*Miguel Ugas
He allí el dilema. Tal como van los acontecimientos,
en nuestro país, estamos frente a unos nubarrones que pudiesen convertirse en
tempestad, dependiendo de si a quienes les corresponde tomar decisiones optan
por la afirmación del diálogo como camino para despejar las evidentes
diferencias o se inclinan, tozudamente, por el despeñadero del no diálogo, es
decir, por el camino de la desventura.
Sin condiciones
En pocas
palabras, o dialogamos o nos matamos, esta es la ecuación disyuntiva ante la
cual nos encontramos los venezolanos. Para quienes se refocilan con la segunda
incógnita de la ecuación hay que ponerles sobre aviso con los cercanos ejemplos de Guatemala, El Salvador y
Colombia, donde llegaron al inevitable sendero del diálogo después de decenas
de años de guerra y desolación y centenares de miles de muertos y refugiados, o
con los más alejados en la distancia, pero más contemporáneos en el tiempo, como
los trágicos casos de Libia y Siria, que hemos, de manera dramática,
virtualmente presenciado según la narrativa de la plataforma cibernética
informativa transnacional.
La experiencia de otros pueblos nos enseña que hay que
concurrir al diálogo sin condiciones. Estas, las pautas, sobre las cuales se
van a desarrollar las deliberaciones han de surgir del mismo proceso dialogante
y no de un pre condicionamiento que de entrada obstruye cualquier posibilidad
de acuerdo inicial.
En Venezuela, todavía, tenemos un amplio margen de
posibilidad de entendimiento, entre otras razones, porque la gran mayoría de
nuestro pueblo, independientemente, de sus preferencias políticas, quiere la
paz, descarta la violencia, que es la consecuencia del no-diálogo, para dirimir
las contradicciones.
Voz suprema
Por supuesto, que hay diferencias, incluso, de
carácter antagónico; están en disputa dos concepciones de la economía, de la
política, de la historia, de la cultura, de las relaciones sociales, en fin, de
la vida y del mundo, pero, hay también espacios para canalizar las divergencias
existentes, en los que resalta, en primer término, el respeto a la Constitución
que es el pacto social por excelencia, y la salida electoral, en la que el pueblo tiene la voz suprema, como
dijo Séneca, el pensador latino, crede mihi, sacra
populi lingua est ("créeme, sagrada es la lengua del pueblo").
Aparentemente,
todos los sectores, aceptan la idea del diálogo aún cuando hay algunos factores
políticos que han demostrado no tener interés en el mismo y, esto, es lo que cuenta;
son los grupos radicales que bien por su noviciado político o por cálculos personales o grupales consideran que
la solución es la violencia; importándoles muy poco las consecuencias que tal “solución” generaría: los eufemísticamente
calificados como daños colaterales, que, por lo general, no padecen quienes los
auspician puesto que siempre están a buen resguardo; este es el caso, por
demás, notorio, a nivel mundial, de los yanquis que promueven cuanto conflicto
bélico hay en el mundo pero siempre bien lejos de sus fronteras, de manera que
los daños colaterales los sufran otros
pueblos.
Tres sectores
Si analizamos, con
cierto cuidado, el caso venezolano, observamos que en el ámbito de la oposición se expresan, entre su
dirigencia, tres sectores: los que son manifiestamente partidarios del diálogo
pero que no tienen la fuerza suficiente para implantarlo como estrategia
colectiva; los oportunistas, tal vez, los de mayor cuantía pero que por su dispersión
e incoherencia actúan de manera ambivalente, con altibajos, temiéndole al chantaje del tercer sector, que
es minoritario pero osado, rabiosamente anti diálogo que sin tapujos plantea
que “con un régimen como el actual, autoritario y dictatorial, no hay acuerdo
que valga sino lo que se impone es la presión de calle hasta salir del gobierno”,
desconociendo o violentando la Constitución, como en su momento lo expresó el
caro inquilino de Ramo Verde.
Frente a este
sector calenturiento, de naturaleza filo
fascista, que representa más nítidamente los intereses oligárquicos e
imperialistas, con estrechos nexos con las fracciones más radicales de la
derecha internacional, que le cuesta
esconder sus costuras insurreccionales,
hay que mantener una posición de alerta permanente para evitar que sus ímpetus
violentos perturben las posibilidades de acuerdo institucional. Hay que hacer
lo posible por encontrar la senda a
través de la cual superar la coyuntura
política presente en el país.
Reasumir el diálogo
Está claro que las
fuerzas políticas afectas al gobierno bolivariano están en la disposición de
reasumir el diálogo con la oposición, que nunca han obviado, con la mediación
de UNASUR, el Vaticano y los ex presidentes Rodríguez Zapatero, Torrijos y
Fernández. Destacados voceros bolivarianos se han pronunciado por la
realización de elecciones este año (Gobernadores, Consejos Legislativos y
Alcaldes y Concejales) y las presidenciales el año próximo de acuerdo a lo
pautado en la CRBV y en base al cronograma indicado por el CNE; han manifestado
que, junto con las tareas que les compete emprender en aras de enfrentar la
guerra económica a la que está sometido el pueblo venezolano, están preparados
para acometer los retos electorales que constitucionalmente corresponde.
Disyuntiva opositora
De tal forma que,
realmente, la disyuntiva la tiene la oposición, expresada en la MUD, que
producto de los grandes errores políticos cometidos el año pasado más la
ausencia en su seno de un liderazgo inteligente que la dotara de la unidad de
propósitos y coherencia necesaria, ahora se encuentra sumergida en una crisis orgánica y funcional, cuya
superación, desde nuestro punto de vista, pasa por aislar o minimizar a los
grupos insurrectos que se mueven en su seno y atizados desde Miami y Bogotá. En
concreto o la oposición controla a sus locos calenturientos y asume el diálogo
con la responsabilidad que amerita
o se precipita la espita de la violencia con toda su carga de desventura
para el país.
*miguelugas@gmail.com
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