martes, 21 de enero de 2014

Dios metafísica y totalitarismo


Dios-Totalitarismo

OPINIÓN
NELSON GUZMÁN

El Dios de Occidente se presenta mostrando a los ojos del mundo la voluntad y la fuerza. Su máxima representación y credulidad era ser capaz de incendiarnos y volvernos borraja en un instante. Los hombres necesitaban de ese acompañante para curar sus heridas, para no vacilar ante el miedo. Los judíos y los cristianos debían reglamentar sus mundos, diferenciarse del ayer y cargar sobre sus hombros una metafísica que volviera sus actos más justos. Es por eso que las religiones monoteístas usufructúan el monopolio de la verdad. La conciencia humana para estas religiones estaba sujeta a las tradiciones, lo que hace que una vez ancladas en el registro de representaciones del imaginario colectivo, abandone las visiones revolucionarias para convertirse en dogmas tranquilizadores. La Revolución necesita un mínimo de fe y de descreencia hacia una tradición que ha tornado la conciencia resistente al cambio. La Revolución lleva en su interior una utopía, una apuesta trascendente, inmanente, que debe –pese a la adversidad– conquistar la utopía.

Para Occidente, Dios es la palabra, la capacidad de mostrarnos la rectitud, de darnos el bien y sobre todo de enseñarnos pedagógicamente cómo debemos vivir; este último acto pasa necesariamente por la supresión, por la escritura de unas máximas, y por el otorgamiento de la libertad de conciencia; esta debe permanecer encerrada en el libro de la verdad ya ofrecido con sus reglas. Occidente había aparecido con una jerga clara, los hombres no iban a extraviar sus caminos. La filosofía manifestada como verdad, como ideología, en busca del sentimiento ilustrado, se plantearía la convivencia y la superación.

Dios necesitará siempre su operador político, su intérprete, una sustancia que descienda al mundo de lo concreto lo que ha estado en la teoría. Dios ha aparecido en Occidente y en Oriente como un gran dispensador de verdades, de creencias. De allí que los hombres vivan en el miedo de morir, pero con la tranquilidad de que finalmente quedarán a buen resguardo ante una sustancia perfecta. Hitler como un Dios subalterno pereció entre sus propias máximas de honor, el cianuro, un tiro, y el fuego incandescente ayudaría al mito. Al ser sustraído el cuerpo de la perentoriedad del castigo, al haber la conciencia escapado con la muerte, a la fiereza de su enemigo, se completaba un código de honor. Las máximas de este hombre impusieron un ritmo a Occidente. La voluntad de poder que estuvo dispuesta a imponer sus reglas y representaciones morales, fue derrotada por las armas y la alianza de un Occidente que se jugaba sus últimas cartas.

Sin embargo la voluntad de dominio no había sido suprimida, digamos, tan sólo sustraída por el momento. Es así como al lado del autoritarismo absoluto seguirían manifestándose las dictaduras, la autorita como expresión y sobre todo convivir en un mundo donde el poder organiza y da orden al todo. La historia de la cultura occidental tanto en el mundo histórico concreto como en la filosofía ha clamado por una voluntad de guía. Los férreos conductores con sus báculos, con sus cayados, siempre han estado allí, no diríamos para equilibrar el mundo, puesto que esta noción tal vez nunca haya existido, pero sí para demostrarnos que la vida como inconveniente de la identidad coloca a las conciencias unas al lado de la otra para confrontarse. Otro tanto ha sucedido en el mundo de la teorización, la filosofía fundamental aclamando la voluntad del ser nos presenta a éste como un gran dispensador. Entonces, la figura manifiesta es el hombre, en torno a él se presenta el problema de la escogencia, y de la edificación de una voluntad libre.

La historia está llena de ejemplos de hombres que encarnan el espíritu de cuerpo de un dogma, de una voluntad, y de la necesidad histórica de imponer unas creencias. Toda voluntad de poder se realiza subyugada por la idea de que se está cumpliendo una misión. La única forma de liberarse del totalitarismo es la crítica. Permanentemente las instituciones deben estar en cuestión. La única justicia a este respecto debería pertenecer a la razón, a la poesía, al cambio. La colonización ha sido un espacio que ha violado la determinación de la conciencia de darse sus propios preceptos. Las religiones monolíticas como el judaísmo, el cristianismo, el islamismo parten de la base declarativa de su unicidad. El problema a este respecto sería la vida, la cual surge mediada en la inherencia de la necesidad, no habría fórmulas exactas para ésta. No hay firme cumplimiento ante un universo de expectativas que reclama el acto creador. Allí resurgen dos problemas, de un lado la cultura con su carga, su imaginario e imposiciones seculares, y de otra parte el estar lanzado en la efervescencia de vivir, lo cual solicita la invención, la heurística.

La lucha contra el totalitarismo es permanente. Las instituciones normalmente se reclaman de la tradición. El amor a la fuerza del caudillo no deja ver las determinaciones de un mundo que es inseguro y que necesita permanentemente de ésta para pervivir en sanidad. Los medios de comunicación ejercen el control de las conciencias, preparan para las respuestas firmes casi siempre mediadas por la voluntad de verdad del amo. El control planetario de una civilización no implica otra cosa que la obediencia a ciegas a una cultura que solicita de los sujetos su sumisión; ésta pasa por la renuncia a lo más ancestral. Las religiones amerindias, las mezclas afroamericanas, a los ojos del desparpajo de estas visiones modernizadoras constituyen lo pútrido, lo innoble. Es simplemente la elaboración de un imaginario que nos ha preparado para consumir hamburguesas, para pedirle ciegamente a Dios y para sostener una visión del mundo donde aún no parecemos haber conquistado la mayoría de edad.

Sartre predicó la edad de la razón, los medios de comunicación actuando como partidos políticos forman una generación despreocupadamente light que no puede vivir sin la Coca Cola, sin los centros comerciales, sin el Internet, sin los transgénicos y además reclama la edad de la emoción. Las máquinas han suplantado el activismo físico, los hombres encuentran regocijo matando gente en sus computadoras, e intentando salir de laberintos interminables. La vida se ha vuelto un bodrio. La única expectación parece ser los juegos cibernéticos y el televisor.

El Dios aterrador de los orígenes ha aparecido en la modernidad como acreedor de una voluntad que debe pertenecerle. La preocupación de una mujer normalizada es ponerse en unos buenos senos postizos, cambiarse la nariz, quitarse dos costillas, o añorar el jardín del Edén en Miami. El mundo totalitario reclama sedentarismo teórico, impropiedad, vulgaridad. Viajar es chatear, hablar en jerga, soñar con desplazar el poder de la voluntad del soberano a todo aquel que quiera apoderarse de sus migajas. La sociedad venezolana es una panoplia, la conciencia desventurada para utilizar un término caro a la tradición filosófica ha impuesto unos presupuestos. Más que la verdad importa crear una conciencia aberrante que pueda marchar, tomar las calles a cambio de nada, morir si es preciso repitiendo absurdamente no me dejaré arrebatar mi vida, mi modo de vida por la chusma.

El crimen es un Dios telúrico que puede liberarme. No estarían matando los hombres –ni dando cuenta de seres humanos– si no fuera por la existencia una voluntad irracional. Hombres que no pueden entender los mandamientos, los sacramentos, su conciencia es la perversidad. Desde la guerra de independencia esos hombres han sido silenciados, se ha hablado de masas, de las batallas, de la voluntad heroica del patrioterismo, pero nunca de la conciencia de la emancipación. Los hombres en una especie de necedad de redención han apurado el elixir de cambio, tal cual lo ha realizado el brujo o el chamán. El pueblo ha puesto a la disposición del líder su necesidad de cambio. Ese gesto está inscrito en la historia de Venezuela. Los hombres iban a la guerra en busca de la redención, proyectando sus necesidades en el otro, en los hijos, en el futuro. Este momento en la voluntad Nacional es de una profunda fe. Los análisis en Venezuela invocando el pasado siempre nos muestran la liturgia de una historia perdida.

Una especie de voluntad trágica, de destino incongruente parece historizarse en América Latina, a esto podría llamársele perdida del pedal. Parece que fuerzas extrañas hubieran hecho destinatario el derecho de ejercer la libre ciudadanía en libertad por la culpa de unos hombres viles que quebrantarían cualquier voluntad de equidad. Sucre habría caído muerto aprisionado por el lodazal de las pasiones de unos hombres que representaban la antihistoria. Bolívar por su parte sufrió la tragedia de morir en el destierro.

Fernando Savater nos ha puesto al descubierto en su libro Los diez mandamientos del siglo XXI todo aquello que ha estructurado la sociedad capitalista moderna avanzada. Los hombres no encuentran la energía reparadora en el ocio, éste tritura la capacidad de relajarse. Vacaciones preocupantes, tributario de una confianza que finalmente no seré capaz de cumplir voy siendo en el mundo angustiosamente. Savater definirá al ocio como creativo, no se refiere al consumismo extenuante que impone el mercado. La voluntad creadora pone fuera del sujeto la riqueza de lo que se va generando en imágenes. El hombre contemporáneo vive dentro del miedo que puede ocasionarle la guerra, el estallido atómico, la bomba circunstancial. Corremos el río permanente de ser víctimas de los efectos del mundo de la química. Este mundo ha ido demostrando que ya no bastan las bienaventuranzas. Un día cualquiera puedo quedar debajo de la bota de un neurótico, o sencillamente comprender que la vida es una calamidad. Cuando los hombres se aburren los imaginarios no podrán retenerle, se corre entonces hacia la mística o se marcha hacia el desenfreno.

guznelson@yahoo.es

ILUSTRACIÓN UNCAS

21/01/14.- Imprimir Imprimir

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