Aminta Beleño Gómez
Marcha Patriótica Venezuela
Los comicios presidenciales de este domingo se han robado el primer plano del escenario político colombiano. Desde hace casi tres décadas no se veía un revuelo tan dinámico en torno al proceso electoral. La convergencia de muchos factores, en torno a las candidaturas de Juan Manuel Santos y Oscar Iván Zuluaga, es lo más cercano a una polarización, tan necesaria para que puedan operarse transformaciones.
Precisamente, la ausencia de polarización ha sido una de las causas generadoras de la característica abstención en las votaciones colombianas. El pueblo neogranadino quedó marcado con la guerra sucia desatada por la clase dominante, en la década de los 80, contra los movimientos Unión Patriótica, Frente Popular, y A Luchar.
La masacre que se ordenó contra estas agrupaciones dejó claro que, en Colombia, levantar un programa para reivindicar la justicia social se paga con la muerte. En ese contexto, concurrir a las urnas no tenía sentido: era jugar al suicidio colectivo o a legitimar el poder de unos pocos, decidido por la violencia. Desde entonces, los sectores populares desaparecieron del debate electoral.
Posiciones enfrentadas
En esta ocasión, aunque los candidatos enfrentados no representan polos opuestos -tanto Santos como Zuluaga personifican los intereses de las clases económicas dominantes- hay una contradicción interesante: el camino a seguir para terminar con medio siglo de guerra y conquistar la paz.
Mientras Juan Manuel Santos reconoce la existencia del conflicto armado, acuerda el diálogo con los movimientos insurgentes como camino a la paz y plantea el fin del enfrentamiento; Oscar Iván Zuluaga niega al adversario y proyecta la guerra como única vía para terminar con las organizaciones alzadas en armas.
Por tanto, no es cualquier cosa lo que está por definirse. Colombia destina diariamente 60 mil millones de pesos (unos 33 millones de dólares) para el ataque contra insurgente. El Estado no puede garantizarle a la población su derecho a empleo, educación, salud, vivienda, transporte y recreación, porque su presupuesto está dirigido al combate contra una parte del pueblo que se ha insurreccionado.
Asimismo, contar con un pie de fuerza que sobrepasa el medio millón de personas, sin sumar a quienes desde diversas estructuras integran el aparato represivo de la nación, ni a quienes empuñan las armas como guerrilleros, ni a los millones de colombianos empujados por la guerra hacia el exterior, impide el desarrollo de las fuerzas productivas del país.
Una simple lógica puede encontrar aquí al absurdo social. Si tanto dinero y tantas personas se dedicarán a la ciencia, a la tecnología, al arte y al deporte, tendríamos un país con otras estadísticas. La miseria y la violencia generalizada no se encontrarían en las páginas de la historia que cada día se escribe en Colombia.
Definición trascendental
Sin embargo, sectores como el que encabeza Álvaro Uribe Vélez, a quien representa Oscar Iván Zuluaga, siguen empañados en sofocar por las armas el conflicto que generó, hace más de cincuenta años, la profunda brecha social. De esa manera, quieren evitar que se discuta su programa neoliberal, latifundista, privatizador de recursos y servicios, al servicio de intereses imperiales.
Por ello, aunque Juan Manuel Santos hace parte de un sector de la burguesía que ve al conflicto interno colombiano como un parche en el paisaje latinoamericano, obstáculo para la integración económica de esta nación con la región, en dimensiones posibles y deseables para su clase, el sólo hecho de comprometerse con el diálogo, dibuja una perspectiva esperanzadora para quienes padecen la guerra: el pueblo en sus distintos estratos.
Además, la insurgencia ha declarado, en múltiples ocasiones, que las armas no constituyen su fin. Reiteradamente, ha manifestado su voluntad de ejercer la lucha política por otras vías, tal como ha ocurrido en Nicaragua y El Salvador, países donde fue posible firmar la paz y transformar la historia.
De allí, la convergencia de la izquierda y otros sectores por la reelección de Santos. Quienes habían permanecido neutrales, ahora se movilizan y organizan por esa candidatura porque no hacerlo es legitimar la guerra.
En términos del momento, una mayoría consciente tiene claro que el país está en la cancha disputando el partido del siglo y le toca salir a jugársela por la paz.
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