HA VENDIDO MÁS LIBROS QUE CUALQUIER GARCÍA MÁRQUEZ
POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN FORASTERO LPA
Antes de decir cualquier cosa sobre Paulo Coelho es preciso hacer la acotación: en vista de que era muy rebelde cuando joven, su familia (un clan acaudalado y muy católico, según dicen) lo recluyó en un hospital psiquiátrico, donde lo sometieron a terapias con electroshock. Rebelde: su familia quería que fuera ingeniero y él se empeñaba en ser escritor. A estas alturas casi dan ganas de meterse a católico y apoyar a la familia, pero ya para eso es demasiado tarde.
También fue compositor y preso de conciencia en su país natal, Brasil, por publicar unas caricaturas que le cayeron mal a la dictadura militar. Joven, golpeado, incomprendido, rebelde, se marchó de Brasil y comenzó su viaje a las profundidades de una interioridad vital y cataclísmica, cuyo magnetismo… A ver: el hombre se fue y, poco tiempo después, empezó a amasar una gradiosa fortuna.
Visto con frialdad, Paulo Coelho no le ha hecho daño a nadie. De hecho, su caso parece ser de la misma estirpe y características que el de Ricardo Arjona: en ciertos círculos al tipo lo insultan, lo someten a burlas (como la de los primeros párrafos, aquí arribita), lo degradan y lo vuelven a insultar, pero a la hora de sacar cuentas resulta que el hombre ha vendido más libros que cualquier García Márquez, Cortázar, Gallegos, Rulfo, Vargas Llosa y Juan Guaidó de la historia. Por cierto que Juan Guaidó no ha vendido ni venderá jamás ningún libro.
Ha sido traducido a más idiomas de los que uno puede recordar sin consultar Wikipedia, sus libros se venden como pan caliente en casi todos los países inscritos en la ONU, excepto Venezuela, donde ya no se vende el pan caliente. Ha ganado millones de dólares y distribuye el tiempo de su vida entre las 12 o 15 mansiones que ha comprado en varias capitales del mundo. Ante la contundencia de las cifras, hay una vieja defensa que esgrimen los seguidores de autores, músicos y grupos más o menos elitescos: entonces hay que comer mierda, porque 900.000 trillones de moscas no pueden estar equivocadas. Pura envidia, puritas ganas de descalificar al tipo que se hizo millonario escribiendo (y tú no).
Cuando cumplió 70 años le concedió una entrevista a una revista española de frivolidades. Ya ustedes se imaginan la clase de periodistas que trabajan en una revista de ese tipo. Pues bien: una periodista de una revista de esas hizo que Paulo Coelho, el gurú de la espiritualidad, de la búsqueda de la felicidad y de la sencillez de la vida, se arrechara y estuviera a punto de sacarla de la casa. Es que se la puso facilita: a propósito de la publicación de su último —o penúltimo— libro, titulado Hippie, quiso convencer a la caraja de que la riqueza no tiene nada que ver con el dinero, y que se puede seguir siendo hippie viviendo en una pingatiesa de mansión frente a los Alpes suizos. Tú sabes, ese tipo de temas y conversaciones que tanto nos interesan, hoy por hoy, a los venezolanos.
El fenómeno o síndrome que ha hecho de Coelho un autor popular, en un mundo en el que la palabra “popularidad” es la fruta que todos quieren, pero también viene recubierta de tonalidades sospechosas, no es de ninguna manera una perversión del sujeto Coelho, sino tal vez un signo de la sociedad actual. Llamemos “actual” a ese período que vio morir a un siglo y asiste a la configuración de otro: una sociedad europea postindustrial y otra todavía colonizada, que parece postindustrial sin haber saboreado las presuntas mieles de la industrialización. Una literatura que habla de la felicidad como cosa posible, mediante unas actitudes y unos ejercicios mentales, viene a sonar necesaria en el tiempo de la destrucción de toda esperanza.
El reguetón y sus derivados, así como todo el enfermo arte que produce la juventud enferma de una sociedad enferma, hablan de una decadencia aplastante y palpable; unos libros que parecieran contener la fórmula para la evasión y el “éxito” no solo se convierten en un manjar de búsqueda obligatoria, sino que generan en el consumidor la sensación de que está por encima del promedio, de la chusma, de ese común que se divierte en su propio despedazamiento. Ellos “allá abajo” se ayudan con drogas y con violencia; yo, que soy mejor porque he descubierto en estos libros la clave, me autoayudo con autoayuda; y si, además de feliz, no me he hecho rico es porque soy un poco flojo y no he seguido las instrucciones al pie de la letra. ¿Cómo te quedó el ojo?
Así que no es Paulo Coelho, son estos tiempos: si no hubiera dolor de cabeza no serían tan exitosos los analgésicos (y hay algunos muy buenos, y otros que solo te esconden el dolor por un rato).
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