Gálatas 2Nueva Versión Internacional (NVI
2 Catorce años después subí de nuevo a Jerusalén, esta vez con Bernabé, llevando también a Tito. 2 Fui
en obediencia a una revelación, y me reuní en privado con los que eran
reconocidos como dirigentes, y les expliqué el evangelio que predico
entre los gentiles, para que todo mi esfuerzo no fuera en vano. 3 Ahora bien, ni siquiera Tito, que me acompañaba, fue obligado a circuncidarse, aunque era griego. 4 El
problema era que algunos falsos hermanos se habían infiltrado entre
nosotros para coartar la libertad que tenemos en Cristo Jesús a fin de
esclavizarnos. 5 Ni por un momento accedimos a someternos a ellos, pues queríamos que se preservara entre ustedes la integridad del evangelio.
6 En
cuanto a los que eran reconocidos como personas importantes —aunque no
me interesa lo que fueran, porque Dios no juzga por las apariencias—, no
me impusieron nada nuevo. 7 Al
contrario, reconocieron que a mí se me había encomendado predicar el
evangelio a los gentiles, de la misma manera que se le había encomendado
a Pedro predicarlo a los judíos. 8 El mismo Dios que facultó a Pedro como apóstol de los judíos me facultó también a mí como apóstol de los gentiles. 9 En
efecto, Jacobo, Pedro y Juan, que eran considerados columnas, al
reconocer la gracia que yo había recibido, nos dieron la mano a Bernabé y
a mí en señal de compañerismo, de modo que nosotros fuéramos a los
gentiles y ellos a los judíos. 10 Sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, y eso es precisamente lo que he venido haciendo con esmero.Pablo se opone a Pedro
11 Pues bien, cuando Pedro fue a Antioquía, le eché en cara su comportamiento condenable. 12 Antes que llegaran algunos de parte de Jacobo, Pedro solía comer con los gentiles. Pero cuando aquéllos llegaron, comenzó a retraerse y a separarse de los gentiles por temor a los partidarios de la circuncisión. 13 Entonces los demás judíos se unieron a Pedro en su hipocresía, y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar por esa conducta hipócrita.14 Cuando vi que no actuaban rectamente, como corresponde a la integridad del evangelio, le dije a Pedro delante de todos: «Si tú, que eres judío, vives como si no lo fueras, ¿por qué obligas a los gentiles a practicar el judaísmo?
15 »Nosotros somos judíos de nacimiento y no “pecadores paganos”. 16 Sin embargo, al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por éstas nadie será justificado.
17 »Ahora bien, cuando buscamos ser justificados por Cristo, se hace evidente que nosotros mismos somos pecadores. ¿Quiere esto decir que Cristo está al servicio del pecado? ¡De ninguna manera! 18 Si uno vuelve a edificar lo que antes había destruido, se hace transgresor. 19 Yo, por mi parte, mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. 20 He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí. 21 No desecho la gracia de Dios. Si la justicia se obtuviera mediante la ley, Cristo habría muerto en vano.»
La verdad sobre la
muerte
Siempre me ha sorprendido la discrepancia entre el apoyo público a la
eutanasia (apoyo que se da entre la gente sana) y el deseo de mis
pacientes de continuar con vida.
ACTUALIDAD TRADUCTOR Joana Morales 18 DE SEPTIEMBRE DE 2016 20:20 h
Soy doctora, y trabajo en cuidados paliativos. Cuido de personas que
tienen una enfermedad en estado terminal. Les voy a contar la historia
de un paciente al que cuidé hace muchos años, en mi época de formación
académica.
Debido a las rotaciones habituales cuando estás haciendo las prácticas,
yo había estado presente cuando se le diagnosticó cáncer de pulmón a un
alto caballero libanés de impresionante bigote, patriarca de una amplia
familia inmigrante. Pasó tiempo sin que volviera a verle, y cuando
apareció en el hospital otra vez pude ver que las cosas no habían ido
bien.
Era una sombra de su antiguo yo, y estaba demacrado y gris, aunque el
bigote resistía valientemente. Fue como ver a un viejo amigo, y siempre
es agradable ver una cara conocida en un ambiente así.
Fuimos capaces de controlar rápidamente el dolor y la disnea (dificultad
para respirar) con la medicación adecuada. Pero el hombre seguía
sufriendo. Le pregunté cuál había sido la experiencia más difícil de su
enfermedad. Su respuesta me sorprendió en aquel entonces, aunque no me
sorprendería ahora.
A pesar de lo difícil que fue descubrir que tenía cáncer, de sufrir los
estragos de la quimioterapia, de luchar contra el dolor y la disnea y de
la creciente debilidad, lo que le resultó más difícil fue perder su
posición en la familia. Ya no era el jefe del clan; su enfermedad había
conllevado un descenso de categoría.
Le parecía intolerable, quería recuperar su autoridad, y quería más
tiempo con su familia. Como la mayoría de mis pacientes, ni siquiera
pensó en la eutanasia como respuesta a su sufrimiento. Quería más
tiempo, no menos.
Siempre me ha sorprendido la discrepancia entre el apoyo público a la
eutanasia (apoyo que se da entre la gente sana) y el deseo de mis
pacientes de continuar con vida. Una reciente encuesta afirma que la
mayoría de los europeos apoya el suicidio asistido en caso de enfermedad
incurable (1). Sin embargo, se ha llevado a cabo una investigación
entre las personas que están recibiendo cuidados paliativos, y el
resultado es diferente.
Un estudio realizado hace algunos años en Sídney descubrió que menos del
1 por ciento de las personas que son derivadas a un servicio de
cuidados paliativos solicita la eutanasia de forma persistente (2).
Según lo que yo he podido observar, las cosas no han cambiado mucho
desde entonces. ¿Por qué se da esta disparidad?
Creo que hay muchas razones para ello. Sin duda, la ausencia de la
muerte en la vida cotidiana contribuye a ello: la muerte es algo lejano,
que ocurre a menudo en los hospitales, y muchos de nosotros sólo
tenemos conocimiento de oídas de lo que realmente pasa. Y las historias
de oídas, sobre todo las que han ocurrido hace mucho tiempo, pueden ser
terribles.
Sin embargo, creo que la razón principal por la que nuestra sociedad
apoya la eutanasia de manera tan firme es porque no ha entendido bien
algunas prácticas para terminar con la vida que ya son legales y están
aceptadas, pero no se han entendido bien. Algunas de estas prácticas son
la retirada de tratamientos para prolongar la vida y para el control de
síntomas.
Cuando un paciente está en la fase terminal de su enfermedad, puede
llegar un momento en que los tratamientos destinados a curarle ya no
funcionen (son inútiles) o el peso de los efectos secundarios como
náuseas y vómitos sea tan abrumador que pueda anular los beneficios del
tratamiento. En este punto, puede que el tratamiento ya no prolongue la
vida, sino que esté prolongando el proceso de morir.
En ese momento se puede tomar la decisión de detener o no iniciar tal
tratamiento. Puede que sea el propio paciente el que lo sugiera. Los
pacientes mentalmente competentes no tienen que aceptar un tratamiento
que no quieren. La decisión se toma con cuidado, consultando siempre al
paciente y a su familia, y se pone en marcha un sistema de cuidado
completo para que el paciente pueda estar cómodo mientras la enfermedad
subyacente sigue su curso. No se trata de cuestionar el valor de una
vida, sino de cuestionar si el tratamiento vale la pena.
Lo que mata al paciente no es apagar el interruptor. Lo que le mata es
la enfermedad subyacente. Esa enfermedad es la razón por la que tenían
un soporte vital.
A veces, en las etapas terminales de una enfermedad, la naturaleza
angustiosa de los síntomas del paciente puede requerir una sedación
cuidadosa. Una vez más esto se hará minuciosamente, consultando siempre
al paciente, y la sedación se disminuirá periódicamente para permitir
que el paciente se comunique.
A menudo se compara el tratamiento con morfina con la eutanasia, en base
a un mito que persiste a pesar de que los trabajadores en cuidados
paliativos se han esforzado en desmontarlo. La morfina que se receta
para dosis terapéuticas (dosis necesarias para controlar el dolor) no
acorta la vida (3), por lo que no hay necesidad de complicadas
discusiones filosóficas para justificar la analgesia adecuada para los
pacientes moribundos. Tratamos los síntomas que angustian a nuestros
pacientes, equilibrando los beneficios y las cargas que conllevan como
en cualquier otro momento de la vida.
Detener o no iniciar un tratamiento para prolongar la vida junto con un
control adecuado de los síntomas es una buena práctica médica para el
final de la vida que se debe fomentar en situaciones clínicamente
adecuadas, ya que mejoran la calidad de vida de los moribundos. Es algo
que queremos todos, no cabe duda de que todas las personas involucradas
en el debate de la eutanasia quieren asegurarse de que el sufrimiento es
mínimo al final de la vida.
Defino la eutanasia como la situación en la que un médico mata
intencionalmente a una persona mediante la administración de fármacos, a
petición voluntaria y competente de esa persona.
El suicidio médicamente asistido es la situación en la que un médico
ayuda intencionalmente a una persona a cometer suicidio mediante la
autoadministración de fármacos, a petición voluntaria y competente de
esa persona. En esta situación el médico está distanciado del hecho en
sí, pero desde el punto de vista moral no es diferente de la eutanasia,
puesto que el motivo, la intención y el resultado son los mismos.
Los puntos más importantes en la definición son que las acciones del
doctor son deliberadas, que el paciente pide eutanasia sin recibir
ninguna recibir presión por parte de terceros, y que el paciente es
mentalmente competente en el momento de hacer la solicitud.
Una definición limitada de la eutanasia nos permite discutir cada
práctica para finalizar una vida según sus propios méritos. Sé que
algunos pacientes no son conscientes de que tienen derecho a rechazar el
tratamiento, por ejemplo, y les alivia descubrir que no tendrán que
someterse a un tratamiento gravoso que preferirían evitar.
No utilizo los términos "activa" y "pasiva" para describir la eutanasia
porque son ambiguos y confusos. De la misma manera, creo que se debe
evitar utilizar "voluntaria" e "involuntaria" al referirse a la
eutanasia. No existe la eutanasia involuntaria. Si alguien recibe la
muerte sin su consentimiento, incluso en un entorno médico, no es
eutanasia: es asesinato. Por supuesto, esa es la razón por la que la
eutanasia ha sido ilegal durante tanto tiempo en muchos países.
La prohibición de matar deliberadamente a un ciudadano inocente es uno
de los principios más básicos de nuestra sociedad. Esta ley encuentra
sus orígenes en los valores judeo-cristianos, lo que explica por qué la
gente religiosa se suele oponer a la eutanasia. "No matarás" (uno de los
diez mandamientos) es una ley que por supuesto cumplen creyentes y no
creyentes. La cosmovisión cristiana ha dejado un legado que se extiende
profundamente a través de la cultura occidental.
Así que ¿por qué hay una llamada a legalizar este acto en un momento en
el que tenemos más tratamientos médicos disponibles que nunca antes en
la historia humana?
Los dos argumentos principales a favor de la eutanasia son el alivio del
sufrimiento y la autonomía personal. La motivación de los que apoyan la
eutanasia es, en casi todos los casos, la compasión. Compasión por los
que sufren y un deseo de ofrecer alivio. Es un sentimiento honorable, y
puedo comprenderlo.
Puedo incluso entender por qué las personas con una cosmovisión
materialista argumentan la justificación ética de la eutanasia de forma
individual (aunque yo no apoyo esta postura): si crees que esta vida es
todo lo que hay, y te enfrentas a un debilitamiento físico, ¿por qué no
querrías poner fin a todo? El sistema actual para tratar a las personas
que están a punto de morir no es suficiente. Debemos hacerlo mejor. Los
servicios de cuidados paliativos trabajan en ello a diario, y han tenido
éxito hasta el punto de que éste ya no es el argumento dominante en el
apoyo de la legalización de la eutanasia. Pero el acceso a estos
cuidados no es universal, y debemos hacer más.
La autonomía y el derecho del individuo a elegir el momento y la manera
de su muerte son ahora el foco de la retórica a favor de la eutanasia.
Acepto que al oponerme a la legalización de la eutanasia estoy
intentando evitar que la pequeña minoría de pacientes que solicitan la
eutanasia o el suicidio asistido al final de su vida consiga lo que
quiere.
A lo que me opongo es a un cambio en la ley que opera en toda la
sociedad en su conjunto (un escenario diferente al individual), que
reúne una amplia gama de consecuencias que se desarrollan a un nivel
social (4). Es terrible que los pocos que lo piden no puedan tener lo
que quieren, pero tenemos que proteger el grupo más grande de pacientes
vulnerables que estarían en riesgo si se legaliza la eutanasia. A mí
también me motiva la compasión.
Estos temas son difíciles de tratar y hay mucho desacuerdo, pero la
decisión de ajustar la moralidad de la sociedad de una forma tan
dramática que permitiría que un médico estuviera autorizado a matar a su
paciente no se debe tomar fácilmente.
Me pregunto si el debate social sobre la eutanasia no está tan
relacionado con el control del dolor como con el deseo de controlar la
muerte en sí misma. No necesitamos tener "derecho a morir": la muerte
nos llegará a todos y cada uno de nosotros, y el hombre autónomo moderno
no está preparado para ello. Hemos perdido nuestras tradiciones, no
sabemos cómo morir, hemos perdido nuestro vocabulario para discutir las
cuestiones existenciales a las que la muerte nos obliga (¿por qué
estamos aquí?, ¿hay alguna razón para esto?, ¿hacia dónde vamos?).
Estos son asuntos importantes en los que meditan mis pacientes a medida
que ven cómo se deterioran sus cuerpos. El caballero libanés de gran
bigote cuestionó su existencia una vez despojado de su papel terrenal, y
aún cuando su dolor había remitido y su respiración había mejorado,
siguió sufriendo. No era un problema médico. Hacía falta algo más que
una respuesta médica.
La doctora Megan Best trabaja en cuidados paliativos, es especialista en
ética médica y miembro del Centre for Public Christianity. Este
artículo apareció por primera vez en ABC Unleashed .
Este artículo se publicó con el permiso de la revista Solas . Solas se
publica trimestralmente en el Reino Unid. Haga clic aquí para obtener
más información o suscribirse.
(1) Assisted Suicide in the view of Europeans. 2012. Se puede leer en:
www.isopublic.ch.
(2) Glare, P. (1995). The euthanasia controversy. Decision-making in
extreme cases [letter]. Med J Aust, 163:558.
(3) Portenoy RK, Sibirceva U, Smout R, et al.. Opioid use and survival
at the end of life: a survey of a hospice population. J Pain Symptom
Manage. 2006; 32:532-40.
(4) Las consecuencias de la legalización de la eutanasia se observan en
las jurisdicciones donde se practica y son la razón por qué muchos
países han decidido contra la legalización. La discusión de estas
consecuencias está fuera del alcance de este artículo.
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Opciones frente a la eutanasia
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Leer más: http://protestantedigital.com/blogs/40318/La_verdad_sobre_la_muerte
Leer más: http://protestantedigital.com/blogs/40318/La_verdad_sobre_la_muerte
La verdad sobre la
muerte
Siempre me ha sorprendido la discrepancia entre el apoyo público a la
eutanasia (apoyo que se da entre la gente sana) y el deseo de mis
pacientes de continuar con vida.
ACTUALIDAD TRADUCTOR Joana Morales 18 DE SEPTIEMBRE DE 2016 20:20 h
Soy doctora, y trabajo en cuidados paliativos. Cuido de personas que
tienen una enfermedad en estado terminal. Les voy a contar la historia
de un paciente al que cuidé hace muchos años, en mi época de formación
académica.
Debido a las rotaciones habituales cuando estás haciendo las prácticas,
yo había estado presente cuando se le diagnosticó cáncer de pulmón a un
alto caballero libanés de impresionante bigote, patriarca de una amplia
familia inmigrante. Pasó tiempo sin que volviera a verle, y cuando
apareció en el hospital otra vez pude ver que las cosas no habían ido
bien.
Era una sombra de su antiguo yo, y estaba demacrado y gris, aunque el
bigote resistía valientemente. Fue como ver a un viejo amigo, y siempre
es agradable ver una cara conocida en un ambiente así.
Fuimos capaces de controlar rápidamente el dolor y la disnea (dificultad
para respirar) con la medicación adecuada. Pero el hombre seguía
sufriendo. Le pregunté cuál había sido la experiencia más difícil de su
enfermedad. Su respuesta me sorprendió en aquel entonces, aunque no me
sorprendería ahora.
A pesar de lo difícil que fue descubrir que tenía cáncer, de sufrir los
estragos de la quimioterapia, de luchar contra el dolor y la disnea y de
la creciente debilidad, lo que le resultó más difícil fue perder su
posición en la familia. Ya no era el jefe del clan; su enfermedad había
conllevado un descenso de categoría.
Le parecía intolerable, quería recuperar su autoridad, y quería más
tiempo con su familia. Como la mayoría de mis pacientes, ni siquiera
pensó en la eutanasia como respuesta a su sufrimiento. Quería más
tiempo, no menos.
Siempre me ha sorprendido la discrepancia entre el apoyo público a la
eutanasia (apoyo que se da entre la gente sana) y el deseo de mis
pacientes de continuar con vida. Una reciente encuesta afirma que la
mayoría de los europeos apoya el suicidio asistido en caso de enfermedad
incurable (1). Sin embargo, se ha llevado a cabo una investigación
entre las personas que están recibiendo cuidados paliativos, y el
resultado es diferente.
Un estudio realizado hace algunos años en Sídney descubrió que menos del
1 por ciento de las personas que son derivadas a un servicio de
cuidados paliativos solicita la eutanasia de forma persistente (2).
Según lo que yo he podido observar, las cosas no han cambiado mucho
desde entonces. ¿Por qué se da esta disparidad?
Creo que hay muchas razones para ello. Sin duda, la ausencia de la
muerte en la vida cotidiana contribuye a ello: la muerte es algo lejano,
que ocurre a menudo en los hospitales, y muchos de nosotros sólo
tenemos conocimiento de oídas de lo que realmente pasa. Y las historias
de oídas, sobre todo las que han ocurrido hace mucho tiempo, pueden ser
terribles.
Sin embargo, creo que la razón principal por la que nuestra sociedad
apoya la eutanasia de manera tan firme es porque no ha entendido bien
algunas prácticas para terminar con la vida que ya son legales y están
aceptadas, pero no se han entendido bien. Algunas de estas prácticas son
la retirada de tratamientos para prolongar la vida y para el control de
síntomas.
Cuando un paciente está en la fase terminal de su enfermedad, puede
llegar un momento en que los tratamientos destinados a curarle ya no
funcionen (son inútiles) o el peso de los efectos secundarios como
náuseas y vómitos sea tan abrumador que pueda anular los beneficios del
tratamiento. En este punto, puede que el tratamiento ya no prolongue la
vida, sino que esté prolongando el proceso de morir.
En ese momento se puede tomar la decisión de detener o no iniciar tal
tratamiento. Puede que sea el propio paciente el que lo sugiera. Los
pacientes mentalmente competentes no tienen que aceptar un tratamiento
que no quieren. La decisión se toma con cuidado, consultando siempre al
paciente y a su familia, y se pone en marcha un sistema de cuidado
completo para que el paciente pueda estar cómodo mientras la enfermedad
subyacente sigue su curso. No se trata de cuestionar el valor de una
vida, sino de cuestionar si el tratamiento vale la pena.
Lo que mata al paciente no es apagar el interruptor. Lo que le mata es
la enfermedad subyacente. Esa enfermedad es la razón por la que tenían
un soporte vital.
A veces, en las etapas terminales de una enfermedad, la naturaleza
angustiosa de los síntomas del paciente puede requerir una sedación
cuidadosa. Una vez más esto se hará minuciosamente, consultando siempre
al paciente, y la sedación se disminuirá periódicamente para permitir
que el paciente se comunique.
A menudo se compara el tratamiento con morfina con la eutanasia, en base
a un mito que persiste a pesar de que los trabajadores en cuidados
paliativos se han esforzado en desmontarlo. La morfina que se receta
para dosis terapéuticas (dosis necesarias para controlar el dolor) no
acorta la vida (3), por lo que no hay necesidad de complicadas
discusiones filosóficas para justificar la analgesia adecuada para los
pacientes moribundos. Tratamos los síntomas que angustian a nuestros
pacientes, equilibrando los beneficios y las cargas que conllevan como
en cualquier otro momento de la vida.
Detener o no iniciar un tratamiento para prolongar la vida junto con un
control adecuado de los síntomas es una buena práctica médica para el
final de la vida que se debe fomentar en situaciones clínicamente
adecuadas, ya que mejoran la calidad de vida de los moribundos. Es algo
que queremos todos, no cabe duda de que todas las personas involucradas
en el debate de la eutanasia quieren asegurarse de que el sufrimiento es
mínimo al final de la vida.
Defino la eutanasia como la situación en la que un médico mata
intencionalmente a una persona mediante la administración de fármacos, a
petición voluntaria y competente de esa persona.
El suicidio médicamente asistido es la situación en la que un médico
ayuda intencionalmente a una persona a cometer suicidio mediante la
autoadministración de fármacos, a petición voluntaria y competente de
esa persona. En esta situación el médico está distanciado del hecho en
sí, pero desde el punto de vista moral no es diferente de la eutanasia,
puesto que el motivo, la intención y el resultado son los mismos.
Los puntos más importantes en la definición son que las acciones del
doctor son deliberadas, que el paciente pide eutanasia sin recibir
ninguna recibir presión por parte de terceros, y que el paciente es
mentalmente competente en el momento de hacer la solicitud.
Una definición limitada de la eutanasia nos permite discutir cada
práctica para finalizar una vida según sus propios méritos. Sé que
algunos pacientes no son conscientes de que tienen derecho a rechazar el
tratamiento, por ejemplo, y les alivia descubrir que no tendrán que
someterse a un tratamiento gravoso que preferirían evitar.
No utilizo los términos "activa" y "pasiva" para describir la eutanasia
porque son ambiguos y confusos. De la misma manera, creo que se debe
evitar utilizar "voluntaria" e "involuntaria" al referirse a la
eutanasia. No existe la eutanasia involuntaria. Si alguien recibe la
muerte sin su consentimiento, incluso en un entorno médico, no es
eutanasia: es asesinato. Por supuesto, esa es la razón por la que la
eutanasia ha sido ilegal durante tanto tiempo en muchos países.
La prohibición de matar deliberadamente a un ciudadano inocente es uno
de los principios más básicos de nuestra sociedad. Esta ley encuentra
sus orígenes en los valores judeo-cristianos, lo que explica por qué la
gente religiosa se suele oponer a la eutanasia. "No matarás" (uno de los
diez mandamientos) es una ley que por supuesto cumplen creyentes y no
creyentes. La cosmovisión cristiana ha dejado un legado que se extiende
profundamente a través de la cultura occidental.
Así que ¿por qué hay una llamada a legalizar este acto en un momento en
el que tenemos más tratamientos médicos disponibles que nunca antes en
la historia humana?
Los dos argumentos principales a favor de la eutanasia son el alivio del
sufrimiento y la autonomía personal. La motivación de los que apoyan la
eutanasia es, en casi todos los casos, la compasión. Compasión por los
que sufren y un deseo de ofrecer alivio. Es un sentimiento honorable, y
puedo comprenderlo.
Puedo incluso entender por qué las personas con una cosmovisión
materialista argumentan la justificación ética de la eutanasia de forma
individual (aunque yo no apoyo esta postura): si crees que esta vida es
todo lo que hay, y te enfrentas a un debilitamiento físico, ¿por qué no
querrías poner fin a todo? El sistema actual para tratar a las personas
que están a punto de morir no es suficiente. Debemos hacerlo mejor. Los
servicios de cuidados paliativos trabajan en ello a diario, y han tenido
éxito hasta el punto de que éste ya no es el argumento dominante en el
apoyo de la legalización de la eutanasia. Pero el acceso a estos
cuidados no es universal, y debemos hacer más.
La autonomía y el derecho del individuo a elegir el momento y la manera
de su muerte son ahora el foco de la retórica a favor de la eutanasia.
Acepto que al oponerme a la legalización de la eutanasia estoy
intentando evitar que la pequeña minoría de pacientes que solicitan la
eutanasia o el suicidio asistido al final de su vida consiga lo que
quiere.
A lo que me opongo es a un cambio en la ley que opera en toda la
sociedad en su conjunto (un escenario diferente al individual), que
reúne una amplia gama de consecuencias que se desarrollan a un nivel
social (4). Es terrible que los pocos que lo piden no puedan tener lo
que quieren, pero tenemos que proteger el grupo más grande de pacientes
vulnerables que estarían en riesgo si se legaliza la eutanasia. A mí
también me motiva la compasión.
Estos temas son difíciles de tratar y hay mucho desacuerdo, pero la
decisión de ajustar la moralidad de la sociedad de una forma tan
dramática que permitiría que un médico estuviera autorizado a matar a su
paciente no se debe tomar fácilmente.
Me pregunto si el debate social sobre la eutanasia no está tan
relacionado con el control del dolor como con el deseo de controlar la
muerte en sí misma. No necesitamos tener "derecho a morir": la muerte
nos llegará a todos y cada uno de nosotros, y el hombre autónomo moderno
no está preparado para ello. Hemos perdido nuestras tradiciones, no
sabemos cómo morir, hemos perdido nuestro vocabulario para discutir las
cuestiones existenciales a las que la muerte nos obliga (¿por qué
estamos aquí?, ¿hay alguna razón para esto?, ¿hacia dónde vamos?).
Estos son asuntos importantes en los que meditan mis pacientes a medida
que ven cómo se deterioran sus cuerpos. El caballero libanés de gran
bigote cuestionó su existencia una vez despojado de su papel terrenal, y
aún cuando su dolor había remitido y su respiración había mejorado,
siguió sufriendo. No era un problema médico. Hacía falta algo más que
una respuesta médica.
La doctora Megan Best trabaja en cuidados paliativos, es especialista en
ética médica y miembro del Centre for Public Christianity. Este
artículo apareció por primera vez en ABC Unleashed .
Este artículo se publicó con el permiso de la revista Solas . Solas se
publica trimestralmente en el Reino Unid. Haga clic aquí para obtener
más información o suscribirse.
(1) Assisted Suicide in the view of Europeans. 2012. Se puede leer en:
www.isopublic.ch.
(2) Glare, P. (1995). The euthanasia controversy. Decision-making in
extreme cases [letter]. Med J Aust, 163:558.
(3) Portenoy RK, Sibirceva U, Smout R, et al.. Opioid use and survival
at the end of life: a survey of a hospice population. J Pain Symptom
Manage. 2006; 32:532-40.
(4) Las consecuencias de la legalización de la eutanasia se observan en
las jurisdicciones donde se practica y son la razón por qué muchos
países han decidido contra la legalización. La discusión de estas
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Leer más: http://protestantedigital.com/blogs/40318/La_verdad_sobre_la_muerte
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La verdad sobre la
muerte
Siempre me ha sorprendido la discrepancia entre el apoyo público a la
eutanasia (apoyo que se da entre la gente sana) y el deseo de mis
pacientes de continuar con vida.
ACTUALIDAD TRADUCTOR Joana Morales 18 DE SEPTIEMBRE DE 2016 20:20 h
Soy doctora, y trabajo en cuidados paliativos. Cuido de personas que
tienen una enfermedad en estado terminal. Les voy a contar la historia
de un paciente al que cuidé hace muchos años, en mi época de formación
académica.
Debido a las rotaciones habituales cuando estás haciendo las prácticas,
yo había estado presente cuando se le diagnosticó cáncer de pulmón a un
alto caballero libanés de impresionante bigote, patriarca de una amplia
familia inmigrante. Pasó tiempo sin que volviera a verle, y cuando
apareció en el hospital otra vez pude ver que las cosas no habían ido
bien.
Era una sombra de su antiguo yo, y estaba demacrado y gris, aunque el
bigote resistía valientemente. Fue como ver a un viejo amigo, y siempre
es agradable ver una cara conocida en un ambiente así.
Fuimos capaces de controlar rápidamente el dolor y la disnea (dificultad
para respirar) con la medicación adecuada. Pero el hombre seguía
sufriendo. Le pregunté cuál había sido la experiencia más difícil de su
enfermedad. Su respuesta me sorprendió en aquel entonces, aunque no me
sorprendería ahora.
A pesar de lo difícil que fue descubrir que tenía cáncer, de sufrir los
estragos de la quimioterapia, de luchar contra el dolor y la disnea y de
la creciente debilidad, lo que le resultó más difícil fue perder su
posición en la familia. Ya no era el jefe del clan; su enfermedad había
conllevado un descenso de categoría.
Le parecía intolerable, quería recuperar su autoridad, y quería más
tiempo con su familia. Como la mayoría de mis pacientes, ni siquiera
pensó en la eutanasia como respuesta a su sufrimiento. Quería más
tiempo, no menos.
Siempre me ha sorprendido la discrepancia entre el apoyo público a la
eutanasia (apoyo que se da entre la gente sana) y el deseo de mis
pacientes de continuar con vida. Una reciente encuesta afirma que la
mayoría de los europeos apoya el suicidio asistido en caso de enfermedad
incurable (1). Sin embargo, se ha llevado a cabo una investigación
entre las personas que están recibiendo cuidados paliativos, y el
resultado es diferente.
Un estudio realizado hace algunos años en Sídney descubrió que menos del
1 por ciento de las personas que son derivadas a un servicio de
cuidados paliativos solicita la eutanasia de forma persistente (2).
Según lo que yo he podido observar, las cosas no han cambiado mucho
desde entonces. ¿Por qué se da esta disparidad?
Creo que hay muchas razones para ello. Sin duda, la ausencia de la
muerte en la vida cotidiana contribuye a ello: la muerte es algo lejano,
que ocurre a menudo en los hospitales, y muchos de nosotros sólo
tenemos conocimiento de oídas de lo que realmente pasa. Y las historias
de oídas, sobre todo las que han ocurrido hace mucho tiempo, pueden ser
terribles.
Sin embargo, creo que la razón principal por la que nuestra sociedad
apoya la eutanasia de manera tan firme es porque no ha entendido bien
algunas prácticas para terminar con la vida que ya son legales y están
aceptadas, pero no se han entendido bien. Algunas de estas prácticas son
la retirada de tratamientos para prolongar la vida y para el control de
síntomas.
Cuando un paciente está en la fase terminal de su enfermedad, puede
llegar un momento en que los tratamientos destinados a curarle ya no
funcionen (son inútiles) o el peso de los efectos secundarios como
náuseas y vómitos sea tan abrumador que pueda anular los beneficios del
tratamiento. En este punto, puede que el tratamiento ya no prolongue la
vida, sino que esté prolongando el proceso de morir.
En ese momento se puede tomar la decisión de detener o no iniciar tal
tratamiento. Puede que sea el propio paciente el que lo sugiera. Los
pacientes mentalmente competentes no tienen que aceptar un tratamiento
que no quieren. La decisión se toma con cuidado, consultando siempre al
paciente y a su familia, y se pone en marcha un sistema de cuidado
completo para que el paciente pueda estar cómodo mientras la enfermedad
subyacente sigue su curso. No se trata de cuestionar el valor de una
vida, sino de cuestionar si el tratamiento vale la pena.
Lo que mata al paciente no es apagar el interruptor. Lo que le mata es
la enfermedad subyacente. Esa enfermedad es la razón por la que tenían
un soporte vital.
A veces, en las etapas terminales de una enfermedad, la naturaleza
angustiosa de los síntomas del paciente puede requerir una sedación
cuidadosa. Una vez más esto se hará minuciosamente, consultando siempre
al paciente, y la sedación se disminuirá periódicamente para permitir
que el paciente se comunique.
A menudo se compara el tratamiento con morfina con la eutanasia, en base
a un mito que persiste a pesar de que los trabajadores en cuidados
paliativos se han esforzado en desmontarlo. La morfina que se receta
para dosis terapéuticas (dosis necesarias para controlar el dolor) no
acorta la vida (3), por lo que no hay necesidad de complicadas
discusiones filosóficas para justificar la analgesia adecuada para los
pacientes moribundos. Tratamos los síntomas que angustian a nuestros
pacientes, equilibrando los beneficios y las cargas que conllevan como
en cualquier otro momento de la vida.
Detener o no iniciar un tratamiento para prolongar la vida junto con un
control adecuado de los síntomas es una buena práctica médica para el
final de la vida que se debe fomentar en situaciones clínicamente
adecuadas, ya que mejoran la calidad de vida de los moribundos. Es algo
que queremos todos, no cabe duda de que todas las personas involucradas
en el debate de la eutanasia quieren asegurarse de que el sufrimiento es
mínimo al final de la vida.
Defino la eutanasia como la situación en la que un médico mata
intencionalmente a una persona mediante la administración de fármacos, a
petición voluntaria y competente de esa persona.
El suicidio médicamente asistido es la situación en la que un médico
ayuda intencionalmente a una persona a cometer suicidio mediante la
autoadministración de fármacos, a petición voluntaria y competente de
esa persona. En esta situación el médico está distanciado del hecho en
sí, pero desde el punto de vista moral no es diferente de la eutanasia,
puesto que el motivo, la intención y el resultado son los mismos.
Los puntos más importantes en la definición son que las acciones del
doctor son deliberadas, que el paciente pide eutanasia sin recibir
ninguna recibir presión por parte de terceros, y que el paciente es
mentalmente competente en el momento de hacer la solicitud.
Una definición limitada de la eutanasia nos permite discutir cada
práctica para finalizar una vida según sus propios méritos. Sé que
algunos pacientes no son conscientes de que tienen derecho a rechazar el
tratamiento, por ejemplo, y les alivia descubrir que no tendrán que
someterse a un tratamiento gravoso que preferirían evitar.
No utilizo los términos "activa" y "pasiva" para describir la eutanasia
porque son ambiguos y confusos. De la misma manera, creo que se debe
evitar utilizar "voluntaria" e "involuntaria" al referirse a la
eutanasia. No existe la eutanasia involuntaria. Si alguien recibe la
muerte sin su consentimiento, incluso en un entorno médico, no es
eutanasia: es asesinato. Por supuesto, esa es la razón por la que la
eutanasia ha sido ilegal durante tanto tiempo en muchos países.
La prohibición de matar deliberadamente a un ciudadano inocente es uno
de los principios más básicos de nuestra sociedad. Esta ley encuentra
sus orígenes en los valores judeo-cristianos, lo que explica por qué la
gente religiosa se suele oponer a la eutanasia. "No matarás" (uno de los
diez mandamientos) es una ley que por supuesto cumplen creyentes y no
creyentes. La cosmovisión cristiana ha dejado un legado que se extiende
profundamente a través de la cultura occidental.
Así que ¿por qué hay una llamada a legalizar este acto en un momento en
el que tenemos más tratamientos médicos disponibles que nunca antes en
la historia humana?
Los dos argumentos principales a favor de la eutanasia son el alivio del
sufrimiento y la autonomía personal. La motivación de los que apoyan la
eutanasia es, en casi todos los casos, la compasión. Compasión por los
que sufren y un deseo de ofrecer alivio. Es un sentimiento honorable, y
puedo comprenderlo.
Puedo incluso entender por qué las personas con una cosmovisión
materialista argumentan la justificación ética de la eutanasia de forma
individual (aunque yo no apoyo esta postura): si crees que esta vida es
todo lo que hay, y te enfrentas a un debilitamiento físico, ¿por qué no
querrías poner fin a todo? El sistema actual para tratar a las personas
que están a punto de morir no es suficiente. Debemos hacerlo mejor. Los
servicios de cuidados paliativos trabajan en ello a diario, y han tenido
éxito hasta el punto de que éste ya no es el argumento dominante en el
apoyo de la legalización de la eutanasia. Pero el acceso a estos
cuidados no es universal, y debemos hacer más.
La autonomía y el derecho del individuo a elegir el momento y la manera
de su muerte son ahora el foco de la retórica a favor de la eutanasia.
Acepto que al oponerme a la legalización de la eutanasia estoy
intentando evitar que la pequeña minoría de pacientes que solicitan la
eutanasia o el suicidio asistido al final de su vida consiga lo que
quiere.
A lo que me opongo es a un cambio en la ley que opera en toda la
sociedad en su conjunto (un escenario diferente al individual), que
reúne una amplia gama de consecuencias que se desarrollan a un nivel
social (4). Es terrible que los pocos que lo piden no puedan tener lo
que quieren, pero tenemos que proteger el grupo más grande de pacientes
vulnerables que estarían en riesgo si se legaliza la eutanasia. A mí
también me motiva la compasión.
Estos temas son difíciles de tratar y hay mucho desacuerdo, pero la
decisión de ajustar la moralidad de la sociedad de una forma tan
dramática que permitiría que un médico estuviera autorizado a matar a su
paciente no se debe tomar fácilmente.
Me pregunto si el debate social sobre la eutanasia no está tan
relacionado con el control del dolor como con el deseo de controlar la
muerte en sí misma. No necesitamos tener "derecho a morir": la muerte
nos llegará a todos y cada uno de nosotros, y el hombre autónomo moderno
no está preparado para ello. Hemos perdido nuestras tradiciones, no
sabemos cómo morir, hemos perdido nuestro vocabulario para discutir las
cuestiones existenciales a las que la muerte nos obliga (¿por qué
estamos aquí?, ¿hay alguna razón para esto?, ¿hacia dónde vamos?).
Estos son asuntos importantes en los que meditan mis pacientes a medida
que ven cómo se deterioran sus cuerpos. El caballero libanés de gran
bigote cuestionó su existencia una vez despojado de su papel terrenal, y
aún cuando su dolor había remitido y su respiración había mejorado,
siguió sufriendo. No era un problema médico. Hacía falta algo más que
una respuesta médica.
La doctora Megan Best trabaja en cuidados paliativos, es especialista en
ética médica y miembro del Centre for Public Christianity. Este
artículo apareció por primera vez en ABC Unleashed .
Este artículo se publicó con el permiso de la revista Solas . Solas se
publica trimestralmente en el Reino Unid. Haga clic aquí para obtener
más información o suscribirse.
(1) Assisted Suicide in the view of Europeans. 2012. Se puede leer en:
www.isopublic.ch.
(2) Glare, P. (1995). The euthanasia controversy. Decision-making in
extreme cases [letter]. Med J Aust, 163:558.
(3) Portenoy RK, Sibirceva U, Smout R, et al.. Opioid use and survival
at the end of life: a survey of a hospice population. J Pain Symptom
Manage. 2006; 32:532-40.
(4) Las consecuencias de la legalización de la eutanasia se observan en
las jurisdicciones donde se practica y son la razón por qué muchos
países han decidido contra la legalización. La discusión de estas
consecuencias está fuera del alcance de este artículo.
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Muerte digna y eutanasia, se reabre el debate público
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Leer más: http://protestantedigital.com/blogs/40318/La_verdad_sobre_la_muerte
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La verdad sobre la
muerte
Siempre me ha sorprendido la discrepancia entre el apoyo público a la
eutanasia (apoyo que se da entre la gente sana) y el deseo de mis
pacientes de continuar con vida.
ACTUALIDAD TRADUCTOR Joana Morales 18 DE SEPTIEMBRE DE 2016 20:20 h
Soy doctora, y trabajo en cuidados paliativos. Cuido de personas que
tienen una enfermedad en estado terminal. Les voy a contar la historia
de un paciente al que cuidé hace muchos años, en mi época de formación
académica.
Debido a las rotaciones habituales cuando estás haciendo las prácticas,
yo había estado presente cuando se le diagnosticó cáncer de pulmón a un
alto caballero libanés de impresionante bigote, patriarca de una amplia
familia inmigrante. Pasó tiempo sin que volviera a verle, y cuando
apareció en el hospital otra vez pude ver que las cosas no habían ido
bien.
Era una sombra de su antiguo yo, y estaba demacrado y gris, aunque el
bigote resistía valientemente. Fue como ver a un viejo amigo, y siempre
es agradable ver una cara conocida en un ambiente así.
Fuimos capaces de controlar rápidamente el dolor y la disnea (dificultad
para respirar) con la medicación adecuada. Pero el hombre seguía
sufriendo. Le pregunté cuál había sido la experiencia más difícil de su
enfermedad. Su respuesta me sorprendió en aquel entonces, aunque no me
sorprendería ahora.
A pesar de lo difícil que fue descubrir que tenía cáncer, de sufrir los
estragos de la quimioterapia, de luchar contra el dolor y la disnea y de
la creciente debilidad, lo que le resultó más difícil fue perder su
posición en la familia. Ya no era el jefe del clan; su enfermedad había
conllevado un descenso de categoría.
Le parecía intolerable, quería recuperar su autoridad, y quería más
tiempo con su familia. Como la mayoría de mis pacientes, ni siquiera
pensó en la eutanasia como respuesta a su sufrimiento. Quería más
tiempo, no menos.
Siempre me ha sorprendido la discrepancia entre el apoyo público a la
eutanasia (apoyo que se da entre la gente sana) y el deseo de mis
pacientes de continuar con vida. Una reciente encuesta afirma que la
mayoría de los europeos apoya el suicidio asistido en caso de enfermedad
incurable (1). Sin embargo, se ha llevado a cabo una investigación
entre las personas que están recibiendo cuidados paliativos, y el
resultado es diferente.
Un estudio realizado hace algunos años en Sídney descubrió que menos del
1 por ciento de las personas que son derivadas a un servicio de
cuidados paliativos solicita la eutanasia de forma persistente (2).
Según lo que yo he podido observar, las cosas no han cambiado mucho
desde entonces. ¿Por qué se da esta disparidad?
Creo que hay muchas razones para ello. Sin duda, la ausencia de la
muerte en la vida cotidiana contribuye a ello: la muerte es algo lejano,
que ocurre a menudo en los hospitales, y muchos de nosotros sólo
tenemos conocimiento de oídas de lo que realmente pasa. Y las historias
de oídas, sobre todo las que han ocurrido hace mucho tiempo, pueden ser
terribles.
Sin embargo, creo que la razón principal por la que nuestra sociedad
apoya la eutanasia de manera tan firme es porque no ha entendido bien
algunas prácticas para terminar con la vida que ya son legales y están
aceptadas, pero no se han entendido bien. Algunas de estas prácticas son
la retirada de tratamientos para prolongar la vida y para el control de
síntomas.
Cuando un paciente está en la fase terminal de su enfermedad, puede
llegar un momento en que los tratamientos destinados a curarle ya no
funcionen (son inútiles) o el peso de los efectos secundarios como
náuseas y vómitos sea tan abrumador que pueda anular los beneficios del
tratamiento. En este punto, puede que el tratamiento ya no prolongue la
vida, sino que esté prolongando el proceso de morir.
En ese momento se puede tomar la decisión de detener o no iniciar tal
tratamiento. Puede que sea el propio paciente el que lo sugiera. Los
pacientes mentalmente competentes no tienen que aceptar un tratamiento
que no quieren. La decisión se toma con cuidado, consultando siempre al
paciente y a su familia, y se pone en marcha un sistema de cuidado
completo para que el paciente pueda estar cómodo mientras la enfermedad
subyacente sigue su curso. No se trata de cuestionar el valor de una
vida, sino de cuestionar si el tratamiento vale la pena.
Lo que mata al paciente no es apagar el interruptor. Lo que le mata es
la enfermedad subyacente. Esa enfermedad es la razón por la que tenían
un soporte vital.
A veces, en las etapas terminales de una enfermedad, la naturaleza
angustiosa de los síntomas del paciente puede requerir una sedación
cuidadosa. Una vez más esto se hará minuciosamente, consultando siempre
al paciente, y la sedación se disminuirá periódicamente para permitir
que el paciente se comunique.
A menudo se compara el tratamiento con morfina con la eutanasia, en base
a un mito que persiste a pesar de que los trabajadores en cuidados
paliativos se han esforzado en desmontarlo. La morfina que se receta
para dosis terapéuticas (dosis necesarias para controlar el dolor) no
acorta la vida (3), por lo que no hay necesidad de complicadas
discusiones filosóficas para justificar la analgesia adecuada para los
pacientes moribundos. Tratamos los síntomas que angustian a nuestros
pacientes, equilibrando los beneficios y las cargas que conllevan como
en cualquier otro momento de la vida.
Detener o no iniciar un tratamiento para prolongar la vida junto con un
control adecuado de los síntomas es una buena práctica médica para el
final de la vida que se debe fomentar en situaciones clínicamente
adecuadas, ya que mejoran la calidad de vida de los moribundos. Es algo
que queremos todos, no cabe duda de que todas las personas involucradas
en el debate de la eutanasia quieren asegurarse de que el sufrimiento es
mínimo al final de la vida.
Defino la eutanasia como la situación en la que un médico mata
intencionalmente a una persona mediante la administración de fármacos, a
petición voluntaria y competente de esa persona.
El suicidio médicamente asistido es la situación en la que un médico
ayuda intencionalmente a una persona a cometer suicidio mediante la
autoadministración de fármacos, a petición voluntaria y competente de
esa persona. En esta situación el médico está distanciado del hecho en
sí, pero desde el punto de vista moral no es diferente de la eutanasia,
puesto que el motivo, la intención y el resultado son los mismos.
Los puntos más importantes en la definición son que las acciones del
doctor son deliberadas, que el paciente pide eutanasia sin recibir
ninguna recibir presión por parte de terceros, y que el paciente es
mentalmente competente en el momento de hacer la solicitud.
Una definición limitada de la eutanasia nos permite discutir cada
práctica para finalizar una vida según sus propios méritos. Sé que
algunos pacientes no son conscientes de que tienen derecho a rechazar el
tratamiento, por ejemplo, y les alivia descubrir que no tendrán que
someterse a un tratamiento gravoso que preferirían evitar.
No utilizo los términos "activa" y "pasiva" para describir la eutanasia
porque son ambiguos y confusos. De la misma manera, creo que se debe
evitar utilizar "voluntaria" e "involuntaria" al referirse a la
eutanasia. No existe la eutanasia involuntaria. Si alguien recibe la
muerte sin su consentimiento, incluso en un entorno médico, no es
eutanasia: es asesinato. Por supuesto, esa es la razón por la que la
eutanasia ha sido ilegal durante tanto tiempo en muchos países.
La prohibición de matar deliberadamente a un ciudadano inocente es uno
de los principios más básicos de nuestra sociedad. Esta ley encuentra
sus orígenes en los valores judeo-cristianos, lo que explica por qué la
gente religiosa se suele oponer a la eutanasia. "No matarás" (uno de los
diez mandamientos) es una ley que por supuesto cumplen creyentes y no
creyentes. La cosmovisión cristiana ha dejado un legado que se extiende
profundamente a través de la cultura occidental.
Así que ¿por qué hay una llamada a legalizar este acto en un momento en
el que tenemos más tratamientos médicos disponibles que nunca antes en
la historia humana?
Los dos argumentos principales a favor de la eutanasia son el alivio del
sufrimiento y la autonomía personal. La motivación de los que apoyan la
eutanasia es, en casi todos los casos, la compasión. Compasión por los
que sufren y un deseo de ofrecer alivio. Es un sentimiento honorable, y
puedo comprenderlo.
Puedo incluso entender por qué las personas con una cosmovisión
materialista argumentan la justificación ética de la eutanasia de forma
individual (aunque yo no apoyo esta postura): si crees que esta vida es
todo lo que hay, y te enfrentas a un debilitamiento físico, ¿por qué no
querrías poner fin a todo? El sistema actual para tratar a las personas
que están a punto de morir no es suficiente. Debemos hacerlo mejor. Los
servicios de cuidados paliativos trabajan en ello a diario, y han tenido
éxito hasta el punto de que éste ya no es el argumento dominante en el
apoyo de la legalización de la eutanasia. Pero el acceso a estos
cuidados no es universal, y debemos hacer más.
La autonomía y el derecho del individuo a elegir el momento y la manera
de su muerte son ahora el foco de la retórica a favor de la eutanasia.
Acepto que al oponerme a la legalización de la eutanasia estoy
intentando evitar que la pequeña minoría de pacientes que solicitan la
eutanasia o el suicidio asistido al final de su vida consiga lo que
quiere.
A lo que me opongo es a un cambio en la ley que opera en toda la
sociedad en su conjunto (un escenario diferente al individual), que
reúne una amplia gama de consecuencias que se desarrollan a un nivel
social (4). Es terrible que los pocos que lo piden no puedan tener lo
que quieren, pero tenemos que proteger el grupo más grande de pacientes
vulnerables que estarían en riesgo si se legaliza la eutanasia. A mí
también me motiva la compasión.
Estos temas son difíciles de tratar y hay mucho desacuerdo, pero la
decisión de ajustar la moralidad de la sociedad de una forma tan
dramática que permitiría que un médico estuviera autorizado a matar a su
paciente no se debe tomar fácilmente.
Me pregunto si el debate social sobre la eutanasia no está tan
relacionado con el control del dolor como con el deseo de controlar la
muerte en sí misma. No necesitamos tener "derecho a morir": la muerte
nos llegará a todos y cada uno de nosotros, y el hombre autónomo moderno
no está preparado para ello. Hemos perdido nuestras tradiciones, no
sabemos cómo morir, hemos perdido nuestro vocabulario para discutir las
cuestiones existenciales a las que la muerte nos obliga (¿por qué
estamos aquí?, ¿hay alguna razón para esto?, ¿hacia dónde vamos?).
Estos son asuntos importantes en los que meditan mis pacientes a medida
que ven cómo se deterioran sus cuerpos. El caballero libanés de gran
bigote cuestionó su existencia una vez despojado de su papel terrenal, y
aún cuando su dolor había remitido y su respiración había mejorado,
siguió sufriendo. No era un problema médico. Hacía falta algo más que
una respuesta médica.
La doctora Megan Best trabaja en cuidados paliativos, es especialista en
ética médica y miembro del Centre for Public Christianity. Este
artículo apareció por primera vez en ABC Unleashed .
Este artículo se publicó con el permiso de la revista Solas . Solas se
publica trimestralmente en el Reino Unid. Haga clic aquí para obtener
más información o suscribirse.
(1) Assisted Suicide in the view of Europeans. 2012. Se puede leer en:
www.isopublic.ch.
(2) Glare, P. (1995). The euthanasia controversy. Decision-making in
extreme cases [letter]. Med J Aust, 163:558.
(3) Portenoy RK, Sibirceva U, Smout R, et al.. Opioid use and survival
at the end of life: a survey of a hospice population. J Pain Symptom
Manage. 2006; 32:532-40.
(4) Las consecuencias de la legalización de la eutanasia se observan en
las jurisdicciones donde se practica y son la razón por qué muchos
países han decidido contra la legalización. La discusión de estas
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