Ángel Mendoza Zabala
Foto: Américo Torres / Archivo PANORAMA
La torre de control de “La Chinita” autorizó el despegue. A las 3:58 de la tarde del 5 de marzo de 1991, el DC-9-32 de Aeropostal, siglas YV32C, alzó el vuelo, 108, en Maracaibo rumbo a Santa Bárbara. Diecisiete minutos más tarde, se estrellaba en el páramo Los Torres, en el estado Trujillo. Llevaba, 45 personas. Ninguna sobrevivió.
—¡Qué bolas tienes tú!— reprendió el comandante al copiloto cuando se dio cuenta del error de ruta. —¡Con los pasajeros que transportas!
—¡Coño te equivocaste!, ¡sube rápido, dale full! ¡Tenemos el cerro encima, sube!— gritó Caliccio.
Fue lo último que se escuchó. La alarma de cercanía con el terreno se activó. Dos pitidos cortos, uno más largo, y otro corto. Dos segundos después, “El Oriental” chocó con el cerro.
De la tragedia han transcurrido 25 años. Un dolor esparcido, con más fuerza, sobre el Sur del Lago: casi la totalidad de los pasajeros eran oriundos de Santa Bárbara del Zulia, o relacionada con la zona.
“Un error humano causó la tragedia”, aseguró entonces Mauro Yanes Pasarella, director de la Policía Técnica Judicial. Tesis que, hasta hoy, es la oficial. “La tripulación marcó mal el radial de salida. Debió colocar 1.53 en vez de 1.83”, afirma un experto en investigación de accidentes aéreos que declina identificarse.
José Dávila era el capitán de la aeronave, “la más cuidada de la flota porque había llevado al papa Juan Pablo II, en 1985, de Maracaibo a Mérida” —recuerda un empleado de Aeropostal—. Lo auxiliaba Vicente Caliccio. Para ambos, era un vuelo de rutina, de 20 minutos.
“Y allí es donde estuvo el error. Los accidentes se inician en tierra. A ellos les faltó supervisión. Cometieron una serie de errores, antes de despegar, y en vuelo. Una cadena de errores ‘tumbó’ al avión”, explica el experto.
En apenas cinco minutos habían alcanzado una altitud de cinco mil pies. La ruta, en línea recta, sobrevolaría el Lago de Maracaibo para aterrizar en Las Delicias, el aeropuerto de la zona ganadera.
“No pudieron darse cuenta de nada, porque ellos fijan el radial, suben y quedan envueltos en nubes. Iban escuchando música a alto volumen en la cabina, una emisora comercial de Maracaibo. Los alerta el pitido de la alarma de cercanía de terreno”, agrega el investigador.
El sonido solo sirvió para que Dávila “llevara su control al pecho, intentando subir el avión. Pero, la zona de la escalera de cola, en la parte trasera del fuselaje, golpea la tierra y el avión se parte”, explica.
A dos horas del despegue había comenzado la angustia entre quienes esperaban en el aeropuerto de Las Delicias, en Santa Bárbara. Al difundirse la noticia de la desaparición, el mismo escenario se reprodujo en el aeropuerto de La Chinita.
Horas después, la esperanza entre los familiares se construyó sobre la idea de un secuestro. El avión fue declarado en emergencia, luego de seguir el protocolo rutinario. La confirmación llegaría, horas después. “Fue encontrado, destruido. No hay sobrevivientes”, dijo Carlos Colina, en ese entonces, el representante local de la aerolínea.
El llanto se hizo uniforme. “Mi hijo acaba de ser ascendido”, dijo Oswaldo Berrueta, en Maracaibo. La familia no sabía que el joven, de 21 años, iba en el vuelo. “Nos enteramos porque ambos tenían el mismo nombre, y salió en las noticias y comenzaron a llamar a papá pensando que era él”, dice Hercilia Berrueta, 25 años después.
Comenzó entonces el rescate de cuerpos, de las piezas del avión. “Allí se llevó un trabajo de investigación del accidente que se vio obstaculizado porque los organismos que debían participar ‘colisionaban’ en sus funciones”, recuerda el investigador.
Comenzó entonces el rescate de cuerpos, de las piezas del avión. “Allí se llevó un trabajo de investigación del accidente que se vio obstaculizado porque los organismos que debían participar ‘colisionaban’ en sus funciones”, recuerda el investigador.
No era la primera vez. En ‘Los Torres’ ya había caído un avión, en 1950: un DC-47 de Avensa, que volaba en la ruta Mérida-Valera-Maracaibo, se estrelló en el cerro La Palma, el 15 de diciembre. Murieron, 31 venezolanos, 28 de ellos, estudiantes.
“Ellos iban conversando con una persona, un teniente de la Guardia Nacional que era piloto y estaba en la cabina. Eso es un error que se paga caro”, afirma el experto.
“Ellos iban conversando con una persona, un teniente de la Guardia Nacional que era piloto y estaba en la cabina. Eso es un error que se paga caro”, afirma el experto.
El avión, precisa, sí estaba en condiciones de volar. Ese mismo día, había partido de Porlamar a Caracas, aterrizó luego en Maracay y despegó con rumbo a Maracaibo. El plan era volar a Santa Bárbara y regresar, a la capital del Zulia.
Pero, se volvió trágica noticia. Acapararía titulares, noticieros de televisión, tanto en Venezuela como en el exterior.
“Le faltaban unas certificaciones de mantenimiento pero el avión no se cayó por eso. En el Congreso de la República se divulgó el contenido de la caja negra. El radar de Maracaibo estaba operativo, el de Santa Bárbara, también. Allí quedó claro el error”, explica el investigador.
Maracaibo se vistió de luto. Santa Bárbara, también. La angustia trasmutó en dolor, con la frase de Colina: “No hay sobrevivientes”. Sus restos yacían “en un radio de un kilómetro”, como sentenció el teniente coronel Roque Jesús Acosta, jefe del Comando Regional Uno, en Valera.
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