Por Clodovaldo Hernández / clodoher@yahoo.com /laiguana.tv
Uno de los detalles más significativos del movimiento radical de la oposición, ese que clama por acciones violentas, es que el mensaje de sus cabecillas echa raíces en unas personas que no le ganarían una pelea ni a su abuelita enferma.
Los videos que salen a relucir en las redes electrónicas demuestran que en las así llamadas “asambleas de ciudadanos”, la voz gritante la llevan casi siempre las doñitas fashion, las típicas señoras de clase media, algunas de ellas ya entradas en años y un poco adiposas, a pesar de las virtudes adelgazantes del Zumba. Son ellas las echadas pa’lante, las que se muestran dispuestas a tomar las armas e ir a matar tierrúos al oeste de Caracas.
El historial común de estas señoras es el colegio de monjas, el matrimonio de velo y corona y la perenne lucha de la clase media por acercarse más a los de arriba y alejarse todo lo posible de los de abajo, aunque sea solo en el vacuo terreno de las apariencias (incluyendo el velo, permítanme la maledicencia). Ahora, en la madurez de su vida (bueno, es un decir) claman en las asambleas o en las redes electrónicas por no darle más largas a una guerra civil en la que dicen estar prestas a participar, imaginándose a sí mismas como encarnaciones reales de la virtual Lara Croft.
Sus invocaciones a la “salida” violenta llamarían a la risa, de no ser porque ese tipo de demencia ha demostrado ser altamente contagiosa. Estos pequeños grupos de gente desquiciada han tenido muchas veces un rol determinante en los movimientos reaccionarios que han terminado alcanzando su objetivo de una confrontación fraticida. Los cabecillas lo saben.
Irresponsablemente, las doñitas fashion violentas instigan a sus propios hijos y nietos a que sean la carne de cañón en los planes de los líderes del ala rabiosa de la MUD. En esas reuniones casi kukluxklanescas siembran el odio contra el pueblo pobre y ponen a sus querubines en el compromiso de hacerse parte de una guerra en la que el lado oscuro de la fuerza está a cargo de un par de ancianos malévolos, en La Habana.
A muchos de esos chicos no les queda otra opción que hacer lo que les exigen. ¿Qué muchacho se arriesga a parecer menos valiente que su mami o su abue? Salen entonces a demostrar su arrojo en alguna guarimba; se prestan para asediar a familiares de algún funcionario o para gritarles insultos a unos peloteros (del lado oscuro el beisbol). Y seguirán saliendo a hacer cosas peores en la medida en que estas señoras trastornadas sigan esparciendo su paramilitarismo de asamblea y Twitter. ¡Qué peligro!. SH.B.