TRAS EL DISCURSO POR RODOLFO CASTILLO
Veamos. Karamakate es el último representante de la etnia cohuianos (el último de los mohicanos tropical, pues) y se encuentra reacio a colaborar con el explorador Theodor Koch-Grünberg por lo que significa el hombre blanco para su raza: saqueo, devastación, genocidio. Licenciado por la imaginería indígena, Karamakate cambia su actitud por un detalle que alude al inconsciente colectivo: de entre los dibujos de Theodor ve la misma imagen que, con asiduidad, encuentra en sus sueños. La señal inviste con un halo mesiánico al forastero, así como los mayas vieron en los españoles la llegada de su mesías. En una suerte de parábola, tal vez estemos ante un “arquetipo histórico” que privilegia a unos como opresores y condena a otros como oprimidos solo porque un sueño así lo dice (valga el sarcasmo). Ya en la senectud, a Karamakate le urge dejar su legado. En un acto de apremiante contrición sucumbe a uno de los estereotipos más recurrentes del cine: el “buen salvaje”. Así, le confía la yakruna (planta que simboliza su patrimonio) a Richard Evans (fiel exponente de las “nuevas tribus”), biólogo que solo la busca para mejorar la industria del caucho.
ÉPALE 203
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