“Siempre se debe creer lo
contrario de lo que diga el enemigo”. Simón Bolívar
Brígido Daniel Torrealba (*)
Entre un 2014 que se va y un
2015 que llega es imposible no hacer unas reflexiones que sean compartidas,
dada las situaciones por las cuales la familia venezolana ha afrontado
innumerables desafíos. Quizá en los últimos meses unas soportaron fuertes
latigazos desde afuera para que se separaran
o desintegraran, nada más porque eran vistas como amenazas por grupitos externos que se niegan fomentar la unión
y el progreso en una sociedad con oportunidades para todos.
Otras debieron luchar con tal de
nuclearse más en procura de defender su patrimonio, pero sobre todo lo
armónicamente constituido por sus integrantes y que se basa en el amor y el respeto mutuo.
Algo que individualidades o grupúsculos desconsideran por dejarse
envolver de acuerdo a lo que
dictan sus intereses particulares (¿coincidencia con la MUD?).
Podemos imaginar, del otro lado,
decenas de familias desaparecieron de su tradicional entorno urbanístico por no
constituir un núcleo sólido, compacto, de uniformidad frente toda amenaza por
perturbar la unión familiar, ya sea por aspectos económicos o sociales. Tales
extremos lo conocimos acá en el país al ligarse miembros (especialmente
jóvenes) a sectores ultraderechistas y
atentar contra vidas ajenas. También validamos aquellas que se separaron para
fundar otras y seguir masificando la especie más transgresora del planeta
Tierra: el hombre.
Sin embargo es lo indecoroso lo que
más llama la atención a la hora de escribir esta nota que sale desde lo más
hondo de nuestras entrañas porque lo que decimos acá no es tema de ficción o
una entelequia apresurada.
Para muestra un botón, el Socialismo
regenerado, repotenciado en la Venezuela del siglo XXI, que luce con hermandad
ideológica y continental, se ve terriblemente amenazado a cada instante, a cada
segundo, a cada hora sin que la zozobra deje de ser un estimulante para
accionar mecanismo de defensa y fortalecer los vínculos que en todo proceso de
construcción política, social, cultural suelen pregonarse.
Nos preguntamos entonces cómo se
siente un padre o líder familiar cuando ve ante sus propias narices romperse
como cristal la armonía con que sus hijos deberían comportarse ante las
vicisitudes de una vida, cada vez más ligada hacia lo material y donde la
espiritualidad es un negocio para sectores que saben cómo atraer corderitos
para sus rebaños.
Comprendemos entonces la
larguísima época de orfandad que tuvo Venezuela al no contarse con un Hugo
Chávez que le hablara claro a la nación, a un pueblo que se perdía en el
sufrimiento, la ignominia, el dolor, la desesperanza. Ese pueblo, hijo de
libertadores fue anestesiado para que se mantuviera en silencio, dormido, que
ni se moviera con tal pequeñas élites se nutrieran de la herencia epopéyica de
Simón Bolívar, aquel llamado Padre de la Patria que dejó un estilo de vida
acomodada por irse a romper las cadenas oprobiosas de un imperio que al final
le dio paso a otros para sujetar al mundo con la misma intencionalidad pero
aplicando modelos propios de las potencias colonialistas, esta vez con uso
desmedido del avance de la tecnología.
Chávez deja un mentor, un hombre
probado para lides políticas en tiempos de agigantados pasos comunicacionales y
que al inicio del año 2014, sabiendo la alta responsabilidad asumida para
regentar los designios de Venezuela llama al diálogo, al cese de los
hostigamientos, a amar a la paria, a quererla… nos demostraba el presidente
obrero Nicolás Maduro que la política es un arte, una destreza dominada sólo
por hombres y mujeres que se crecen ante la adversidad. Un padre que se montaba
a hombros la paz, la seguridad, el bienestar, la felicidad de todas y todos, pero
su don de gente y su investidura como Presidente constitucional fueron objeto
de críticas, humillaciones, rechazo, burlas. Todo ello por opositores y
simpatizantes al gobierno, inclusive.
Las habilidades como llegaron a
Miraflores representantes de la oposición a sentarse a conversar y
posteriormente desconocer todo intento de buena voluntad no puede ser bien
visto en ninguna parte del mundo. El chantajismo, engaño, manipulación y vileza
desarticulan en todo momento los principios con que la democracia puede sostenerse.
Con esa forma de actuar es que se hicieron pasar una vez más los de frac y de
levita por santos e inocentes ante las cámaras de televisión de los distintos
medios audiovisuales nacionales y extranjeros.
Y en muchos hogares, puestos de
trabajo, universidades, clubes, espacios de convergencia dichas tramoyas no dejaron de ser
banalizadas.
En cuántas casas de familia divididas,
hoy, por preferencias partidistas se
aplica razzia contra alguien que sigue bajo principios filosóficos, ecúmene y
carente de vicios la avanzada del Proceso Revolucionario nuestro y en el que se
cae en los juegos de los politiqueros de oficio haciendo trampas, timando,
creando conflictos innecesarios. No en balde este accionar resta energías para
apoyarse entre sí frente a la adversidad y desatinos con que decenas de veces
no se acierta a resolver ante un problema casero nada más porque se sigue al
pelo las actitudes de líderes negativos que buscan socavar los valores de la
familia.
¡Ay de los testimonios que
conocemos cuando se valen de ocasiones para dejar mal parado a un
revolucionario que avanza por méritos propios! Que se equivoque en lo más
mínimo para que vean cómo la vilipendian.
Los venezolanos somos parte de
una gran familia. Si en casa convivimos cuatro y existe la necesidad de una
lavadora o una nevera lo lógico es que nos apoyemos entre todos para adquirir
una y crear hábitos para su uso y provecho. Pero eso deviene con el conversar,
comunicarse. Los entuertos en que estamos cayendo por buscar soluciones a
través del diálogo y conseguir lo que se me antoje producto de la violencia
están haciendo un gran daño en hogares de clase media y alta como en estratos
populares. Si tengo dinero sobrante me impongo ante el que tiene menos. ¿No es
eso lo que vemos ante la búsqueda de dólares?
La revolución Bolivariana
liderada en un tiempo por Chávez y ahora por Maduro nos abre al entendimiento
de la causa patriótica. No tenemos que ser limosneros del imperialismo yanqui
ni mucho menos dejarnos chantajear por mediocres que a veces saltan de donde
menos se les espera. Con esta guerra económica intentando hoyar la moral
revolucionaria los compatriotas tenemos que demostrar que somos más fuertes a
aquellos hermanos en tiempos de la independencia. El egoísmo no lo ocultan por
más que se tongoneen. Por eso la reflexión final de ser cautelosos. El
frasquito de veneno de la traición es un producto de farmacia y en una familia
esconderlo debajo de la almohada ya es una forma evidente de perderse los
escrúpulos.
De Venezuela para el mundo: ¡Feliz
año 2015!
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