
POR ANDER DE TEJADA/ILUSTRACIÓN JESSICA MENA
No es fácil mantenerse concentrado y sereno
cuando en tu propio trabajo tienes que escuchar nombres que significan
tanto. Es imposible que los niveles de estrés no suban cada vez que te
imaginas lo que pueden hacer esos sujetos. La persecución comienza a
habitarte la mente y el miedo se hace el plato de todos los días. Pero
si eres como él, lo más probable es que continúes, que barras con todo
aquello, no sé si en nombre de la justicia, de la izquierda o del
mismísimo Chávez, y te embarres más de los destinos que ofrece la vida
en las leyes cuando estas atacan a los poderes económicos.
Tampoco es fácil investigar. Mientras más
lo haces, mientras más preguntas y descubres, más conocen de ti Los
Nombres. Y en este país las informaciones corren rápido, sobre todo
cuando los que te rodean se visten de chaqueta y corbata y se ven tan
iguales. De pronto te señalan, te televisan, nadie te protege y de nadie
puedes esconderte. La justicia es un harakiri en el mundo del
capitalismo. Es buscarse el honor y la inmortalidad cruzando un único
puente: la muerte.
DANILO SALIÓ EL 18 DE NOVIEMBRE DE 2004 DE LA UNIVERSIDAD DONDE CURSABA SUS ESTUDIOS DE POSTGRADO. EN ESE MOMENTO, EL ABOGADO MANEJABA EL CASO DE LOS INVOLUCRADOS EN EL GOLPE DE ESTADO EN CONTRA DEL PRESIDENTE CHÁVEZ DEL AÑO 2002
En un momento de la investigación Los
Nombres comenzaron a estar más claros. Estaban los dueños de los bancos,
los dueños de los medios y los dueños del país. Danilo, en cambio, solo
poseía evidencias, que a veces son físicas, sí, pero sin una
elaboración mental que las dote de sentido son nada. Por eso Los Nombres
lo creyeron tan simple. Por eso no les pareció un enredo y dijeron
“dale, plomo con eso”. Los crímenes comienzan buscando una supresión de
los enredos y terminan volviéndose un nudo en ocho. Sin embargo, cuando
Los Nombres se meten en problemas, siempre tienen chivos expiatorios que
pagan sus condenas, que sacrifican sus pellejos y a los que,
popularmente, se les conoce como los autores materiales.
Danilo salió el 18 de noviembre de 2004 de
la universidad donde cursaba sus estudios de postgrado. En ese momento,
el abogado manejaba el caso de los involucrados en el golpe de Estado en
contra del presidente Chávez del año 2002. Los Nombres, todos
involucrados, sumidos por el pavor pero con las suficientes herramientas
como para evadir bien las cosas, no se imaginaron nunca que sus mismos
autores materiales relatarían cómo sucedió todo. Eran varios kilos de
C-4 los que estaban colocados debajo de la Toyota Autana del fiscal
Anderson, quien rodaba por Los Chaguaramos, quizás sintiendo esa cosa
atribuible únicamente a lo divino y que llaman el “mal presentimiento’’.
De pronto la explosión alertó a toda la zona. El tiempo se detuvo. Toda
la data incriminatoria se borró. Todo el trabajo duro se quemó junto al
carro y junto a la puerta de una tienda de aires acondicionados. La
espada le entró lentamente a Danilo Anderson por el abdomen. El puente
se hizo angosto y la boca de la muerte se lo tragó entero mientras Los
Nombres, gracias a sus escoltas y a sus muros altos, besaban a sus
carajitos en la cabeza y les decían que en la vida había que ser
honrado.
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