miércoles, 26 de junio de 2019

El derecho al ocio


Juan Guerrero
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En un curso de fotografía que realicé hace poco más de un año, el profesor se presentó de manera muy jocosa e informal. Tanto fue su informalidad que en un momento de su presentación, de manera natural, nos afirmó: -Es que no existe nada más placentero que ¡cagar! Hubo un segundo de silencio. Uno que otro se ladeo para sonreírse mientras el profesor, sin inmutarse, continuó con su argumentación sobre el derecho de todo ciudadano a negarse al frenesí de una vida acelerada y truculenta.
   Es esta tragedia humana que nos lleva al extremo de una felicidad fingida. Que nos niega el derecho a la tristeza, al llanto y al estremecimiento por lo inevitable del fracaso y la derrota.
   Tanta alegría fingida y de utilería que existe en la fábrica del fetichismo que transita por las redes sociales (RRSS) hace que se convierta en una ilusión esta realidad-real de la cotidianidad por donde nos toca desenvolvernos. Nos transforma en seres de contradicciones permanentes, también obligadas a negarlas. Porque esta sociedad busca que seas perfecto y exacto para ser cuadriculadamente aceptado por todos.
   Siempre nos persiguen los sacerdotes de las alegrías de las buenas nuevas, exigiéndonos nuestra dosis diaria de sonrisas. En la sociedad de la tragedia continuada, la resistencia ante la debacle que otros realizaron y ahora se llama catástrofe humanitaria, te la están paulatinamente achacando a ti, cada vez que pueden, culpándote por no abrir la puerta de tu casa y gritar maldiciones o colocar ramas, troncos y cables en el semáforo para impedir el tránsito.
   Es que los políticos de cualquier color y siglas son bien parecidos a los vendedores de ilusiones religiosas. Esos cultores de la felicidad permanente con sonrisas de azafatas. No, no voy a claudicar a mi derecho a la tristeza ni menos al del fracaso ni al ocio. Tengo también derecho a la lentitud y la contemplación de la vida y del instante.
   Ya existe una multitud inmensa que busca generalizar y presentar la vida en serie, como una descomunal fábrica de alegres chorizos. Creo que la existencia humana también se trata de individuación. Personalizar y presentar con nombre y apellido la gracia de la existencia y la creación.
   Porque el arte está alejado de eso que llaman tumulto y muchedumbre. Eso tan feo y nocivo que han dado en llamar, masa. La masa sabe a mazamorra y no tiene identidad ni sentido de pertenencia ni de trascendencia, plenitud, ruta ni guía. Simplemente vaga y discurre sin pena ni gloria por cualquier parte. El hombre-masa habita la vida. El individuo, por el contrario, es ciudadano que civiliza y asume cívicamente el ser de su existencia. Tiene, por definición, derecho a un lenguaje que lo nombre. Es el lenguaje que en boca de este hombre-ciudadano, adquiere sentido y norma el verbo, lo conjuga y comulga (comulgar lo común es comunidad) para vivir y convivir en plena libertad de palabra y vida.
   Creo que la vida tiene momentos donde es indispensable, rigurosamente necesario, detenernos por momentos, para meditar sobre el sentido que tiene nuestra vida, nuestro devenir como individuo. Sentir cómo el aire entra por tu nariz y alimenta tu cuerpo. Te nutres mientras disfrutas la nadería de ese instante que ya no volverá. Esos pequeños instantes tan sagradamente indispensables. Esos momentos que solo pertenecen a ti y a nadie más.
   Sabes entonces que perteneces a ti. Tú eres el amo de tu mundo. De ti dependes y nadie más vendrá ni huirá de ti. Estás en ti y eso ya es suficiente para abrirte al mundo y a los demás.
   Porque el mundo del ocio es el instante que precede a la creación. Ocio niega al neg-ocio, que es contrario a creación y realización individual.
   El ocio de la creación es plenitud y luminosidad. Es lucidez del instante en la escritura y es ars poética (poiesis) que en su esencia, es producción, materialización de aquello que ha sido visualizado en potencia (potens) como esplendor de eso (Deus) que adviene a la vida desde su origen luminoso.
   Acercarse al ocio con la actitud de quien penetra un universo de creación es nutrirse de humanidad y trascenderse a sí mismo. Nutrirse de mundo teniendo la con-ciencia de vivir en la tristeza del aquí y el ahora de un tiempo y una realidad que nos niegan lo que siempre hemos sido y seremos: seres únicos, irrepetibles e infinitamente transformadores de nuestra realidad.

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