
Una tumba sin lápida perdida en el desolado cementerio municipal de Miranda y los cimientos de un estadio abandonado, que llevaría su nombre, son los únicos vestigios públicos alusivos a la inmensa figura de José “Carrao” Bracho, en Punta de Leiva, lugar de su muerte y uno de los sitios donde el pitcher comenzó a tejer la leyenda que lo inmortalizó.
Nada existe de aquella estatua prometida, ni de la plaza para honrar su gloria ante las nuevas generaciones, que anunciaron los gobernantes de turno aquel 16 de junio de 2011 cuando partió a la eternidad.
La majestad de José de La Santísima Trinidad Bracho, que cumpliría hoy 87 años de vida, sigue vigente como nunca, pero solo a través de los libros que guardan sus registros imborrables y en los corazones de sus familiares más allegados. No hay una sola obra con sello oficial en su tierra natal, Maracaibo, ni en Los Puertos, donde murió, que exalte la memoria de este insigne pelotero cuya semblanza trascendió a lo terrenal.
La humilde casa donde pasó gran parte de su vida hasta los últimos días, en Miranda, está en las mismas condiciones de cuando murió, y los tres hijos que dejó, solo heredaron el buen ejemplo de un padre responsable y trabajador, que luchó por el bienestar de todos.
Inés, Irene e Iván Bracho de 64,63 y 52 años respectivamente ven la vida pasar en medio de profundas carencias pues su progenitor no cosechó fortunas ni dejó bienes materiales. Solo conservan los hermosos recuerdos y las efectos personales del padre, especialmente muchas fotografías.
De cinco nietos, Leroy Bracho, de 19 años, hijo de Iván, lleva en sus venas sangre beisbolera. Actualmente es lanzador del equipo de la Universidad del Zulia.
“Lo primero que mi abuelo hizo conmigo para enseñarme a pitchar fue cambiarme la posición del brazo. Yo era zurdo natural y con él aprendí a lanzar a la derecha. Me enseñó a tirar el split y la recta adentro”, recuerda el pitcher.
Iván, padre de Leroy, y último vástago del “Carrao”, también fue pelotero y jugó baloncesto federado. Según infiere, el padre no se preocupó mucho por enseñarle a jugar pelota. “Pienso que no vio en mí condiciones para llegar tan lejos como él”, sostiene.
“Considero que, como técnico, fue un gran padre y, cómo padre, un excelente técnico”, agrega.
En el seno familiar, Iván recuerda a su padre como un ser desprendido. “Ayudó a muchos otros parientes y crió, con su bolsillo, a un grupo grande de muchachos. Nunca se quejó de esa carga”.
El “Carrao” no recibió educación escolar. Su padre, Alcibiades Bracho, de quien heredó el apodo, también era analfabeta y no se preocupó de dársela. “Era pescador y para esos tiempos la educación estaba en un segundo plano. Sobrevivir era la tarea diaria”, sostiene Irene, la segunda de las hermanas. “Aprendió a escribir su nombre y a firmar porque mamá (Ángela Briceño) le enseñó ya casados”, resalta.
Los primeros años en la vida del “Carrao” transcurrieron en un ir y venir, por vía lacustre, entre el sector Cotorrera, de El Milagro, en Maracaibo, y Punta de Leiva, en Los Puertos de Altagracia.
“Nuestro abuelo pescaba en la zona y papá lo ayudaba en esas labores. Siendo muchacho papá se escapaba a jugar pelota , tanto en Maracaibo como en Punta de Leiva, y desfiló por varios equipos aficionados, entre ellos el Oxigen Plant, de Punta de Leiva”, cuenta Iván según las historias que le relató el padre.
El “Carraro” jugaba tercera base, pero la fuerza de su brazo era tal que cuando lo descubrió José Casanova jugando para el Orange Victoria, en Maracaibo, lo firmó para el “Cervecería Caracas” y lo convirtieron en lanzador debutando en la temporada 1948-1949.
El yerno, Enrique Castillo, esposo de Irene, quien compartió con el “Carrao” muchos años en faenas de pesca y lo vio convertirse en campeón de béisbol, relata que su suegro “era capaz de tumbar un racimo de cocos completo lanzándole una bola criolla de 900 gramos ¡Así tiraba de duro!”, exclama.
Entonces comenzó la verdadera leyenda del zuliano “que se convirtió en el pitcher más ganador de la pelota criolla con 109 victorias de por vida, 15 en una sola campaña (51-52) jugando para la divisa Oriente”, relata Luis Verde en su libro Historia del Béisbol en el Zulia.
Tras su debut como profesional los capitalinos ganaron el campeonato y el “Carrao” lanzó en la primera Serie del Caribe, que se celebró en Cuba. Entonces su “bola de tenedor”, lanzamiento que él perfeccionó , le había ganado fama.
En 23 años de carrera profesional pasó también por las filas del Magallanes, Tiburones de La Guaira, Leones del Caracas, Cardenales de Lara y se retiró con las Águilas del Zulia, en 1973.
“En 1955 jugando para el Sugar Kings, equipo triple A de los Rojos de Cincinnati en la Liga Internacional de los Estados Unidos, ganó nueve juegos y estuvo a un paso de subir a las Grandes Ligas, pero el dueño del equipo, Bobby Maduro, prefirió que se quedara para la Pequeña Serie Mundial, que se realizaría ese mismo año”, cuenta el recopilador Reinaldo Salas.
“Ese fue el verdadero motivo por el cual no saltó, me contó una vez, aunque cuando regresaba a Venezuela el avión sufrió un desperfecto y pasó el susto de su vida dando origen al mito de que no llegó a la Gran Carpa por miedo a los aviones”, recuerda Iván.
Despúes del incidente, el lanzador hizo famosa la frase: “El ‘Carrao’ morirá de rolling, nunca de fly”.
Su nombre también figura en el primer puesto de por vida en innings lanzados ,1.769, y juegos completos, 91. Asimismo es el pitcher con más bases por bolas, 618, y más encuentros perdidos, 90. Es el tercero en el renglón de ponches con 859, y su efectividad de 3.17 es la quinta más reducida entre los pitchers con más de mil inning lanzados.
En 1986 fue exaltado al Salón de la Fama del deporte venezolano, en 2001 al Pabellón de la Fama del Béisbol del Caribe y en 2003 al Salón de la Fama de la pelota criolla.
El “Carrao” fue además, un personaje pintoresco y popular. “Por donde pasaba lo saludaba todo el mundo y él soltaba sus palabrotas”, relata Iván quien siempre lo acompañó al estadio Luis Aparico “El Grande” en sus años con las Águilas.
“Un domingo en la mañana abriendo contra el Magallanes, en el propio primer inning, casi lo matan(...) recibió dos roletazos en las piernas y una línea le pasó muy cerca de la cara. Para el segundo inning, el ‘Carrao’ salió al pitching plate uniformado de receptor con careta, peto y chingalas y el público a festejar la ocurrencia (...) El ‘Carrao’ era guapo como pitcher y también hombre expresivo”, recoje Luis Verde en su libro.
El retiro lo fue convirtiendo, poco a poco, en una persona irritable. Su carácter cambió y de aquel personaje bromista y chancero se convirtió en un “viejo pelión” y solitario. Ninguna institución le tendió la mano para darle un trabajo digno en los últimos años de lucidez. “Se iba de la casa y solo regresaba la hora de comer”, dice el hijo.
Antes que el Alzheimer lo postrara en una cama salía del hogar y se perdía pues no recordaba cómo regresar. En uno de esos peregrinajes fue víctima de un arrollamiento y la familia lo encontró, tras varios días, en un hospital con el fémur fracturado.
Esa fue la única lesión que sufrió en la vida privilegiada con una salud de hierro. Pero con ella comenzó su descenso en picada. No se recuperó.
En los años finales perdió totalmente la memoria y la vida se convirtió en un calvario para él y su familia.
Un día de esos lo visitó Luis Aparicio Montiel en su casa y ambos lloraron de la emoción con el reencuentro. “Hablaron, echaron broma y compartieron mucho. Yo pensé, por un momento, que había recuperado la memoria y me alegré”, cuenta Irene Bracho.
“Cuando Luis Aparicio se marchó él me llama y me pregunta con una palabrota por delante. ¿Quién coño es ese viejo llorón? Yo solté la risa, pero enseguida volví a la realidad. Así era el viejo en sus últimos días”, acota.
Hoy, a 87 años de su nacimiento, los familiares piden que no dejen morir su recuerdo. Y es que la memoria del “Carrao” no puede quedar condenada a ese destino como se vislumbra tras su muerte. “El premio con su nombre al mejor pitcher de la temporada criolla, no basta para homenajearlo, él se merece todo un monumento”, exigen los hijos.
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