Ignoramos que somos sabios en capitalismo. ¿Cuándo empezaremos a pensar en la cultura que no seremos?
Después de las elecciones, descubrimos que el capitalismo sabe más por viejo, diablo y zorro.
¿Qué hemos hecho los pobres en revolución para crear y fortalecer el pensamiento que debe sustituir a la cultura capitalista? ¿Habrá que dejarles el país a los empresarios criminales y ladrones, nuevos y viejos?
¿Es el presidente el encargado de hacer estallar o no la vaina? ¿Somos nosotros? ¿Son los dueños? ¿La derecha o la izquierda? Todas estas interrogantes nos generan desazón.
Este plano de la revolución no se resuelve todavía, porque un problema que debe ser determinado por el colectivo, se deja en manos del individuo. La derecha pide a gritos que le entreguemos todo el país al mercado y a los empresarios, pretendiendo que olvidemos que fueron ellos y sus ambiciones los que nos mantienen en la inestabilidad. Otros piden que se lo entreguemos a los sabios, porque tienen la profesión que corresponde, pero nadie se pregunta ¿por qué, después del ejercicio del cargo por parte de los sabios, el problema sigue igualito? Pero inmediatamente las respuestas son mágicas, "boten al ministro", "expulsen al diputado", "ese director no sirve", "pongamos uno idóneo", o el más fácil de todos, "Chávez o Maduro o Diosdado tienen la culpa". Hemos visto pasar por los diferentes cargos a distintas personas, todas sabias en sus áreas, pero ninguna con la suficiente sencillez para decir "No sé lo que hay que hacer, los convoco a conversar y crear los mecanismos para que esa conversa sea posible y dure el tiempo que tenga que durar".
Todo es el apuro, las soluciones deben ser para ayer, a nadie se le ocurre que ya fue ayer, antier, y tras antier, cuando se dijo que la solución era para ayer.
Todos somos productivistas. A cada problema la solución es producir más, nadie discute el modo de producir. ¿Para qué se produce, cuándo se produce, qué se produce? Debemos entender que más riqueza es más pobreza, que la riqueza es quieta y siempre debe ser producida, mientras que la pobreza es viva, expresada en gente, ríos, aire, tierra, vegetal, mineral, luz, agua, que se deterioran vivas y se reproducen como deterioro.
La solución está en el experimento del otro pensamiento
En la revolución, las respuestas del pasado resultan en beneficio del capitalismo. ¿Es que acaso la Unión Soviética, China y todas las demás experiencias que se han experimentado en nombre del socialismo y el comunismo no han terminado en el ámbito de la cultura capitalista?
La solución está en el experimento del otro pensamiento, en el cambio del dato cultural en el que vivimos, y para ello se debe concebir una idea o miles de ideas que converjan en la necesidad de crear una cultura, en donde todos participemos ya no como dueños y esclavos.
Este plano nos pide con urgencia el pensamiento masivo. Nos toca hacer posible, en el ámbito físico, el nuevo concepto de lo participativo protagónico. Porque no es cambiar a unos por otros para volver a la representatividad en el Gobierno, la Asamblea, los tribunales, las fábricas, porque al final seremos obreros administrando viejas fábricas que nos volverán nuevos ricos.
Esto no se logrará dando más, enseñando más, comprando más y vendiendo más. Se logrará en la discusión, en el experimento y su difusión. Cuando el capitalismo se instauró creó su propia arquitectura, su arte, cambió estilos de vestir, comer, calzar, reestructuró la familia a conveniencia, creó otra cultura radicalmente distinta al feudalismo. Mal puede pensarse la otra cultura como continuidad del capitalismo.
Debemos diseñar entre todos el experimento de la siembra, la creación del vestido, el calzado, junto con la casa, la herramienta, el territorio, la comida, la salud, la diversión y el aprendizaje integral. Que nos estabilice para no seguir siendo mineros desterrados en tierra propia, tal cual hace quinientos años; donde la producción no siga siendo agrocríaminera, tecnoexportadora de riqueza de mil formas y compraadoradores de cuanta basura se produce en otras partes donde la producción no nos haga ser copia, marionetas de los otros.
¿Cuándo será la dignidad por comer, vestir, calzar, saber y construir lo que nos toca? ¿Para qué estamos en medio de una revolución si seguimos imitando y esperando el pensamiento crítico y la aprobación del extranjero? ¿Cuándo dejaremos de ser ese manipuleo de derecha o de izquierda, y nos decidimos a ser una clase con conocimiento de habitar un territorio, que ya no puede ni debe seguir siendo saqueado por nadie, sean nativos o foráneos? ¿Cuándo es que nos deslastraremos de las miserias mentales en que nos sumió el capitalismo? ¿Cuándo decidimos qué hacer y qué no hacer, y no cuando otro lo quiera? ¿Cuándo pensaremos por nosotros mismos? En quinientos años sólo hemos repetido y practicado como focas y loros el pensamiento europeo.
Cuando hablemos de estas interrogantes sabremos quién ganará la batalla final, porque entonces ya no estaremos los saltatalanquera, los traidores, los buscadores, los mentirosos, los arribistas, y seremos los combatientes que, prevalidos de una idea, lucharemos a conciencia por ella. Pero hasta ahora hemos estado empeñados en resolverle las carencias al capitalismo, como si nosotros las hubiéramos creado.
Lo que nos toca hacer como pobres es producir ideas
Cuando criticamos lo no resuelto en el capitalismo y decimos que la revolución está en peligro olvidamos lo vivido en estos veintitantos años desde 1989. Se han cuestionado y desbaratado formas orgánicas que eran pilares del sistema, como los partidos y las instituciones del sistema, todas han sido sometidas a la hoguera de la revolución.
Se ha experimentado, vía misiones, una gran cantidad de opciones que al inicio entusiasman a las mayorías, pero la fuerza de la costumbre devuelve su accionar al marco tradicional; se hacen esfuerzos diarios por crear diversas formas orgánicas fuera de la institucionalidad.
En el marco de esas batallas hemos logrado lo más importante, convertirnos en una fuerza constante de casi seis millones de personas que no nos arredra nada, que nos hemos curtido en mil batallas y que estamos en la disposición de crear y experimentar las nuevas ideas.
Esta es la gran ganancia que hemos tenido los pobres en esta guerra de clases. La sociedad está extremadamente enferma, pero no es culpa de la revolución, es la enfermedad social la que posibilita la revolución. El tejido social está carcomido, la manifestación delincuencial está en los dueños de bancos, de empresas, en el Estado, en la clase media y en los sectores más empobrecidos.
Lo que nos toca hacer como pobres es producir ideas; no puede nacer aquello que no se ha pensado, no se ha soñado. No es sencillo, asusta, pero no tenemos otro camino, aun cuando el capitalismo aferre sus garfios de la muerte para evitar que la vida sea. Sólo fortalecer la conciencia en la construcción de otra cultura es lo que hará que los desfiladeros de la historia reciban en su abismo toda la tragedia que nos heredó el pasado.
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