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EL ENCUENTRO DE INTELECTUALES ES SOLO UNA EXCUSA PARA MIRAR LA FISONOMÍA DE ESTA CIUDAD QUE, EN POCO TIEMPO, ES OTRA
 POR NATHALI GÓMEZ  @LAESPERGESIA / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA
Cuando surgen dudas, hay que buscar un oráculo en cualquier lugar: una pared, las palabras de un amigo, un sabor conocido, una sensación, un libro, la fachada de una casa vieja, un silencio prolongado, una caricia. En esta oportunidad, es el escritor Italo Calvino el invocado, a través de su libro Las ciudades invisibles.
“Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos”.
IMG_1556_1En el denso entramado de las líneas de la mano de Caracas están dos momentos separados por 12 años. Por un lado, el Encuentro Mundial de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, que se realizó en esta ciudad a principios de diciembre de 2004 y que se definió como “una barrera de resistencia frente a la dominación mundial”, según recoge la página http://endefensahumanidad-cuba.
jimdo.com. Del otro extremo de esa línea, con tantas bifurcaciones, aparece el XII Encuentro de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad. Venezuela en la encrucijada, que también se hizo en la capital y que terminó el pasado 12 de abril. Cuánta agua ha pasado por este río de luces de carros en movimiento.
En aquel diciembre de 2004 los intelectuales, provenientes de 52 países, hablaban sobre las violaciones a los derechos humanos en Guantánamo, las invasiones a Irak y Afganistán, las amenazas en contra de los países del Medio Oriente y el martirio del pueblo palestino, entre otros temas. Hasta este abril han cambiado algunos nombres de los países invadidos por el imperialismo y sus aliados, pero la sangre derramada por los inocentes es la misma. Hay ciudades que se han quedado sin líneas de la mano, porque se la han cortado.
En la memoria de la Venezuela de aquel entonces estaba recientemente tatuado el referendo de agosto de 2004, cuando casi 60% de los venezolanos dijo que Chávez no se iba. Nuevamente los medios fueron actores políticos que enfilaron su ataque para deslegitimar al CNE y generar dudas sobre la imparcialidad del árbitro electoral.
Frente a la realidad de la dictadura mediática, los intelectuales en ese año decían en su documento final: “Es fundamental contrarrestar la propaganda de los centros hegemónicos haciendo circular las ideas emancipatorias a través de todas las vías: emisoras de radio y televisión, internet, prensa alternativa, cine, medios comunitarios y otras”.
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12 años después, en esta edición del encuentro titulada “América Latina y el Caribe como campo de batalla comunicacional, entre la alternativa revolucionaria y la derecha neoliberal”, aunque los intelectuales participantes hablan nuevamente de la campaña de terrorismo de los grandes medios, agregan matices inexistentes años atrás.
El mexicano Fernando Buen Abad habla de la planificación y reducción de grandes inversiones de dinero a la hora de adquirir tecnologías de punta, que no siempre son necesarias para reflejar nuestras realidades, y apela a la necesidad de que la revolución comunicacional sea gestada en las escuelas de comunicadores, y en la calle, habría que agregar.
El comunicólogo español Pascual Serrano cita a Venezuela como ejemplo tanto de feroces campañas de desinformación en contra del gobierno como del nivel de conciencia entre sus habitantes de que los medios mienten y manipulan. Nada lejano de lo que ocurría en 2004. Sin embargo, y es la parte donde hay que poner más atención, les pide a los comunicadores que sean cada día mejores para enfrentar la guerra. “Más radios no nos hacen más poderosos, sino mejores radios”.
Por su parte, el ecuatoriano Osvaldo León le pide a los medios populares no imitar a los grandes, que son sus depredadores por excelencia, y poner atención sobre la credibilidad de los medios, que “está erosionada”, por lo que urge más planificación y articulación. Punto en el que coincide el argentino Carlos Aznárez, quien pide que “todos seamos corresponsales de todos”.
Ante tantos triunfos y sinsabores, ahí queda el mensaje. No solo hay que resistir sino, como dijo el propio Chávez en 2004 durante el cierre del encuentro, hay que articularse para la ofensiva, lo que significa en estos tiempos hacer más con mucho menos.
CARACAS DE 2004 A 2016
En muchas ciudades, 12 años pasan sin que sus habitantes se den cuenta. Para Nueva York, ese lapso debe ser una ventana más en una larga fila de rascacielos; para Ámsterdam, algo así como una rueda entre millones de bicicletas; y para Beijing, una piedra más en la Gran Muralla China. Sin embargo, para Caracas, 12 años han sido como 100.
Aquel diciembre de 2004, Caracas era otra, aunque fuera la misma, o como diría Juan Villoro, si la contemplamos 12 años después: “Sin movernos de sitio, hemos cambiado de ciudad”. Los ataques que sufría la Revolución no solo recaían sobre su líder, sus autoridades o sobre el pueblo. También la ciudad era reflejo de tantas dentelladas, de tanto caos. ¿Por dónde comenzar?
El recuerdo de quienes la poblamos y la queremos es de una ciudad donde la política hacía respirar a sus muros y donde alguien, en cualquier esquina, estaba hablando bien o mal del gobierno. Ansiosos, nos dejábamos envolver por ese huracán que hacía que Caracas fuera más caracterizada por su gente que por sus espacios.
En el camino al Teresa Carreño, donde se realizó en encuentro de 2004, no estaba la nueva sede de la Galería de Arte Nacional, ni los edificios de la Misión Vivienda de la zona (avenida Bolívar, Bellas Artes y Colegio de Ingenieros), ni los parquecitos para niños, ni los gimnasios al aire libre, ni la ciclovía, ni el Eje del Buen Vivir, aunque ahora esté temporalmente cerrado. ¿No pareciera que era otra ciudad?
El crédito de hacer de Caracas un sitio más respirable no se lo lleva una sola persona. Es un esfuerzo, algunas veces ingrato, del gobierno nacional, de la Alcaldía, del GDC, de Pdvsa La Estancia. Tal vez también tendría que ser una labor de nosotros, los que nos sentimos hijos del Ávila y de las esquinas y transversales que surcan este valle.
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La sensación, mirando hacia aquel tiempo, era de una Caracas cuyos cimientos estaban reacomodándose, una Caracas desgreñada y aporreada que consideraba que era prioritario ser más incluyente que bella. Sabía que por años había tenido una deuda con sus habitantes que no formaban parte de las zonas privilegiadas, y que desenmarañar el ovillo confuso que era le llevaría años.
HAY QUE DEJAR QUE HABLEN LAS ACERAS, LAS ESCALERAS MECÁNICAS DEL METRO, LAS VENTANAS DE LOS EDIFICIOS DE LA MISIÓN VIVIENDA, LAS ENTRADAS DE LOS SUPERMERCADOS, LOS ADOQUINES QUE FALTAN, LOS COLUMPIOS, LAS BOLSAS DE BASURA
Los intelectuales, los artistas y todos los demás que no lo somos, ahora caminamos por una ciudad que se hizo más humana, con todas las implicaciones que eso conlleva. Algunos pensarán que estas líneas no tienen matices, otros que no se hablan de los problemas actuales de Caracas. Todos tendrán razón. En este caso, las preguntas no van para quien escribe el texto sino, como dice Calvino, a los objetos. Hay que dejar que hablen las aceras, las escaleras mecánicas del Metro, las ventanas de los edificios de la Misión Vivienda, las entradas de los supermercados, los adoquines que faltan, los columpios, las bolsas de basura, las detonaciones, los rostros, las llamas, los parques. Esa es solo una línea de esa mano siempre abierta, para encontrarse con otra o para defenderse, que es Caracas.



NO ERA RAMONET
“¡Ramonet sí está gordo!”, exclamé, exteriorizando mi confusión, lo que sucede a menudo. Estamos seguros de algo, lo comunicamos sin verificar y la cagada: resulta que es mentira, es falso, es inexacto, es una media verdad, es una confusión, es un olvido, lo que sea. El caso es que una profesora, seria y aplicada, buscó en su teléfono inteligente y me dijo en un susurro. “Ese no es Ramonet, es Buen Abad”.
“Fernando Buen Abad sí está gordo”, pensé, y repetí el nombre un par de veces para la memoria. El tipo estaba ahí sentado, al lado de Blanca, contándonos sin hipocresía su preocupación por la comunicación. No hay algo, de lo que dijo, con lo que no se pueda estar de acuerdo. Tenía la adrenalina que da la certeza; pidió que colocaran en la pantalla su frase: “No nos alcanzará la eternidad para arrepentirnos si no sabemos generar un gran movimiento comunicacional planetario en defensa de la Revolución Bolivariana”, y nos pidió que de vez en cuando, durante sus palabras, leyéramos la frase.
Él se quitaba unos lentes y se colocaba otros, rodaba la silla hacia atrás, se apasionaba. Es un tipo alto, que saluda enérgicamente. Con mucha cautela, pensando cómo decirle, arrepintiéndome, dándome valor y arrugando, esperé los saludos correspondientes y, en mi turno, intenté no espetarle y lo logré: ni se sorprendió ni molestó. “Lo sé. Es que he estado trabajando mucho y paso mucho tiempo sentado escribiendo, pero ya estoy haciendo lo que hay que hacer”. Y así. El intelectual mexicano, que nos quiere, prometió que iba a cuidarse, porque aquí también lo queremos.
Blanca Eeckout hizo un repaso por la historia reciente, con arenga incluida. Rey Gómez, el cubano sustituto de la colombiana Patricia Villegas para moderar el foro ese sábado, no se atrevió a interrumpirla, pero nuestra compatriota se tomó unos minutos más de los que le correspondían. Varios minutos. Quizá demasiados. Si Blanca, literalmente, “le baja dos” al volumen de sus palabras frente a un micrófono, sin duda el mensaje atravesaría la barrera que levanta la altisonancia. Villegas estaba entre el público asistente y en cada ocasión que cualquier ponente aupaba a Telesur, su rostro se iluminaba y alumbraba un poco el rostro del argentino Atilio Borón, sentado a su lado.
Pascual Serrano lo reconoció antes de escribir un mensaje (no un autógrafo) para una periodista que no pudo ir: a veces se aleja tanto del micrófono que no se oye. Entre él y la venezolana Mercedes Chacín están rodeando (o tratando de convencer, con un éxito que todavía no se nota) a los comunicadores (que simpatizan o no, pero trabajan en medios del Estado) para que seamos mejores, sin excusas. Parafraseándolo: La izquierda tuvo que esperar 40 años para darse cuenta de que, poniendo más grandes las letras y colocando una buena foto, se comunicaba mejor. Y aseguró que ni en España, su país natal, ni en Europa, se está haciendo algo como lo que hacemos aquí.
Por Gustavo Mérida  @gusmerida1