“No se equivoquen”, los empecinados somos más
Carlos Machado Villanueva
09/06/2016
Aquella tarde del
último viernes de mayo decidí irme al Centro de Arte La
Estancia en la urbanización La Floresta al este de
Caracas, a leer el libro que llevaba conmigo, siendo esta
tal vez la mejor decisión que tomé luego de mis dos
fallidos intentos por obtener dinero de mi cuenta en un
cajero automático cercano.
Al sentarme en uno de
los bancos en medio de un cuidado jardín y echar un
vistazo perimetral, pude comprobar cómo esta antigua
hacienda de café del Chacao colonial se transformó,
gracias a una visión humanista, en un espacio de paz en el
más amplio sentido de la palabra.
Acababa de leer en el
libro de marras un pasaje acerca de una explosión en una
estación del metro de una anónima ciudad cuando una
explosión de verdad-verdad nos sorprendió. De la esquina
noroeste de esta especie de parque-museo que colinda
justo, y del otro lado de la tapia, con la Estación
Altamira sureste del Metro de Caracas, se levantaba ante
nuestras miradas atónitas una columna de humo entre blanco
y marrón.
Asustados, nos vimos
a las caras quienes en ese momento nos encontrábamos allí:
yo y un trío de jóvenes que hablaban de sus vivencias
juveniles. Al mismo tiempo todos balbucearíamos en aquel
trance nerviosas preguntas sobre las causas de aquella
explosión.
Recordaría entonces
yo que allí tenía una casita de “estar” el jardinero de La
Estancia, sugiriendo así que pudo tratarse de una olla de
presión mal cerrada, aunque por lo ahogado de sonido
producido, este parecía más bien el que genera algún tipo
de fuego pirotécnico cuando se detona “un bin laden”, como
sugeriría uno de mis circunstanciales contertulios.
Tratábamos de
dilucidar la situación cuando de pronto vimos a un hombre
avanzar hacia la referida esquina. Por la chemise blanca
con un logotipo en el lado izquierdo del pecho que vestía,
se trataba de un de los empleados de aquel oasis cultural
enviado a averiguar lo allí ocurrido; la tranquilidad con
la que salió del lugar de los hechos no había
consecuencias que lamentar, aunque sí mucha trascendencia,
como veremos.
Delante y detrás de
mí un grupo de jóvenes continuarían ensayando lo que
parecía una obra de teatro, a decir de sus gestos.
Mientras cada uno leía unas hojas de papel sostenidas en
sus manos, impostaban la voz y caracterizaban al personaje
que les correspondía dramatizar.
Fue entonces cuando
como catapultado por un melodioso coro de voces venido de
lejos, dejaría de leer y me iría caminando hasta traspasar
una gruesa tapia, descubriendo que allí una acoplada
coral terminaba su presentación.
Siempre me cautivaron
las armonías y los contrapuntos, y aquellas no iban a ser
la excepción. Más, si se trataba de una fusión de un tema
venezolano con uno portugués que aludía lo excelso de la
venezolanidad y la portugalidad. Al coro “En este país,
tu país, mi país” seguiría el de “A yente da mía terra”,
que así terminaba aquel agradable arreglo coral.
Me quedaría sentado
un rato más después que la coral finalizó su presentación
y fue entonces cuando pude escuchar con más claridad la
conversación que se daba delante de mí entre un hombre y
una mujer, ambos sesentones. Él le daba a significar a
ella el privilegio de vivir en Venezuela, revelándole cómo
durante su estadía como estudiante en un pueblo de
Inglaterra debió pasar seis semanas si ver salir el sol.
A nuestro lado y en
lo alto unas mangas roji-verdes esperaban en sus ramas,
que traspasaban la tapia desde el estacionamiento de la
antigua sede de la embajada estadounidense, al sempiterno
sol tropical para madurarse.
De pronto me vi en el
interior de la añeja casona debidamente aclimatado para
evitar el deterioro de las obras pictóricas exhibidas. La
indudable creatividad de su autor, un venezolano, me
obligó a leer las palabras simétricamente rotuladas en
algunas de las paredes, las cuales hablaban de su
trayectoria.
Me llamó la atención
además que dos parejas de jóvenes, cada una por su lado,
aprovechaban para tomarse fotos con sus móviles posando
frente a determinados cuadros. Un majestuoso piano negro
de cola esperaba silencioso su próximo invitado.
Cuando ya me retiraba
me detuve un momento y reflexioné acerca del incidente de
la explosión afortunadamente inocua, y sobre aquel
empecinamiento colectivo de los allí presentes aquella
tarde, de querer vivir en paz, que es lo que se respira en
La Estancia. Concluí que esos empecinados definitivamente
somos más frente a quienes insisten en sacarnos de este
camino.
De pronto se me vino
a la memoria aquella advertencia que hiciera en algún
momento el culpable de tanto empecinamiento: “No se
equivoquen”… los empecinados somos más.
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