HOMENAJE A MANDELA
Nelson Mandela, el hombre que liberó a la Sudáfrica negra
Mandela manejó la política con maestría combinando un encanto infinito,
nacido de la enorme seguridad en sí mismo, principios inflexibles, visión
estratégica y pragmatismo
nacido de la enorme seguridad en sí mismo, principios inflexibles, visión
estratégica y pragmatismo
JOHN CARLIN 6 DIC 2013 -
Nelson Mandela llegó temprano a trabajar el 11 de mayo de 1994, al día
siguiente de tomar posesión como primer presidente negro de Sudáfrica.
Andando por los pasillos desiertos, adornados con acuarelas enmarcadas que
ensalzaban las hazañas de los colonos blancos en la época de la Gran
Marcha, se detuvo ante una puerta. Había oído ruido dentro, así que llamó.
Una voz dijo: “Entre”, y Mandela, que era alto, alzó la mirada y se
encontró ante un inmenso afrikaner llamado John Reinders, jefe de
protocolo presidencial durante los mandatos del último presidente blanco,
F. W. de Klerk, y su predecesor, P.W. Botha. “Buenos días, ¿cómo está?”,
dijo Mandela, con una gran sonrisa. “Muy bien, señor presidente, ¿y
usted?”. “Muy bien, muuuy bien...”, replicó Mandela. “Pero, si me permite
preguntar, ¿qué está haciendo?”. Reinders, que estaba metiendo sus
pertenencias en cajas de cartón, respondió: “Me estoy llevando mis cosas,
señor presidente. Me cambio de trabajo”. “Ah, muy bien. ¿Y dónde se va?”
“Vuelvo al departamento de prisiones. Trabajé allí de comandante antes de
venir aquí a la presidencia”. “Ah, no”, sonrió Mandela. “No, no, no.
Conozco muy bien ese departamento. No le recomiendo que lo haga”.
Mandela, poniéndose serio, trató entonces de convencer a Reinders de que
se quedase. “Mire, nosotros procedemos del campo. No sabemos cómo
administrar un organismo tan complejo como la presidencia de Sudáfrica.
Necesitamos la ayuda de personas experimentadas como usted. Le pido, por
favor, que permanezca en su puesto. Tengo intención de no cumplir más que
un mandato presidencial, y entonces, por supuesto, usted será libre de
hacer lo que quiera”. Reinders, tan asombrado como encantado, no necesitó
más explicaciones. Mientras meneaba la cabeza, perplejo y admirado,
empezó, poco a poco, a vaciar las cajas.
Reinders, cuyos ojos se llenaban de lágrimas al recordar la anécdota algún
tiempo después, me contó que, durante los cinco años que trabajó junto a
Mandela, viajando por todo el mundo con él, no recibió más que muestras de
cortesía y amabilidad. Mandela le trató siempre con el mismo respeto que
al presidente de Estados Unidos, el papa o la reina de Inglaterra, quien,
por cierto, le adoraba. El primer presidente negro de Sudáfrica debía de
ser la única persona del mundo, tal vez con la excepción del duque de
Edimburgo, que siempre la llamaba “Elizabeth”, o al menos el único que
podía hacerlo sin que se lo reprocharan. (Un amigo mío que estaba cenando
un día con él en su casa de Johannesburgo recordaba que apareció una
criada con un teléfono inalámbrico. Era una llamada de la reina de
Inglaterra. Con una gran sonrisa, Mandela se acercó el auricular y
exclamó: “¡Ah, Elizabeth! ¿Cómo estás? ¿Cómo están los chicos?”)
Lo que pone de manifiesto la relación de Mandela con Reinders —que es la
misma que tenía con todos sus colaboradores, por humildes que fueran sus
cargos— es el secreto de su éxito como líder político. Si la política
consiste en ganarse a la gente, Mandela, como han atestiguado numerosos
políticos, fue el maestro consumado. Tenía a su disposición un cóctel
seductor e irresistible compuesto de un encanto infinito, nacido de una
inmensa seguridad en sí mismo, unos principios inflexibles, una visión
estratégica y un pragmatismo absoluto. Su actitud hacia Reinders era la
misma que había mostrado con sus interlocutores del Gobierno del apartheid
cuando inició las negociaciones secretas con ellos durante los últimos
cinco años de los 27 y medio que pasó en prisión; era la misma que tuvo
con toda la población blanca y que acabó convenciendo casi a la totalidad
de que no solo no era un temible terrorista, como les habían programado
para creer durante su cautividad, sino que era su presidente legítimo en
la misma medida en que era el rey sin corona de la Sudáfrica negra.
Le habría costado mucho más convencer a la Sudáfrica blanca para que
abandonara el apartheid y cediese el poder antes de entrar en prisión, en
1962, y mucho más todavía 20 años antes, cuando se incorporó a la lucha
por la liberación de los negros. El hombre responsable de reclutarlo fue
Walter Sisulu, un astuto activista laboral que, en el momento de su
trascendental encuentro (Mandela diría posteriormente, con sentido del
humor, que se habría ahorrado muchos problemas si nunca hubiera conocido a
Sisulu), era un militante con más de 10 años de experiencia en el
movimiento que iba a acabar por encabezar la liberación de Sudáfrica, el
Congreso Nacional Africano (ANC).
La relación que tenía con todos sus colaboradores, por humildes es el
secreto de su éxito como líder político
En aquella época, Mandela era un joven audaz, recién llegado a
Johannesburgo desde la zona rural de Transkei, donde había nacido y se
había criado en medio de lo que, en comparación con la miseria general de
su entorno, eran privilegios tribales. Aunque también había recibido una
sólida educación secundaria, era imposible disimular que allí, de pie en
el despacho del activista laboral, Mandela era un rudo campesino frente al
sofisticado, urbanita Sisulu. Sin embargo, fue Sisulu, que tenía 30 años
—Mandela tenía 24— quien se quedó impresionado, porque vislumbró en
Mandela la semilla de un talento para la política que tardaría muchos años
de lucha y sacrificios en madurar. Al recordar 50 años después qué había
pensado de aquel joven erguido en su despacho, Sisulu decía: “Me
impresionó más que cualquier otra persona que hubiera conocido. Su aire,
su simpatía... Yo buscaba a personas de verdadero calibre para ocupar
cargos de responsabilidad y él fue un regalo del cielo”.
Tardó poco Sisulu en convencer a Mandela, que estaba estudiando Derecho en
Johannesburgo, para que se uniera a su causa. Mandela triunfó en los dos
frentes, y estableció un bufete con otro dirigente del ANC, Oliver Tambo.
Pero donde más éxito tuvo fue en la política. Al carisma que Sisulu había
visto en él, Mandela añadía un valor y un ímpetu que, durante los años
cuarenta y cincuenta, antes de que lo encarcelasen, derivaba tanto de su
indignado sentido de las injusticias que se veían obligados a sufrir los
sudafricanos negros como de su carácter bullicioso. Ascendió rápidamente
en el escalafón y se convirtió en presidente de la Liga Juvenil del ANC,
un cargo desde el que dirigió una campaña nacional de desafío a un régimen
cuyas leyes de apartheid consagraban en la Constitución las humillaciones
y las condiciones de esclavitud de facto en las que vivían los negros en
la punta meridional de África desde la llegada de los primeros colonos
blancos en 1652. Durante aquella campaña, Mandela reveló un talento
histriónico (su biógrafo oficial, Anthony Sampson, lo calificó de “maestro
de la imaginería política”) que le iba a ser útil mucho después, cuando
salió de la cárcel a la era de la televisión globalizada. Cuando lanzó la
campaña en 1952, se las arregló para garantizar una amplia presencia de
fotógrafos de prensa al prender fuego a su carné de paso, el distintivo de
la ignominia del apartheid, mientras lucía una inmensa sonrisa juguetona.
La fotografía, publicada en todas partes, electrizó a la población negra,
y decenas de miles de personas siguieron su ejemplo.
presencia siempre visible en la primera línea de
resistencia contra el apartheid, se vestía como un millonario. Se hacía
los trajes en el mismo sastre que el rey del oro y los diamantes de
Sudáfrica, Harry Oppenheimer, y nunca dejó de ser el dandy de su círculo
social en sus incursiones en la vida nocturna de Johannesburgo. Las
fotografías de los años cincuenta muestran a un hombre con el aire
confiado de una estrella romántica de Hollywood. Las mujeres se enamoraban
de él, entre ellas Winnie Madikizela. Y él —que estaba casado y con hijos—
también se enamoró de ella. Winnie era la Ava Gardner de Soweto, y él,
Clark Gable. Mandela se divorció de su primera mujer, Eveline, y se casó
con Winnie, con quien tuvo dos hijas pero a la que, como se quejaría ella
más tarde, veía muy poco, sobre todo después de que le nombraran
comandante en jefe del nuevo brazo militar del ANC, Umkhonto we Sizwe, La
lanza de la nación, en 1961, y se viera obligado a pasar a la
clandestinidad. Su veta vanidosa le perjudicó. Empeñado en ser un Che
Guevara, adoptó un eslogan popular en la época, “Tomaremos el poder a la
manera de Castro”, e insistía, en contra de las advertencias de sus
amigos, en llevar uniformes revolucionarios de color verde cada vez que
aparecía en público, pese a que la policía le había designado como el
hombre más buscado de Sudáfrica. Su incapacidad de mantener la discreción
que exigían sus circunstancias fue una de las razones de que lo detuvieran
en 1962; permaneció entre rejas 27 años y medio.
Winnie era la Ava Gardner de Soweto, y él, Clark Gable
La cárcel lo moderó, le enseñó a encauzar su talento para el espectáculo,
sus artes de seductor, hacia unos objetivos políticos realistas. Entró
lleno de furia y salió sabio, pero siempre impulsado por la convicción
heroica de que el respiro que había obtenido en su juicio en 1964, cuando
lo condenaron a cadena perpetua en lugar de a muerte como se esperaba, le
obligaba a cumplir su destino como redentor futuro de su pueblo. La gran
lección que asimiló fue que el enemigo no iba a caer derrotado por las
armas; que habría que convencer un día a los surafricanos blancos para que
entregasen el poder voluntariamente, para que acabasen con el apartheid
ellos mismos. La prisión, la celda diminuta en la que vivió en Robben
Island durante 18 años, fue su campo de entrenamiento para la gran partida
que le aguardaba fuera. La primera lección, decidió, tenía que ser “conoce
a tu enemigo”. Para desolación de algunos otros presos, se propuso
aprender afrikaans —“la lengua de los opresores”— y leer libros sobre la
historia de los afrikaners. Y después se propuso ganarse a los carceleros,
porque pensó que era la forma de conocer las vanidades, los puntos fuertes
y débiles de los blancos en general, para estar mejor preparado cuando
llegara el momento de intentar que cedieran a sus deseos.
El truco era no perder jamás su dignidad ni sus principios, negarse a ser
intimidado y tratar a todos los que le rodeaban con respeto, con el
“respeto normal y corriente” del que Walter Sisulu afirmó en una ocasión
que era el premio por el que luchó durante sus 60 años de dedicación a la
política. Estas cualidades, acompañadas de sus modales majestuosos, le
iban a permitir conquistar a los dos primeros miembros de la
administración blanca con los que habían tenido contacto él y cualquier
otro dirigente negro. Durante sus últimos cinco años en la cárcel, llevó a
cabo más de 70 entrevistas secretas con el ministro de Justicia, Kobie
Coetsee, y el jefe nacional de los servicios de inteligencia, Niel
Barnard; el propósito de las reuniones era explorar la posibilidad de un
acuerdo político entre negros y blancos. Mientras se iba ganando la
confianza de estos dos turbios personajes (considerados unos monstruos por
todo el mundo durante los turbulentos años ochenta), consolidó su
autoridad sobre los demás presos políticos, igual que lo iba a hacer
después con la población negra en general. Yo pregunté a Coetsee sobre
aquellas entrevistas y, como Reinders, lloró al recordar a Mandela, a
quien definió como “la encarnación de las grandes virtudes romanas:
dignitas, gravitas, honestas”. Barnard no era capaz de llorar pero estuvo
a punto, y durante las siete horas que hablamos siempre se refirió a
Mandela llamándole “el viejo”, como si estuviera hablando de su propio
padre.
Al salir en libertad el 11 de febrero de 1990, Mandela emprendió una
marcha triunfal por toda Sudáfrica en la que prefijó un mensaje muy
perfilado de reconciliación y desafío. No era ningún Gandhi y se negó a
pedir el cese de la “lucha armada” —que había sido más bien simbólica—
hasta que el Gobierno dio señales inequívocas de comprometerse a una
democracia de pleno derecho en la que se aplicara el principio de una
persona, un voto. No tuvo más remedio porque el presidente F. W. de Klerk,
al que describió con elegancia (y astucia) como “un hombre íntegro”, creyó
al principio que iba a salir del paso con alguna fórmula sui generis,
semidemocrática, que contemplase los “derechos de la minoría” y asegurase
y perpetuase los privilegios de los blancos. Las negociaciones que se
desarrollaron durante los cuatro años sucesivos fueron duras, pero ni
mucho menos tan duras como lo que estaba sucediendo en los distritos
negros, sobre todo los de la periferia de Johannesburgo. Los últimos
coletazos de la bestia del apartheid se manifestaron en un intento
concertado de desbaratar la transición por parte de fuerzas oscuras en el
aparato de seguridad, aliadas con la organización negra conservadora
Inkatha, cuyo líder zulú de extrema derecha, Mangosuthu Buthelezi,
beneficiario del sistema de “patrias tribales” del apartheid, tenía tanto
miedo a que gobernara el ANC como cualquier blanco. Las matanzas en Soweto
y otros lugares alcanzaron una dimensión inédita en Suráfrica desde la
guerra de los boers, casi 100 años antes.
Mandela clamaba en público, se indignaba contra De Klerk en privado, y sus
colegas de la ejecutiva nacional del ANC tenían que contenerlo para que no
cancelara las negociaciones; para que su ira, que a veces le cegaba, no le
hiciese recurrir a un enfrentamiento abierto. Sin embargo, cuando llegó la
prueba definitiva, supo mantener la cabeza fría y dio su bendición a un
acuerdo trascendental por el que el primer Gobierno elegido
democráticamente del país iba a ser una coalición en la que los
ministerios se repartirían en función del porcentaje de voto obtenido por
cada partido.
A mediados de los cincuenta, pronunció un discurso en el que predijo —con
una clarividencia extraordinaria— que un día sería el primer presidente
negro de Suráfrica
Tendió la mano a una Sudáfrica blanca bastante pacificada convenciendo a
su propia gente para que hiciera otra concesión en un asunto que todos los
surafricanos llevaban en el corazón.
Una reunión de la ejecutiva nacional del ANC cuatro meses antes de las
históricas elecciones de abril de 1994. Sin dudar ni por un momento que el
ANC iba a ganar las elecciones, el tema concreto en la agenda era qué
postura debía adoptar el nuevo Gobierno sobre la delicada cuestión del
himno nacional. El viejo himno era claramente inaceptable. Die Stem era
una melodía seria y marcial que loaba a Dios y ensalzaba los triunfos de
Retief, Pretorius y los demás “caminantes” que habían hecho la Gran Marcha
hacia el norte en el siglo XIX, aplastando la resistencia de los negros.
El himno extraoficial de la Suráfrica negra, Nkosi Sikelele, era la
emocionante manifestación de un pueblo que llevaba mucho tiempo de
sufrimiento y anhelaba la libertad.
La reunión acababa de empezar cuando entró un ayudante para informar a
Mandela de que le llamaba un jefe de Estado. Salió de la sala y los
treinta y pico hombres y mujeres del órgano supremo del ANC continuaron
sin él. Había un consenso abrumador en favor de eliminar Die Stem y
sustituirlo por Nkosi Sikelele. Tokyo Sexwale, antiguo preso en Robben
Island y principal miembro del Comité Ejecutivo nacional, recordaba muy
bien la atmósfera de la reunión durante la ausencia de Mandela.
“Estábamos disfrutando”, me contó. “Es el fin de esa canción, Die Stem,
decíamos. El fin. Se acabó. En este país vamos a cantar Nkosi Sikelele y
nada más. ¡Estábamos divirtiéndonos!”. Entonces regresó Mandela.
“Estábamos todos como niños de primaria”, decía Sexwale, un hombre grande
y fuerte con una rica voz de orador. “Nos preguntó cómo iban nuestras
discusiones y le dijimos que habíamos tomado una decisión. Dijo: ‘Pues lo
siento. No quiero ser grosero, pero...’. Dios mío, todos queríamos que nos
tragara la tierra. ‘Creo que debo expresar lo que pienso sobre esta
moción. Nunca pensé que unas personas experimentadas como vosotros iban a
tomar una decisión de tal magnitud sobre un tema tan importante sin ni
siquiera esperar al presidente de vuestra organización”.
Mandela me dijo que había sermoneado al comité ejecutivo sobre la
necesidad de ganarse a los afrikaners, de demostrar respeto por sus
símbolos
Y entonces, en el tono más severo y de maestro de escuela que le habían
oído emplear jamás sus colegas del ANC, ofreció su punto de vista. “Esta
canción que despacháis con tanta facilidad contiene las emociones de
muchos a los que todavía no representáis, y de un plumazo queréis tomar
una decisión que destruiría la misma base —la única— sobre la que estamos
construyendo el país: la reconciliación”. Los hombres y mujeres de la
ejecutiva nacional del ANC, muchos de ellos muy conocidos en Sudáfrica,
considerados héroes y heroínas de la lucha, se arrugaron de vergüenza.
Mandela propuso que, cuando se celebraran las elecciones y para el futuro,
Suráfrica tuviera dos himnos, que se tocarían uno después de otro en todas
las ceremonias oficiales, desde las tomas de posesión presidenciales hasta
los partidos de rugby: Die Stem y Nkosi Sikelele. Derrotados moralmente,
apabullados por la lógica del argumento de Mandela, los combatientes de la
libertad se rindieron de forma unánime. Sexwale se reía a carcajadas años
después al recordar el desconcierto que había sentido al ver cómo les
había manipulado Mandela. “Jacob Zuma, que presidía la reunión, dijo:
‘Bueno, creo... creo... creo que la cosa está clara, camaradas. Creo que
la cosa está clara...’. Nadie levantó un dedo para oponerse”.
Los miembros de la ejecutiva nacional capitularon por completo ante la ira
de Mandela, porque comprendieron de inmediato que su afán de venganza
sobre la cuestión del himno blanco había sido pueril, que la respuesta
política con más visión de futuro al dilema que estaban debatiendo era la
solución madura y generosa que defendía Mandela. Pero cedieron ante él
también porque, desde las actuaciones magistrales que había llevado a cabo
al salir de la cárcel, habían aprendido a aceptar que “el viejo” era mucho
más hábil que cualquiera de ellos en el arte moderno del simbolismo
político. La importancia del himno era la creación de un espíritu
nacional, la posibilidad de ejercer la persuasión política apelando a las
emociones de la gente. Esa era, como habían comprendido los demás
dirigentes del ANC, la esencia de su talento político, la faceta en la que
dejaba a todos los demás muy atrás. El propio Mandela me dijo, durante una
de las conversaciones que mantuvimos en su casa, que había sermoneado al
comité ejecutivo sobre la necesidad de ganarse a los afrikaners, de
demostrar respeto por sus símbolos, de esforzarse por incluir unas cuantas
palabras en afrikaans al comenzar un discurso. “No les estáis hablando al
cerebro”, dijo, “les estáis hablando al corazón”.
Hizo lo mismo, con un éxito aún más espectacular, al año de asumir la
presidencia, en la Copa del Mundo de rugby, que se celebraba en Suráfrica
por primera vez. Consiguió la increíble proeza de convencer a su propia
gente para que apoyaran a los Springboks, la selección surafricana, con lo
que transformó uno de los símbolos más odiados de la opresión del
apartheid en un instrumento de unidad. A pesar de que solo había un
jugador que no era blanco en el equipo, los negros, a instancias de
Mandela, adoptaron a los Springboks y empezaron a considerarlos
representantes lógicos de la nueva bandera nacional. Es imposible olvidar
cómo, en la final de Johannesburgo, en la que venció Suráfrica,
prácticamente toda la muchedumbre de blancos (los aficionados al rugby no
habían estado precisamente en la vanguardia del progresismo racial durante
los años del apartheid) gritaba su nombre. “¡Nelson! ¡Nelson! ¡Nelson!”.
Cuando Mandela entregó la copa al capitán del equipo, François Pienaar, un
grandullón rubio hijo del apartheid, le dijo: “Gracias, François, por lo
que has hecho por nuestro país”. “No, señor presidente”, replicó Pienaar,
con una enorme presencia de ánimo. “Gracias a usted por lo que ha hecho
por nuestro país”.
Aquel día, probablemente el más feliz —y desde luego el de más unidad
patriótica— de la historia de Sudáfrica, Mandela culminó su doble misión
imposible del liderazgo político. Convenció a todo un pueblo, el pueblo
con más división racial de la tierra, para que cambiara de opinión.
El objetivo fundamental de Mandela durante sus cinco años como presidente
fue cimentar las bases de la nueva democracia, alejar la perspectiva de
una contrarrevolución terrorista de la extrema derecha armada. Y lo
consiguió. Sudáfrica, pese a todos los problemas que hoy tiene (problemas
que comparte con docenas de países, después de haberse deshecho de la
épica y terrible singularidad que en otro tiempo le distinguía del resto
del mundo), es una democracia estable, mucho más respetuosa con el imperio
de la ley y la libertad de expresión que, por ejemplo, Rusia, otro país
que acabó con años de tiranía más o menos en la misma época. Se ha dicho,
y seguramente se seguirá diciendo mucho tiempo, que Mandela podría haber
hecho más para remediar las injusticias económicas del apartheid. Tal vez,
pero en un país con un elevado índice de natalidad y sin unas cifras de
crecimiento económico equiparables, ese era un reto prácticamente
imposible. Lo mejor que puede decirse es que la presidencia de Mandela vio
la aparición de un nuevo y potente fenómeno social, inimaginable en los
años del apartheid: una clase media negra floreciente. Podría haber
emprendido toda una redistribución de la riqueza nacional, pero eso
seguramente habría provocado lo que más temía, una guerra civil entre
razas. La economía que hubiera quedado después habría sido una economía de
cementerio. Por lo que Mandela luchó la mayor parte de su vida fue por la
democracia, y, una vez lograda, su prioridad pasó a ser la paz.
Una paz como la que acordó con John Reinders, cuyo trato por parte de
Mandela ilumina la gran lección que ofrece a todas las personas de
cualquier parte, ya sea en el liderazgo político o en esferas de la vida
menos ambiciosas. Siempre fue coherente entre lo que predicaba y lo que
practicaba. Hablaba de justicia y respeto y trataba a todo el mundo, por
humilde que fuera su condición o por irrelevante que fuera para sus
objetivos políticos o personales, con la misma consideración. Un año
después de que Mandela abandonara la presidencia, Reinders, que siguió
trabajando a las órdenes de su sucesor Thabo Mbeki, recibió una llamada de
su antiguo jefe. ¿Podía ir con su familia a comer a su casa el domingo
siguiente? Reinders acudió con su esposa y sus dos hijos creyendo que se
trataba de una reunión amplia. Pero no, Mandela solo había invitado a su
familia.
Al empezar la comida, Mandela elevó una copa y, dirigiéndose a la mujer y
los hijos de Reinders, les pidió perdón por haberles privado tanto tiempo
de la compañía de su padre y marido. “Pero llevó a cabo sus obligaciones
de manera espléndida. ¡Espléndida!”. Reinders, que volvía a llorar
recordando la historia, me contó que, después de comer, Mandela les
acompañó a la calle y, cuando se alejaba su coche, se quedó diciéndoles
adiós con la mano.
y decenas de miles de personas siguieron su ejemplo.
presencia siempre visible en la primera línea de
resistencia contra el apartheid, se vestía como un millonario. Se hacía
los trajes en el mismo sastre que el rey del oro y los diamantes de
Sudáfrica, Harry Oppenheimer, y nunca dejó de ser el dandy de su círculo
social en sus incursiones en la vida nocturna de Johannesburgo. Las
fotografías de los años cincuenta muestran a un hombre con el aire
confiado de una estrella romántica de Hollywood. Las mujeres se enamoraban
de él, entre ellas Winnie Madikizela. Y él —que estaba casado y con hijos—
también se enamoró de ella. Winnie era la Ava Gardner de Soweto, y él,
Clark Gable. Mandela se divorció de su primera mujer, Eveline, y se casó
con Winnie, con quien tuvo dos hijas pero a la que, como se quejaría ella
más tarde, veía muy poco, sobre todo después de que le nombraran
comandante en jefe del nuevo brazo militar del ANC, Umkhonto we Sizwe, La
lanza de la nación, en 1961, y se viera obligado a pasar a la
clandestinidad. Su veta vanidosa le perjudicó. Empeñado en ser un Che
Guevara, adoptó un eslogan popular en la época, “Tomaremos el poder a la
manera de Castro”, e insistía, en contra de las advertencias de sus
amigos, en llevar uniformes revolucionarios de color verde cada vez que
aparecía en público, pese a que la policía le había designado como el
hombre más buscado de Sudáfrica. Su incapacidad de mantener la discreción
que exigían sus circunstancias fue una de las razones de que lo detuvieran
en 1962; permaneció entre rejas 27 años y medio.
Winnie era la Ava Gardner de Soweto, y él, Clark Gable
La cárcel lo moderó, le enseñó a encauzar su talento para el espectáculo,
sus artes de seductor, hacia unos objetivos políticos realistas. Entró
lleno de furia y salió sabio, pero siempre impulsado por la convicción
heroica de que el respiro que había obtenido en su juicio en 1964, cuando
lo condenaron a cadena perpetua en lugar de a muerte como se esperaba, le
obligaba a cumplir su destino como redentor futuro de su pueblo. La gran
lección que asimiló fue que el enemigo no iba a caer derrotado por las
armas; que habría que convencer un día a los surafricanos blancos para que
entregasen el poder voluntariamente, para que acabasen con el apartheid
ellos mismos. La prisión, la celda diminuta en la que vivió en Robben
Island durante 18 años, fue su campo de entrenamiento para la gran partida
que le aguardaba fuera. La primera lección, decidió, tenía que ser “conoce
a tu enemigo”. Para desolación de algunos otros presos, se propuso
aprender afrikaans —“la lengua de los opresores”— y leer libros sobre la
historia de los afrikaners. Y después se propuso ganarse a los carceleros,
porque pensó que era la forma de conocer las vanidades, los puntos fuertes
y débiles de los blancos en general, para estar mejor preparado cuando
llegara el momento de intentar que cedieran a sus deseos.
El truco era no perder jamás su dignidad ni sus principios, negarse a ser
intimidado y tratar a todos los que le rodeaban con respeto, con el
“respeto normal y corriente” del que Walter Sisulu afirmó en una ocasión
que era el premio por el que luchó durante sus 60 años de dedicación a la
política. Estas cualidades, acompañadas de sus modales majestuosos, le
iban a permitir conquistar a los dos primeros miembros de la
administración blanca con los que habían tenido contacto él y cualquier
otro dirigente negro. Durante sus últimos cinco años en la cárcel, llevó a
cabo más de 70 entrevistas secretas con el ministro de Justicia, Kobie
Coetsee, y el jefe nacional de los servicios de inteligencia, Niel
Barnard; el propósito de las reuniones era explorar la posibilidad de un
acuerdo político entre negros y blancos. Mientras se iba ganando la
confianza de estos dos turbios personajes (considerados unos monstruos por
todo el mundo durante los turbulentos años ochenta), consolidó su
autoridad sobre los demás presos políticos, igual que lo iba a hacer
después con la población negra en general. Yo pregunté a Coetsee sobre
aquellas entrevistas y, como Reinders, lloró al recordar a Mandela, a
quien definió como “la encarnación de las grandes virtudes romanas:
dignitas, gravitas, honestas”. Barnard no era capaz de llorar pero estuvo
a punto, y durante las siete horas que hablamos siempre se refirió a
Mandela llamándole “el viejo”, como si estuviera hablando de su propio
padre.
Al salir en libertad el 11 de febrero de 1990, Mandela emprendió una
marcha triunfal por toda Sudáfrica en la que prefijó un mensaje muy
perfilado de reconciliación y desafío. No era ningún Gandhi y se negó a
pedir el cese de la “lucha armada” —que había sido más bien simbólica—
hasta que el Gobierno dio señales inequívocas de comprometerse a una
democracia de pleno derecho en la que se aplicara el principio de una
persona, un voto. No tuvo más remedio porque el presidente F. W. de Klerk,
al que describió con elegancia (y astucia) como “un hombre íntegro”, creyó
al principio que iba a salir del paso con alguna fórmula sui generis,
semidemocrática, que contemplase los “derechos de la minoría” y asegurase
y perpetuase los privilegios de los blancos. Las negociaciones que se
desarrollaron durante los cuatro años sucesivos fueron duras, pero ni
mucho menos tan duras como lo que estaba sucediendo en los distritos
negros, sobre todo los de la periferia de Johannesburgo. Los últimos
coletazos de la bestia del apartheid se manifestaron en un intento
concertado de desbaratar la transición por parte de fuerzas oscuras en el
aparato de seguridad, aliadas con la organización negra conservadora
Inkatha, cuyo líder zulú de extrema derecha, Mangosuthu Buthelezi,
beneficiario del sistema de “patrias tribales” del apartheid, tenía tanto
miedo a que gobernara el ANC como cualquier blanco. Las matanzas en Soweto
y otros lugares alcanzaron una dimensión inédita en Suráfrica desde la
guerra de los boers, casi 100 años antes.
Mandela clamaba en público, se indignaba contra De Klerk en privado, y sus
colegas de la ejecutiva nacional del ANC tenían que contenerlo para que no
cancelara las negociaciones; para que su ira, que a veces le cegaba, no le
hiciese recurrir a un enfrentamiento abierto. Sin embargo, cuando llegó la
prueba definitiva, supo mantener la cabeza fría y dio su bendición a un
acuerdo trascendental por el que el primer Gobierno elegido
democráticamente del país iba a ser una coalición en la que los
ministerios se repartirían en función del porcentaje de voto obtenido por
cada partido.
A mediados de los cincuenta, pronunció un discurso en el que predijo —con
una clarividencia extraordinaria— que un día sería el primer presidente
negro de Suráfrica
Tendió la mano a una Sudáfrica blanca bastante pacificada convenciendo a
su propia gente para que hiciera otra concesión en un asunto que todos los
surafricanos llevaban en el corazón.
Una reunión de la ejecutiva nacional del ANC cuatro meses antes de las
históricas elecciones de abril de 1994. Sin dudar ni por un momento que el
ANC iba a ganar las elecciones, el tema concreto en la agenda era qué
postura debía adoptar el nuevo Gobierno sobre la delicada cuestión del
himno nacional. El viejo himno era claramente inaceptable. Die Stem era
una melodía seria y marcial que loaba a Dios y ensalzaba los triunfos de
Retief, Pretorius y los demás “caminantes” que habían hecho la Gran Marcha
hacia el norte en el siglo XIX, aplastando la resistencia de los negros.
El himno extraoficial de la Suráfrica negra, Nkosi Sikelele, era la
emocionante manifestación de un pueblo que llevaba mucho tiempo de
sufrimiento y anhelaba la libertad.
La reunión acababa de empezar cuando entró un ayudante para informar a
Mandela de que le llamaba un jefe de Estado. Salió de la sala y los
treinta y pico hombres y mujeres del órgano supremo del ANC continuaron
sin él. Había un consenso abrumador en favor de eliminar Die Stem y
sustituirlo por Nkosi Sikelele. Tokyo Sexwale, antiguo preso en Robben
Island y principal miembro del Comité Ejecutivo nacional, recordaba muy
bien la atmósfera de la reunión durante la ausencia de Mandela.
“Estábamos disfrutando”, me contó. “Es el fin de esa canción, Die Stem,
decíamos. El fin. Se acabó. En este país vamos a cantar Nkosi Sikelele y
nada más. ¡Estábamos divirtiéndonos!”. Entonces regresó Mandela.
“Estábamos todos como niños de primaria”, decía Sexwale, un hombre grande
y fuerte con una rica voz de orador. “Nos preguntó cómo iban nuestras
discusiones y le dijimos que habíamos tomado una decisión. Dijo: ‘Pues lo
siento. No quiero ser grosero, pero...’. Dios mío, todos queríamos que nos
tragara la tierra. ‘Creo que debo expresar lo que pienso sobre esta
moción. Nunca pensé que unas personas experimentadas como vosotros iban a
tomar una decisión de tal magnitud sobre un tema tan importante sin ni
siquiera esperar al presidente de vuestra organización”.
Mandela me dijo que había sermoneado al comité ejecutivo sobre la
necesidad de ganarse a los afrikaners, de demostrar respeto por sus
símbolos
Y entonces, en el tono más severo y de maestro de escuela que le habían
oído emplear jamás sus colegas del ANC, ofreció su punto de vista. “Esta
canción que despacháis con tanta facilidad contiene las emociones de
muchos a los que todavía no representáis, y de un plumazo queréis tomar
una decisión que destruiría la misma base —la única— sobre la que estamos
construyendo el país: la reconciliación”. Los hombres y mujeres de la
ejecutiva nacional del ANC, muchos de ellos muy conocidos en Sudáfrica,
considerados héroes y heroínas de la lucha, se arrugaron de vergüenza.
Mandela propuso que, cuando se celebraran las elecciones y para el futuro,
Suráfrica tuviera dos himnos, que se tocarían uno después de otro en todas
las ceremonias oficiales, desde las tomas de posesión presidenciales hasta
los partidos de rugby: Die Stem y Nkosi Sikelele. Derrotados moralmente,
apabullados por la lógica del argumento de Mandela, los combatientes de la
libertad se rindieron de forma unánime. Sexwale se reía a carcajadas años
después al recordar el desconcierto que había sentido al ver cómo les
había manipulado Mandela. “Jacob Zuma, que presidía la reunión, dijo:
‘Bueno, creo... creo... creo que la cosa está clara, camaradas. Creo que
la cosa está clara...’. Nadie levantó un dedo para oponerse”.
Los miembros de la ejecutiva nacional capitularon por completo ante la ira
de Mandela, porque comprendieron de inmediato que su afán de venganza
sobre la cuestión del himno blanco había sido pueril, que la respuesta
política con más visión de futuro al dilema que estaban debatiendo era la
solución madura y generosa que defendía Mandela. Pero cedieron ante él
también porque, desde las actuaciones magistrales que había llevado a cabo
al salir de la cárcel, habían aprendido a aceptar que “el viejo” era mucho
más hábil que cualquiera de ellos en el arte moderno del simbolismo
político. La importancia del himno era la creación de un espíritu
nacional, la posibilidad de ejercer la persuasión política apelando a las
emociones de la gente. Esa era, como habían comprendido los demás
dirigentes del ANC, la esencia de su talento político, la faceta en la que
dejaba a todos los demás muy atrás. El propio Mandela me dijo, durante una
de las conversaciones que mantuvimos en su casa, que había sermoneado al
comité ejecutivo sobre la necesidad de ganarse a los afrikaners, de
demostrar respeto por sus símbolos, de esforzarse por incluir unas cuantas
palabras en afrikaans al comenzar un discurso. “No les estáis hablando al
cerebro”, dijo, “les estáis hablando al corazón”.
Hizo lo mismo, con un éxito aún más espectacular, al año de asumir la
presidencia, en la Copa del Mundo de rugby, que se celebraba en Suráfrica
por primera vez. Consiguió la increíble proeza de convencer a su propia
gente para que apoyaran a los Springboks, la selección surafricana, con lo
que transformó uno de los símbolos más odiados de la opresión del
apartheid en un instrumento de unidad. A pesar de que solo había un
jugador que no era blanco en el equipo, los negros, a instancias de
Mandela, adoptaron a los Springboks y empezaron a considerarlos
representantes lógicos de la nueva bandera nacional. Es imposible olvidar
cómo, en la final de Johannesburgo, en la que venció Suráfrica,
prácticamente toda la muchedumbre de blancos (los aficionados al rugby no
habían estado precisamente en la vanguardia del progresismo racial durante
los años del apartheid) gritaba su nombre. “¡Nelson! ¡Nelson! ¡Nelson!”.
Cuando Mandela entregó la copa al capitán del equipo, François Pienaar, un
grandullón rubio hijo del apartheid, le dijo: “Gracias, François, por lo
que has hecho por nuestro país”. “No, señor presidente”, replicó Pienaar,
con una enorme presencia de ánimo. “Gracias a usted por lo que ha hecho
por nuestro país”.
Aquel día, probablemente el más feliz —y desde luego el de más unidad
patriótica— de la historia de Sudáfrica, Mandela culminó su doble misión
imposible del liderazgo político. Convenció a todo un pueblo, el pueblo
con más división racial de la tierra, para que cambiara de opinión.
El objetivo fundamental de Mandela durante sus cinco años como presidente
fue cimentar las bases de la nueva democracia, alejar la perspectiva de
una contrarrevolución terrorista de la extrema derecha armada. Y lo
consiguió. Sudáfrica, pese a todos los problemas que hoy tiene (problemas
que comparte con docenas de países, después de haberse deshecho de la
épica y terrible singularidad que en otro tiempo le distinguía del resto
del mundo), es una democracia estable, mucho más respetuosa con el imperio
de la ley y la libertad de expresión que, por ejemplo, Rusia, otro país
que acabó con años de tiranía más o menos en la misma época. Se ha dicho,
y seguramente se seguirá diciendo mucho tiempo, que Mandela podría haber
hecho más para remediar las injusticias económicas del apartheid. Tal vez,
pero en un país con un elevado índice de natalidad y sin unas cifras de
crecimiento económico equiparables, ese era un reto prácticamente
imposible. Lo mejor que puede decirse es que la presidencia de Mandela vio
la aparición de un nuevo y potente fenómeno social, inimaginable en los
años del apartheid: una clase media negra floreciente. Podría haber
emprendido toda una redistribución de la riqueza nacional, pero eso
seguramente habría provocado lo que más temía, una guerra civil entre
razas. La economía que hubiera quedado después habría sido una economía de
cementerio. Por lo que Mandela luchó la mayor parte de su vida fue por la
democracia, y, una vez lograda, su prioridad pasó a ser la paz.
Una paz como la que acordó con John Reinders, cuyo trato por parte de
Mandela ilumina la gran lección que ofrece a todas las personas de
cualquier parte, ya sea en el liderazgo político o en esferas de la vida
menos ambiciosas. Siempre fue coherente entre lo que predicaba y lo que
practicaba. Hablaba de justicia y respeto y trataba a todo el mundo, por
humilde que fuera su condición o por irrelevante que fuera para sus
objetivos políticos o personales, con la misma consideración. Un año
después de que Mandela abandonara la presidencia, Reinders, que siguió
trabajando a las órdenes de su sucesor Thabo Mbeki, recibió una llamada de
su antiguo jefe. ¿Podía ir con su familia a comer a su casa el domingo
siguiente? Reinders acudió con su esposa y sus dos hijos creyendo que se
trataba de una reunión amplia. Pero no, Mandela solo había invitado a su
familia.
Al empezar la comida, Mandela elevó una copa y, dirigiéndose a la mujer y
los hijos de Reinders, les pidió perdón por haberles privado tanto tiempo
de la compañía de su padre y marido. “Pero llevó a cabo sus obligaciones
de manera espléndida. ¡Espléndida!”. Reinders, que volvía a llorar
recordando la historia, me contó que, después de comer, Mandela les
acompañó a la calle y, cuando se alejaba su coche, se quedó diciéndoles
adiós con la mano.
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MANDELA sera sepultado el 15 de Diciembre
El presidente de Sudráfrica, Jacob Zuma, informó este viernes que el cuerpo del Nelson Mandela será sepultado el 15 de diciembre en la Provincia Oriental del Cabo, donde nació el líder de la lucha contra el Apartheid. Sin embargo, los funerales oficiales comenzarán el 10 de Diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos.
El mandatario también informó sobre las actividades que realizarán por la muerte de Madiba, como era conocido el líder sudafricano cuyo legado de reconciliación, unión y paz quedará por siempre sembrados en sus compatriotas.
“El servicio funeral oficial será el 10 diciembre en Johannesburgo (capital). Del 11 al 13 de diciembre los restos de Madiba estarán en la sede de Gobierno en Pretoria donde sirvió como presidente”, agregó.
El mandatario señaló que “trabajaremos juntos para realizar el funeral más apropiado para este hijo y padre” de Sudáfrica.
También fue declarado el 8 de diciembre como “día nacional de oración y reflexión”, dijo, a la vez que agregó que “hacemos un llamado a toda nuestra gente a reunirse a rezar y que eleven sus oraciones” por Mandela.
También se realizarán servicios funerales en todas las provincias del país.
El mandatario señaló que “trabajaremos juntos para realizar el funeral más apropiado para este hijo y padre” de Sudáfrica.
También fue declarado el 8 de diciembre como “día nacional de oración y reflexión”, dijo, a la vez que agregó que “hacemos un llamado a toda nuestra gente a reunirse a rezar y que eleven sus oraciones” por Mandela.
También se realizarán servicios funerales en todas las provincias del país.
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Comité Internacional por la Libertad de los 5 Cubanos
Mensaje del Héroe de la República de Cuba, Gerardo Hernández Nordelo por el fallecimiento de Nelson Mandela
Enviar a un amigo/a
Después de varios días de permanecer Gerardo en lockdown pudo llamar casualmente en el momento de conocer la triste noticia del fallecimiento de Nelson Mandela y dedicó este breve mensaje con los pocos minutos de comunicación.
Mensaje del Héroe de la República de Cuba, Gerardo Hernández Nordelo por el fallecimiento de Nelson Mandela.
Quienes dedican ilimitados recursos a borrar y reescribir la historia, y lo tuvieron en sus listas de "peligrosos terroristas", hoy sufrirán de amnesia colectiva.
Quienes lo agraviaron negándole un homenaje en la Ciudad de Miami, por abrazar a Fidel y agradecer la ayuda de Cuba a África, hoy tendrán que callar avergonzados.
Los Cinco seguiremos enfrentando cada día la injusta prisión -hasta el final- inspirados en su ejemplo de lealtad y resistencia.
¡Gloria eterna al gran Nelson Mandela!
Gerardo Hernández Nordelo
Prisión Federal de Victorville, California
Diciembre 5 de 2013
No puedo evocar bien la primera vez que supe de la existencia de Nelson Mandela. Podría haber sido en 1962, cuando al futuro presidente de Sudáfrica lo condenaron a prisión perpetua en el roquerío destemplado de Robben Island. Podría haber sido en esa fecha, pero no lo fue.
Yo era a la sazón un joven de veinte años que, como tantos de mi generación en Chile, predicaba la revolución. Bajo el menor pretexto local, nacional o internacional, salía, junto a otros estudiantes, a las calles de Santiago a exigir justicia contra un viento y una marea de policías armados. Y, sin embargo, entre esa multitud de protestas no hubo una, que yo recuerde, que se organizara para reclamar la libertad de Mandela. Entendíamos, con borrosa claridad, que el apartheid sudafricano era una lacra racista, el sistema más inhumano y cruel en el mundo, pero su lucha era un mero resplandor lejano frente a la urgencia de una América latina empobrecida y ardiente. Ni siquiera durante los tres años de la presidencia de Salvador Allende –cuyo programa de liberación nacional pudo haber sido calcado de la Freedom Charter de la African National Congress– me llamó la atención la figura de Mandela.
Fue recién en 1973, cuando el golpe militar contra Allende me arrojó al exilio, me dejó sin ancla ni país, que el nombre de Mandela se fue convirtiendo en una especie de hogar y refugio, una llamarada de esperanza que me alentó los días del de-sarraigo con un feroz y tierno ejemplo de lealtad. Su significado creció más todavía debido a la torcida colusión de los dos regímenes parias, el de Pinochet y el de Vorster y Botha, que intercambiaban medallas y embajadores y exportaciones (incluyendo armas y gases lacrimógenos). Esas dictaduras hermanadas en su obsesión por eliminar toda rebeldía, toda disidencia, hicieron crecer aún más mi identificación con el destino de Mandela, hicieron que sintiera yo, como tantos que buscaban un mundo más decente e insobornable, que su lucha era la mía, era la nuestra.
No obstante lo cual, tuvo Chile que recuperar su democracia en 1990 –el mismo año en que Mandela finalmente emergió triunfalmente de la cárcel– para que yo comenzara a comprender que aquel ex preso político era bastante más que un símbolo o un eco. En un momento en que Sudáfrica y Chile y muchos otros países encaraban los dilemas turbulentos de una transición a la democracia, en que nos preguntábamos cómo hacer frente a los terrores del pasado sin ser rehenes del odio que ese pasado seguía engendrando, fue Mandela el que nos sirvió de modelo y guía. Al lograr que su patria se deshiciera pacíficamente del apartheid, al negociar con sus enemigos y mantener, sin embargo, su dignidad inquebrantable, nos dio, a tantos que habíamos luchado durante décadas contra la injusticia, una lección fundacional. Teníamos que aprender que puede ser éticamente más complicado navegar las tentaciones y matices de la libertad que mantener en alto la cabeza y el corazón batiendo fuerte en medio de una opresión que separa, sin ambigüedad, el bien del mal.
Admirable ese hombre que, pese a haber pasado casi treinta años en la cárcel, quizá porque pasó tanto tiempo coexistiendo con sus más enconados adversarios, comprendió que la reconciliación es posible, siempre, nos advirtió que no se traicione la memoria, siempre que se exija el arrepentimiento ajeno. Más que admirable. Porque justo cuando pensamos que no se lo podía venerar más, justo entonces decidió no eternizarse en la presidencia. Decidió dar un ejemplo de probidad y confianza en la democracia. Uno de los hombres más populares del planeta y un ídolo en su país prefirió no acumular todo el poder en su persona, prefirió preparar a su patria para el momento inevitable de su desaparición.
Ese momento ahora ha llegado.
Ahora tendrá el mundo, y en especial Sudáfrica, que poner rumbo al futuro incierto sin su prodigiosa presencia, lo que me atrevo a llamar su luz en nuestra oscuridad.
Y es ahora, por supuesto, que Mandela se nos irá haciendo cada vez más peligrosamente legendario. Si no se pudo defender en vida de la santificación insensata, ¿cómo podrá lograr desde la muerte que se lo trate, muy simplemente, como un ser humano de carne y hueso, alguien que, como todos los seres de nuestro universo, nace y come, come y ama, ama y muere?
Quisiera, entonces, en este instante doloroso en que Mandela se nos empieza a escapar entre los discursos y los encomios, los parabienes y los paramales, los monumentos y las estatuas, quisiera rescatar a ese hombre real, tangible, corpóreo.
Tuve la suerte de encontrarme con Madiba (su nombre de clan) el 28 de julio de 2010 cuando visité Sudáfrica para dar la Mandela Lecture, una conferencia que cada año se pronuncia en su honor. Cuando me cursaron la invitación –la primera a un latinoamericano y a un escritor–, mis anfitriones me dijeron que Mandela nos recibiría a mí y a mi mujer Angélica en su casa para almorzar, siempre, claro, que no estuviera enfermo. Resultó que su salud no permitió tal agasajo, pero sí pudimos juntarnos durante una hora en la sede de la fundación que lleva su nombre. Sería uno de los últimos encuentros de Mandela con una visita extranjera, alguien que no perteneciera a su entorno inmediato.
Me llamó la atención su fragilidad, la lenta precariedad de sus movimientos, la firmeza de su mano cuando empuñó la mía, la forma en que su cara se transformaba, como un sol al amanecer, cuando se ponía a sonreír. Y sus mayores sonrisas eran para Graça Machel, su segunda esposa, que lo ha cuidado en su vejez, a quien le debemos que un hombre tan maltratado en la cárcel haya sobrevivido hasta los 95 años.
¿De qué hablamos? De Allende, por cierto. Y de los ataques xenofóbicos a los foráneos y forasteros que son, según Mandela, una vergüenza nacional. Y de sus esperanzas para Sudáfrica.
Todo lo cual era predecible.
Lo especial viene cuando habla de su padre y su madre. Como todos los hombres de edad avanzada, vive una gran parte de cada día en el pasado remoto y, en esta ocasión, debido a que conversamos acerca de su cumpleaños, él menciona un incidente en que su padre golpeó a su madre, una degradación que no está consignada en ninguna de sus biografías.
De pronto, aparece otro Mandela. Alguien que adora a su padre, pero que lo critica. Alguien que quiere a su madre, pero que queda abochornado por su deshonra. Alguien que, mucho antes de ser el gran protagonista que salvó a su patria y ofreció un ejemplo moral inigualable a nuestra especie descarriada, fue un niño, chiquito e indefenso, dándose cuenta de que la injusticia siempre comienza por los actos más pequeños, los más aparentemente insustanciales. Un niño que presencia ese ataque contra su madre –o quizá se lo cuentan, quizá ocurrió antes de su nacimiento, no es evidente en su relato– y que se pregunta ante la inmensidad desolada del continente africano por qué existe el dolor, se pregunta acerca de un mundo autoritario que parece inalterable y que, sin embargo, necesita rectificarse, necesita ser mejor.
Ese es el Mandela del que me quiero acordar.
El que vivió día a día su siglo terrible y no salió dañado de su cautiverio.
El que cultivó un jardín en la cárcel.
Gozaba plantando y cosechando bajo la lluvia y bajo el sol, sabiendo que tal como ejercía un mínimo control sobre esa parcelita de tierra, también podía controlar su dignidad y sus memorias y la fidelidad con sus compañeros. El que compartía fruta y vegetales con los otros presos, pero también con sus carceleros, prefigurando el tipo de nación que deseaba y soñaba.
Es así como quiero recordar a Madiba.
Como un jardín que crece, así como crece la memoria. Como un jardín que crece como debería crecer la justicia. Como un jardín que nos reconcilia con la existencia y la muerte y las pérdidas irreparables. Como un jardín que crece, como crece Mandela adentro de todos nosotros, adentro del mundo que él ayudó a crear y que tendrá que encontrar a tientas un modo de serle fiel.

Mandela, por lo tanto, no fue un “adorador de la legalidad burguesa” sino un extraordinario líder político cuya estrategia y tácticas de lucha fueron variando según cambiaban las condiciones bajo las cuales libraba sus batallas. Se dice que fue el hombre que acabó con el odioso “apartheid” sudafricano, lo cual es una verdad a medias. La otra mitad del mérito le corresponde a Fidel y la Revolución Cubana, que con su intervención en la guerra civil de Angola selló la suerte de los racistas al derrotar a las tropas de Zaire (hoy, República Democrática del Congo), del ejército sudafricano y de dos ejércitos mercenarios angoleños organizados, armados y financiados por EEUU a través de la CIA. Gracias a su heroica colaboración, en la cual una vez más se demostró el noble internacionalismo de la Revolución Cubana, se logró mantener la independencia de Angola, sentar las bases para la posterior emancipación de Namibia y disparar el tiro de gracia en contra del “apartheid” sudafricano. Por eso, enterado del resultado de la crucial batalla de Cuito Cuanavale, el 23 de Marzo de 1988, Mandela escribió desde la cárcel que el desenlace de lo que se dio en llamar “la Stalingrado africana” fue “el punto de inflexión para la liberación de nuestro continente, y de mi pueblo, del flagelo del `apartheid`.” La derrota de los racistas y sus mentores estadounidenses asestó un golpe mortal a la ocupación sudafricana de Namibia y precipitó el inicio de las negociaciones con el CNA que, a poco andar, terminarían por demoler al régimen racista sudafricano, obra mancomunada de aquellos dos gigantescos estadistas y revolucionarios. Años más tarde, en la Conferencia de Solidaridad Cubana-Sudafricana de 1995 Mandela diría que “los cubanos vinieron a nuestra región como doctores, maestros, soldados, expertos agrícolas, pero nunca como colonizadores. Compartieron las mismas trincheras en la lucha contra el colonialismo, subdesarrollo y el “apartheid”… Jamás olvidaremos este incomparable ejemplo de desinteresado internacionalismo”. Es un buen recordatorio para quienes ayer y todavía hoy hablan de la “invasión” cubana a Angola.
Cuba pagó un precio enorme por este noble acto de solidaridad internacional que, como lo recuerda Mandela, fue el punto de inflexión de la lucha contra el racismo en África. Entre 1975 y 1991 cerca de 450.000 hombres y mujeres de la isla pararon por Angola jugándose en ello su vida. Poco más de 2600 la perdieron luchando para derrotar el régimen racista de Pretoria y sus aliados. La muerte de ese extraordinario líder que fue Nelson Mandela es una excelente ocasión para rendir homenaje a su lucha y, también, al heroísmo internacionalista de Fidel y la Revolución Cubana.
Mensaje del Héroe de la República de Cuba, Gerardo Hernández Nordelo por el fallecimiento de Nelson Mandela
Enviar a un amigo/a
Mensaje del Héroe de la República de Cuba, Gerardo Hernández Nordelo por el fallecimiento de Nelson Mandela.
Quienes dedican ilimitados recursos a borrar y reescribir la historia, y lo tuvieron en sus listas de "peligrosos terroristas", hoy sufrirán de amnesia colectiva.
Quienes lo agraviaron negándole un homenaje en la Ciudad de Miami, por abrazar a Fidel y agradecer la ayuda de Cuba a África, hoy tendrán que callar avergonzados.
Los Cinco seguiremos enfrentando cada día la injusta prisión -hasta el final- inspirados en su ejemplo de lealtad y resistencia.
¡Gloria eterna al gran Nelson Mandela!
Gerardo Hernández Nordelo
Prisión Federal de Victorville, California
Diciembre 5 de 2013
La Habana, Cuba, sede de los diálogos de paz, 6 de diciembre de 2013./^
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EL HOMENAJE DE LAS FARC
HA MUERTO UN GRAN LUCHADOR REVOLUCIONARIO
/"Los verdaderos líderes deben estar dispuestos /
/a sacrificarlo todo por la libertad de su pueblo". /
Nelson Mandela
La Delegación de Paz de las FARC-EP se une al dolor que apena al mundo
entero por el fallecimiento de Nelson Mandela, Madiba. Hacemos llegar al
pueblo surafricano y al Congreso Nacional Africano nuestro sincero
saludo de condolencia en estos momentos de inmenso dolor.
Los revolucionarios del mundo aprendimos del ejemplo de Madiba.
Contrario a lo que hoy pregonan hipócritas aduladores y oportunistas,
Mandela nunca fue un simple pacifista. Fue un revolucionario integral,
que asumió consecuentemente la resistencia popular armada contra un
orden social ilegítimo e injusto. Con la razón de su parte, desafió la
tiranía desde la prisión, mostrando el temple acerado de su talante.
Guiado por Mandela, y conjugando las diversas formas de la lucha
popular, el pueblo surafricano derrotó el apartheid y trazó el camino
hacia la paz y la democracia.
Mandela vive hoy en las luchas de los pueblos por la paz. Los
combatientes de las FARC-EP reivindicamos su legado.
*Delegación de Paz de las FARC-EP.
HA MUERTO UN GRAN LUCHADOR REVOLUCIONARIO
/"Los verdaderos líderes deben estar dispuestos /
/a sacrificarlo todo por la libertad de su pueblo". /
Nelson Mandela
La Delegación de Paz de las FARC-EP se une al dolor que apena al mundo
entero por el fallecimiento de Nelson Mandela, Madiba. Hacemos llegar al
pueblo surafricano y al Congreso Nacional Africano nuestro sincero
saludo de condolencia en estos momentos de inmenso dolor.
Los revolucionarios del mundo aprendimos del ejemplo de Madiba.
Contrario a lo que hoy pregonan hipócritas aduladores y oportunistas,
Mandela nunca fue un simple pacifista. Fue un revolucionario integral,
que asumió consecuentemente la resistencia popular armada contra un
orden social ilegítimo e injusto. Con la razón de su parte, desafió la
tiranía desde la prisión, mostrando el temple acerado de su talante.
Guiado por Mandela, y conjugando las diversas formas de la lucha
popular, el pueblo surafricano derrotó el apartheid y trazó el camino
hacia la paz y la democracia.
Mandela vive hoy en las luchas de los pueblos por la paz. Los
combatientes de las FARC-EP reivindicamos su legado.
*Delegación de Paz de las FARC-EP.
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OPINION
Madiba, más allá de la leyenda
Por Ariel Dorfman *
Yo era a la sazón un joven de veinte años que, como tantos de mi generación en Chile, predicaba la revolución. Bajo el menor pretexto local, nacional o internacional, salía, junto a otros estudiantes, a las calles de Santiago a exigir justicia contra un viento y una marea de policías armados. Y, sin embargo, entre esa multitud de protestas no hubo una, que yo recuerde, que se organizara para reclamar la libertad de Mandela. Entendíamos, con borrosa claridad, que el apartheid sudafricano era una lacra racista, el sistema más inhumano y cruel en el mundo, pero su lucha era un mero resplandor lejano frente a la urgencia de una América latina empobrecida y ardiente. Ni siquiera durante los tres años de la presidencia de Salvador Allende –cuyo programa de liberación nacional pudo haber sido calcado de la Freedom Charter de la African National Congress– me llamó la atención la figura de Mandela.
Fue recién en 1973, cuando el golpe militar contra Allende me arrojó al exilio, me dejó sin ancla ni país, que el nombre de Mandela se fue convirtiendo en una especie de hogar y refugio, una llamarada de esperanza que me alentó los días del de-sarraigo con un feroz y tierno ejemplo de lealtad. Su significado creció más todavía debido a la torcida colusión de los dos regímenes parias, el de Pinochet y el de Vorster y Botha, que intercambiaban medallas y embajadores y exportaciones (incluyendo armas y gases lacrimógenos). Esas dictaduras hermanadas en su obsesión por eliminar toda rebeldía, toda disidencia, hicieron crecer aún más mi identificación con el destino de Mandela, hicieron que sintiera yo, como tantos que buscaban un mundo más decente e insobornable, que su lucha era la mía, era la nuestra.
No obstante lo cual, tuvo Chile que recuperar su democracia en 1990 –el mismo año en que Mandela finalmente emergió triunfalmente de la cárcel– para que yo comenzara a comprender que aquel ex preso político era bastante más que un símbolo o un eco. En un momento en que Sudáfrica y Chile y muchos otros países encaraban los dilemas turbulentos de una transición a la democracia, en que nos preguntábamos cómo hacer frente a los terrores del pasado sin ser rehenes del odio que ese pasado seguía engendrando, fue Mandela el que nos sirvió de modelo y guía. Al lograr que su patria se deshiciera pacíficamente del apartheid, al negociar con sus enemigos y mantener, sin embargo, su dignidad inquebrantable, nos dio, a tantos que habíamos luchado durante décadas contra la injusticia, una lección fundacional. Teníamos que aprender que puede ser éticamente más complicado navegar las tentaciones y matices de la libertad que mantener en alto la cabeza y el corazón batiendo fuerte en medio de una opresión que separa, sin ambigüedad, el bien del mal.
Admirable ese hombre que, pese a haber pasado casi treinta años en la cárcel, quizá porque pasó tanto tiempo coexistiendo con sus más enconados adversarios, comprendió que la reconciliación es posible, siempre, nos advirtió que no se traicione la memoria, siempre que se exija el arrepentimiento ajeno. Más que admirable. Porque justo cuando pensamos que no se lo podía venerar más, justo entonces decidió no eternizarse en la presidencia. Decidió dar un ejemplo de probidad y confianza en la democracia. Uno de los hombres más populares del planeta y un ídolo en su país prefirió no acumular todo el poder en su persona, prefirió preparar a su patria para el momento inevitable de su desaparición.
Ese momento ahora ha llegado.
Ahora tendrá el mundo, y en especial Sudáfrica, que poner rumbo al futuro incierto sin su prodigiosa presencia, lo que me atrevo a llamar su luz en nuestra oscuridad.
Y es ahora, por supuesto, que Mandela se nos irá haciendo cada vez más peligrosamente legendario. Si no se pudo defender en vida de la santificación insensata, ¿cómo podrá lograr desde la muerte que se lo trate, muy simplemente, como un ser humano de carne y hueso, alguien que, como todos los seres de nuestro universo, nace y come, come y ama, ama y muere?
Quisiera, entonces, en este instante doloroso en que Mandela se nos empieza a escapar entre los discursos y los encomios, los parabienes y los paramales, los monumentos y las estatuas, quisiera rescatar a ese hombre real, tangible, corpóreo.
Tuve la suerte de encontrarme con Madiba (su nombre de clan) el 28 de julio de 2010 cuando visité Sudáfrica para dar la Mandela Lecture, una conferencia que cada año se pronuncia en su honor. Cuando me cursaron la invitación –la primera a un latinoamericano y a un escritor–, mis anfitriones me dijeron que Mandela nos recibiría a mí y a mi mujer Angélica en su casa para almorzar, siempre, claro, que no estuviera enfermo. Resultó que su salud no permitió tal agasajo, pero sí pudimos juntarnos durante una hora en la sede de la fundación que lleva su nombre. Sería uno de los últimos encuentros de Mandela con una visita extranjera, alguien que no perteneciera a su entorno inmediato.
Me llamó la atención su fragilidad, la lenta precariedad de sus movimientos, la firmeza de su mano cuando empuñó la mía, la forma en que su cara se transformaba, como un sol al amanecer, cuando se ponía a sonreír. Y sus mayores sonrisas eran para Graça Machel, su segunda esposa, que lo ha cuidado en su vejez, a quien le debemos que un hombre tan maltratado en la cárcel haya sobrevivido hasta los 95 años.
¿De qué hablamos? De Allende, por cierto. Y de los ataques xenofóbicos a los foráneos y forasteros que son, según Mandela, una vergüenza nacional. Y de sus esperanzas para Sudáfrica.
Todo lo cual era predecible.
Lo especial viene cuando habla de su padre y su madre. Como todos los hombres de edad avanzada, vive una gran parte de cada día en el pasado remoto y, en esta ocasión, debido a que conversamos acerca de su cumpleaños, él menciona un incidente en que su padre golpeó a su madre, una degradación que no está consignada en ninguna de sus biografías.
De pronto, aparece otro Mandela. Alguien que adora a su padre, pero que lo critica. Alguien que quiere a su madre, pero que queda abochornado por su deshonra. Alguien que, mucho antes de ser el gran protagonista que salvó a su patria y ofreció un ejemplo moral inigualable a nuestra especie descarriada, fue un niño, chiquito e indefenso, dándose cuenta de que la injusticia siempre comienza por los actos más pequeños, los más aparentemente insustanciales. Un niño que presencia ese ataque contra su madre –o quizá se lo cuentan, quizá ocurrió antes de su nacimiento, no es evidente en su relato– y que se pregunta ante la inmensidad desolada del continente africano por qué existe el dolor, se pregunta acerca de un mundo autoritario que parece inalterable y que, sin embargo, necesita rectificarse, necesita ser mejor.
Ese es el Mandela del que me quiero acordar.
El que vivió día a día su siglo terrible y no salió dañado de su cautiverio.
El que cultivó un jardín en la cárcel.
Gozaba plantando y cosechando bajo la lluvia y bajo el sol, sabiendo que tal como ejercía un mínimo control sobre esa parcelita de tierra, también podía controlar su dignidad y sus memorias y la fidelidad con sus compañeros. El que compartía fruta y vegetales con los otros presos, pero también con sus carceleros, prefigurando el tipo de nación que deseaba y soñaba.
Es así como quiero recordar a Madiba.
Como un jardín que crece, así como crece la memoria. Como un jardín que crece como debería crecer la justicia. Como un jardín que nos reconcilia con la existencia y la muerte y las pérdidas irreparables. Como un jardín que crece, como crece Mandela adentro de todos nosotros, adentro del mundo que él ayudó a crear y que tendrá que encontrar a tientas un modo de serle fiel.
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Mandela y Fidel
Por Atilio A. Boron
Por Atilio A. Boron
La muerte de Nelson Mandela ha precipitado una catarata de interpretaciones sobre su vida y su obra, todas las cuales lo presentan como un apóstol del pacifismo y una especie de Madre Teresa de Sudáfrica. Se trata de una imagen esencial y premeditadamente equivocada, que soslaya que luego de la matanza de Sharpeville, en 1960, el Congreso Nacional Africano (CNA) y su líder, precisamente Mandela, adoptan la vía armada y el sabotaje a empresas y proyectos de importancia económica pero sin atentar contra vidas humanas. Mandela recorrió diversos países de África en busca de ayuda económica y militar para sostener esta nueva táctica de lucha. Cayó preso en 1962 y, poco después, se le condenó a cadena perpetua, que lo mantendría relegado en una cárcel de máxima seguridad, en una celda de dos por dos metros, durante 25 años, salvo los dos últimos años en los cuales la formidable presión internacional para lograr su liberación mejoraron las condiciones de su detención.
Mandela, por lo tanto, no fue un “adorador de la legalidad burguesa” sino un extraordinario líder político cuya estrategia y tácticas de lucha fueron variando según cambiaban las condiciones bajo las cuales libraba sus batallas. Se dice que fue el hombre que acabó con el odioso “apartheid” sudafricano, lo cual es una verdad a medias. La otra mitad del mérito le corresponde a Fidel y la Revolución Cubana, que con su intervención en la guerra civil de Angola selló la suerte de los racistas al derrotar a las tropas de Zaire (hoy, República Democrática del Congo), del ejército sudafricano y de dos ejércitos mercenarios angoleños organizados, armados y financiados por EEUU a través de la CIA. Gracias a su heroica colaboración, en la cual una vez más se demostró el noble internacionalismo de la Revolución Cubana, se logró mantener la independencia de Angola, sentar las bases para la posterior emancipación de Namibia y disparar el tiro de gracia en contra del “apartheid” sudafricano. Por eso, enterado del resultado de la crucial batalla de Cuito Cuanavale, el 23 de Marzo de 1988, Mandela escribió desde la cárcel que el desenlace de lo que se dio en llamar “la Stalingrado africana” fue “el punto de inflexión para la liberación de nuestro continente, y de mi pueblo, del flagelo del `apartheid`.” La derrota de los racistas y sus mentores estadounidenses asestó un golpe mortal a la ocupación sudafricana de Namibia y precipitó el inicio de las negociaciones con el CNA que, a poco andar, terminarían por demoler al régimen racista sudafricano, obra mancomunada de aquellos dos gigantescos estadistas y revolucionarios. Años más tarde, en la Conferencia de Solidaridad Cubana-Sudafricana de 1995 Mandela diría que “los cubanos vinieron a nuestra región como doctores, maestros, soldados, expertos agrícolas, pero nunca como colonizadores. Compartieron las mismas trincheras en la lucha contra el colonialismo, subdesarrollo y el “apartheid”… Jamás olvidaremos este incomparable ejemplo de desinteresado internacionalismo”. Es un buen recordatorio para quienes ayer y todavía hoy hablan de la “invasión” cubana a Angola.
Cuba pagó un precio enorme por este noble acto de solidaridad internacional que, como lo recuerda Mandela, fue el punto de inflexión de la lucha contra el racismo en África. Entre 1975 y 1991 cerca de 450.000 hombres y mujeres de la isla pararon por Angola jugándose en ello su vida. Poco más de 2600 la perdieron luchando para derrotar el régimen racista de Pretoria y sus aliados. La muerte de ese extraordinario líder que fue Nelson Mandela es una excelente ocasión para rendir homenaje a su lucha y, también, al heroísmo internacionalista de Fidel y la Revolución Cubana.
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Cómo Cuba inspiró a Mandela
Pablo Esparza
Jueves, 5 de diciembre de 2013
Soldados cubanos en Angola en 1988 cerca de Cuito Cuanavale.
En una pared de piedra de casi 700 metros, en la colina del Parque de la Libertad de Pretoria, la capital de Sudáfrica, hay grabados más de 95.000 nombres. Y entre ellos, los de 2.107 soldados cubanos.
"Ese muro guarda la memoria y rinde homenaje a aquellos que murieron para que hoy Sudáfrica tenga paz y democracia. Y en esa lucha Cuba representó un papel importante", le dice a BBC Mundo Victor Netshiavha, curador jefe del memorial, impulsado por Nelson Mandela e inaugurado en 2007.
Pero, ¿quiénes fueron esos cubanos que "lucharon por la liberación de Sudáfrica"?
"Sin la derrota en Cuito Cuanavale nuestras organizaciones nunca hubieran sido legalizadas"
Nelson Mandela
Los nombres presentes en el muro de Pretoria son los de los soldados muertos en la batalla de Cuito Cuanavale, en Angola, en 1988, a la que el líder sudafricano Nelson Mandela, fallecido el jueves 5 de diciembre, se refirió en diversas ocasiones como un punto de inflexión en la lucha contra el apartheid.
"Aquella impresionante derrota del ejército racista le dio a Angola la posibilidad de disfrutar de la paz y consolidar su soberanía. Le dio al pueblo de Namibia su independiencia, desmoralizó al régimen racista blanco de Pretoria e inspiró la lucha contra el apartheid dentro de Sudáfrica (…) . Sin la derrota en Cuito Cuanavale nuestras organizaciones nunca hubieran sido legalizadas", dijo Mandela ante una multitud el 26 de julio de 1991 en Matanzas, Cuba.
Hacía apenas un año y medio que el líder sudafricano había salido de la prisión de Robben Island –donde había permanecido durante 27 años- y aquella era su primera visita a Cuba.
La batalla decisiva
Muro de los Nombre en el Parque de la Libertad de Pretoria.
Cuito Cuanavale fue quizá una de las batallas más decisivas de la guerra civil angolana, que duró casi 30 años, desde 1975 hasta 2002, y en la que la intervención cubana tuvo un papel clave.
"En esos momentos había 50.000 soldados cubanos en Angola. En la ofensiva participaron 10.000", le cuenta a BBC Mundo el periodista cubano Hedelberto López Blanch, autor del libro Cuba, pequeño gigante contra el apartheid.
En el conflicto angolano se enfrentaron las fuerzas del gobierno del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) –en aquella época de inspiración marxista y apoyado por Cuba y la Unión Soviética- contra el grupo insurgente Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), apoyado por el gobierno del apartheid sudafricano y por Estados Unidos.
"Cuito Cuanavale fue un punto de inflexión en la historia de África. Los militares del gobierno del apartheid habían ocupado todo el sur de África después de 1975 buscando dar marcha atrás a las independencias de los pueblos de esa región. Con el apoyo de los cubanos, los angolanos vencieron a las fuerzas del apartheid. Fue una derrota total. A partir de ese momento, Pretoria negoció con los angolanos y namibios y condujo a la independencia del sur de África. Después se iniciaron las negociaciones con el Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés) que concluyeron con la liberación de Nelson Mandela y al fin del apartheid", le comenta a BBC Mundo Horace Campbell, profesor de ciencias políticas y experto en relaciones entre África y América de la Universidad de Siracuse, en Estados Unidos.
"Fue la mayor batalla desde el final de la II Guerra Mundial entre noviembre de 1987 y junio de 1988", agrega.
La sombra de la Guerra Fría
Para algunos, la guerra civil de Angola en los 70 y 80 se puede leer como una pieza más de la Guerra Fría y en esa clave de intereses políticos interpretan la intervencion cubana en el continente.
"La región del sur de África estaba en el centro de la Guerra Fría en los 80. Los gobiernos occidentales rechazaban en ese momento apoyar al ANC y ayudaban al gobierno blanco de Sudáfrica. En cambio, el bloque soviético sí prestó su apoyo (la Unión Soviética, Alemania Oriental, Cuba…). Les dieron, junto al Partido Comunista Sudafricano, ayuda militar y financiera", apunta a BBC Mundo el analista en temas sudafricanos de la BBC Farouk Chothia.
Sin embargo, el conflicto tuvo lugar en un contexto regional complejo y lleno de matices.
El gobierno de Pretoria –que controlaba en aquel momento la actual Namibia- era una de las principales potencias de la región y las cuestiones raciales y los procesos de descolonización tuvieron un papel fundamental.
"La narrativa sobre la Guerra Fría en este caso haría pensar que la lucha por la independencia en África era secundaria. Para quienes ponen la cuestión de la Guerra Fría por delante de ese aspecto, parecería que los africanos no querían la independencia", dice Campbell.
"Internacionalismo"
Nelson Mandela en su viaje a Cuba el 26 de julio de 1991.
En ese sentido, La Habana justificó su intervención en Angola –que se había iniciado en 1975- en nombre del internacionalismo y la solidaridad.
"En los años de la colonia lleg
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