Octubre 2 de 2016, 9:51 am
"España era el problema, Europa la solución"
Ortega y Gasset
Ortega y Gasset
Un fiambre ibérico
Dice la historiología que los hitos en el devenir sólo existen en retrospectiva. Los artistas florentinos del siglo XVI y XV no sabían que formaban parte del Renacimiento. Y se puede confirmar que los hombres que pintaron Altamira y Lescaux no lo hacían conscientes que habitaban el paleolítico superior. Pero la obvia ruptura y desgaste de un modelo político, protagonizado por la actual democracia española, si no es marca del cambio de época, al menos se le parece bastante bien.La reciente dimisión de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE es a la democracia atlantista española, lo que fue la renuncia presidencial de Carlos Andrés Pérez para la democracia representativa venezolana. La diferencia es sutil, pero al mismo tiempo abismal, en toda la acepción de este último término. Nadie parece darse cuenta que el final del PSOE es el final de un tiempo político europeo. El agónico ex presidente de aquel entonces apuntó las culpas a las pasiones personales o políticas que se desbordaron de semejante forma. Sánchez, en cambio, víctima del shock histórico, se hace el desentendido frente al precipicio español que ahora le devuelve la mirada.
En el discurso de despedida de Sánchez no hubo banderas, reivindicación de logros sociales, enumeración de conquistas históricas, ni mucho menos -sería demasiado pedir- el recuerdo de aquellas olvidadas posturas antimperialistas. Sólo una ceremonia de prensa que apunta a un orgullo militante bastante descafeinado, un funeral que lleva en la corona fúnebre el editorial de El País, que implora por la restauración al gobierno de la política real de Mariano Rajoy. Un cheque en blanco al capitán del Titanic.
A primera vista la muerte política de Pedro Sánchez recuerda el suicidio circense del Senado brasilero, votando a favor del impeachment a Dilma Rouseff. Como un Julio César con problemas de miedo escénico, Sánchez muere a manos de los barones de su propio partido. Entregan el cadáver de la tolda política socialista a cambio de sostener el fiambre ibérico del bipartidismo. Pero a diferencia del Imperator, acá no hay pueblo que llore al difunto partido. Ni la clase política del bipartidismo parece mirar el iceberg en la oscuridad.
Ha muerto el PSOE, y ha muerto la democracia bipartidista española. Pero también el modelo geopolítico con la que esta hacía simbiosis, comienza su tránsito hacia la fantasmagoría. Sin el Reino Unido en la Unión Europea, Francia cada vez más cerca del Estado policial, y Alemania preocupada con sus propios asuntos, la brillante Europa del Consenso y el Estado de Bienestar vive sus últimos días. Su otra cara, la oculta, la de la hegemonía militar estadounidense, como contraprestación al pacto de control mundial, parece ser una carta intrascendente en un planeta volcado a los escenarios asiáticos e índicos.
La muerte del PSOE es una acto más de la larga marcha funeral de Occidente
Sólo la OTAN, sin más siglas
El PSOE fue pieza clave para el pacto atlantista a toda escala. Con la garantía del Estado de Bienestar en la España post-Franco, el comunismo se convertía efectivamente en un inofensivo espectro. La pax socialista abrió las puertas al despliegue militar e industrial del capitalismo más salvaje del mundo occidental. Y al mismo tiempo sin querer -queriendo- consolidó la doctrina diplomática del franquismo luego de la II Guerra Mundial: Europa como objetivo, América como instrumento, para no ser absorbidos por África.La Europa sin el PSOE pierde un actor clave en la simulación civilizatoria de la OTAN y compañía. Sin derechos sociales que defender, sin política internacional de multilateralismo, se cae la máscara de una sociedad geopolítica que sostuvo un modelo de representación para justificar una vulgar hegemonía militar. EEUU como gendarme del mundo y la Europa civilizada como su clase legitimadora. El euroatlantismo, a la luz de hoy, no es más que la idea de orden mundial organizado sobre la base de la jerarquía de potencia político-militar única, capaz de garantizar las reglas del juego liberal, basada en las relaciones privilegiadas Europa-EEUU.
La Europa de hoy -que dio la espalda a las advertencias de sus propios analistas- enfrenta alarmantes problemas en ciudades como París, Amberes, y la misma Madrid, donde crece el antagonismo entre la población local y la minoría musulmana que pasó de los graffitis, la cultura del ghetto, incluso la criminalidad, a una peligrosa militancia en un fenómeno muy occidental: el Euroyihadismo, responsable de recientes atentados en Bélgica y Francia. Y ante la orfandad de operadores políticos capaces de mediar estas asimetrías y disonancias, sin duda alguna optará por la sociedad de control antes que poder reformularse sobre un modelo inclusivo.
El euroatlantismo es un mal negocio para Europa. EEUU aporta sólo un tercio en proporción a lo que la UE tributa para el desarrollo social en el continente y la periferia, y obliga además -como pésimo socio abusivo- a que la mayoría de esa ayuda se dirija a Israel. Ya incluso en 2005, liberales moderados como Timothy Garton Ash abogaban por la reinvención del euroatlantismo. Remataba el articulista de The Guardian: "en una perspectiva histórica más a largo plazo, esta podría ser nuestra última oportunidad de establecer la agenda de la política mundial".
La muerte del PSOE es una acto más de la larga marcha funeral de Occidente. La Europa del bienestar social desaparece sin tener dolientes, y el planeta, como dijo Ian Brenner, se dirige al punto cero, sin nadie al volante del liderazgo mundial. El euroatlantismo muere como nació, entre flashes, malos discursos y a espaldas de los pueblos, víctimas silenciosas de esta charada que ahora toca a su fin.
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