No es un profesor jubilado sino en júbilo, dado al placer de la escritura, la lectura, el cine y sus dos pasiones: el...

Un hombre de aura luminoso nos recibió dispuesto a responder cualquier pregunta acerca de su vida personal. Al este de Caracas fue nuestro encuentro. Antes de ello, se desvió con una bolsa llena de envases de vidrio y cartón para depositarlos en un recipiente de material reutilizable ubicado en un lateral de la plaza de Los Palos Grandes, como parte de ese granito de arena con el que contribuye a la conservación del planeta.
El sonido de los chorros de agua que brotaban del piso de aquella plaza hizo el ambiente especial para adentrarnos en una historia de vida admirable y emocionante, llena de valores humanistas, donde el sentido de la familia es un hecho relevante y forja lo que es hoy el psicólogo social y escritor Leoncio Barrios.
Al preguntarle sobre su infancia soltó una gran carcajada, pues trasladarse a esos recuerdos movió emociones en él, en mí y hasta en el fotógrafo que me acompañaba (Jesús Vargas); sin preparación previa, no es fácil poner el corazón expuesto a ser tocado por tan maravillosa narración.
Es el primero de 7 hermanos. Nació en Valera, estado Trujillo, un 7 de marzo y creció en el seno de una familia andina, aunque fue criado en Caracas. En su hogar predominaba la cultura de Los Andes y cuando tenía tan solo 4 años, sus padres decidieron venir a la capital, por allá en los años 50, buscando una mejor calidad de vida. ¿La habrán encontrado? Pues las posibilidades de estudio eran más amplias y la militancia política tenía mucho más activismo.
Con especial orgullo nos contó que se siente privilegiado por haber vivido parte de su infancia en lo que era el pueblo de El Valle, exactamente en el primer super bloque construido en Venezuela. Se trata del edificio Cerro Grande, una estructura realizada por el Taller de Arquitectura del Banco Obrero, dirigido por el máximo exponente de la arquitectura moderna en el país, Carlos Raúl Villanueva, siguiendo propuesta urbanística francesa. En ese entonces, el presidente del país era Marcos Pérez Jiménez.
Sumergido en nostalgia destaca que ese edificio era como un pueblo vertical: cada 4 pisos había una terraza que se utilizaba de lavandería, donde las mujeres se encontraban y compartían tareas cotidianas y los chamos tenían ese lugar de juegos, podían correr, esconderse y ser libres. Esta convivencia marcaría su vida para siempre; tanto así que para el próximo aniversario de Caracas tiene previsto publicar su libro titulado Cerro Grande, donde plasma la transformación urbana de lo que es hoy la parroquia El Valle.
Desde un balcón fueron testigos de la movilización del año 1958, donde se dio el golpe de Estado contra Pérez Jiménez. “Pudimos presenciar el movimiento de tanques, baterías antiaéreas y de los aviones, tanto el primer día de año nuevo como el día 23 de enero. Cae Pérez Jiménez y fuimos a celebrar la caída de la dictadura, yo con tan solo 12 años de edad. Mamá era parte de una familia que había debutado en la Juventud Comunista”.
—¿De dónde viene tanta sensibilidad por el hecho social que te ha mantenido en constante investigación?
—Yo creo que ser hijo de una madre adolescente de 17 años me marcó personalmente, porque cuando mi mamá tenía 23 años ya tenía 4 niños, y pues me tocó madurar temprano y asumir roles que no me correspondían, siendo padre y madre de mis 6 hermanos. Mi familia cortó con los paradigmas tradicionales, sumergiéndose en una forma hermosa de relacionarnos, muy amorosa, y cultivando siempre la lectura y el saber.
—Yo creo que ser hijo de una madre adolescente de 17 años me marcó personalmente, porque cuando mi mamá tenía 23 años ya tenía 4 niños, y pues me tocó madurar temprano y asumir roles que no me correspondían, siendo padre y madre de mis 6 hermanos. Mi familia cortó con los paradigmas tradicionales, sumergiéndose en una forma hermosa de relacionarnos, muy amorosa, y cultivando siempre la lectura y el saber.
Mis tíos maternos militaban en la Juventud Comunista estando en el liceo, eran unos chamos rebeldes en busca de justicia social, pero eso trajo como consecuencia muchos asedios en contra de mi familia. Muchos tuvieron que huir por tenerlos en la mira. Yo seguí el mismo camino por la sensibilidad social y la formación comunista, influenciado por intelectuales cercanos a mi familia, y eso hizo que con tan solo 12 años allanaran mi casa para llevarme preso. Claro, ellos esperaban encontrar a un dirigente hecho hombre y no fue así; yo era un chamo raquítico y cada vez que sonaba la puerta empezaba a temblar, con ese choque psicológico, porque venían por mí.
Para el año 1962 vienen los tiempos de la represión brutal de Betancourt y mi familia empieza a ser perseguida. Una de esas madrugadas, las casas de mi abuela, de mi tía y la nuestra fueron destrozadas, nos dejaron sin nada.
Con lágrimas en los ojos y la voz quebrada nos confesó el miedo que sentía al salir a la calle, ver una patrulla y pensar en ser asesinado. Hoy en día piensa “¿por qué caminar con miedo?”, pero era inevitable dejar de sentir esa sensación tan temerosa que vivió junto a los suyos. Así pasaron varios años. Uno de sus tíos decidió irse a la guerrilla y a los 6 meses fue asesinado: “otro golpe duro para mi familia”, expresó con dolor.
Su madre, Graciela Barreto, siendo una gran lectora, lo impulsó a escribir: “ese fue un compromiso materno que he asumido hasta ahora”.
Al momento de entrar en la universidad pensó en estudiar letras, pero no era por ahí que se movían sus intereses. Llega a la escuela de psicología de la UCV y se propone “conocer sobre el espíritu humano para escribir sobre el espíritu humano”; eso es lo que lo ha movido durante toda su vida, y al llegar a ese espacio de formación entra como dirigente estudiantil con la idea de hacer que la escuela tuviera una visión más sociocultural y menos conductista. También nos comentó que es un apasionado del cine, quiso estudiarlo pero profundizó más el hecho investigativo. Al egresar, lo llaman para ser preparador en la Escuela de Comunicación Social en un seminario con Antonio Pascuali; luego allí le ofrecen una cátedra, involucrando sus investigaciones con la socialización del conocimiento.
Fue docente durante 25 años en las escuelas de comunicación social y psicología de la UCV y, en términos de valores, siempre quiso transmitir a los alumnos: compromiso, responsabilidad y disfrute.
Describe a su madre como una mujer humanista, libre, aventurera y con cierto toque de locura, después de haber tenido 4 hijos con su esposo, decide separarse, y él negado a un divorcio le propuso que se fuera a estudiar a España. Más tarde, ella llega a Cuba, y fue allí donde se enamoró de un guerrillero tupamaro uruguayo, a quien le da un hijo. Posteriormente, a su compañero guerrillero lo expulsan de Cuba y pararon en otras tierras hasta que su madre pidió ayuda al padre de Leoncio para volver a Caracas, y así fue. Vivían en la misma casa: mamá, papá, el amante de mamá, los 4 hijos del matrimonio y el pequeño que había nacido. Una relación extraña que los vecinos y algunos familiares no entendían, pero era otra manera de concebir la vida. Así llegó otra hermana, quien fue reconocida con el apellido Barrios.
“Para mi papá, la figura de la madre era venerada, siempre nos lo hizo saber; era un profundo respeto por la calidad humana e intelectual de mi madre. Por eso pienso que nosotros comulgamos con ese compromiso de la reivindicación femenina, ese rompimiento de los esquemas convencionales de géneros porque crecimos cocinando, lavando, planchando y haciendo tareas que supuestamente son de mujeres, lo cual hoy en día nos hace hombres mucho más completos.
Más adelante, aquella mujer desenfrenada en dar amor empezó a participar en el movimiento El Techo de la Ballena y conoció a un poeta romántico, Mario Pumar. De esa relación nació Garcilaso, quien termina encerrado en su cotidianidad rodeado de libros. Hoy en día está a cargo de la librería Lugar Común.
“Mi mamá fundó un espacio infantil en Cuba. Luego en Higuerote estuvo muy adentrada en la cultura afrovenezolana, trabajó en un asilo de ancianos y en Caracas trabajó en un centro de niños desnutridos. Eso habla mucho de su sensibilidad humana”.
Con su corazón arrugadito nos contó que la madre murió con 57 años, en su camino al trabajo, tenía problemas cardíacos, yo diría que de tanto amar, amar sin medida. A su velorio llegaron todos sus amantes, se abrazaban y lloraban a esa gran mujer.

—¿Cómo llegas al estudio de la educación sexual?
—Tuve dos hijos con Teresa, les pusimos por nombre Sergio y Elisa. Nos fuimos a estudiar a Nueva York y fue allá donde conocí a unas judías argentinas psicoanalistas, y a partir de ese intercambio de saberes me interesé por el estudio de las familias.
—Tuve dos hijos con Teresa, les pusimos por nombre Sergio y Elisa. Nos fuimos a estudiar a Nueva York y fue allá donde conocí a unas judías argentinas psicoanalistas, y a partir de ese intercambio de saberes me interesé por el estudio de las familias.
Es cuando explota la crisis del sida y empieza la prensa a sacar los casos. Vivía en una zona gay y lésbica en Nueva York. Había una diversidad sexual amplia entre los vecinos y yo también tenía mi sensibilidad gay; empecé a hacer una vida de familia no convencional, igual que las que nos rodeaban.
Cuando regresé a Caracas me encuentro con uno de mis alumnos que se había ido a estudiar a Roma, y me dice: “Leoncio, necesito hablar contigo. Tengo sida”. Fue impactante, porque era una experiencia muy cercana. Ya no era por televisión o por prensa, sino que estaba sentado frente a mí, pidiéndome ayuda. Su familia, muy religiosa, ignoraba que era gay; además de que tenía esa enfermedad, lo anunció estando yo presente como profesor, psicólogo y amigo. La reacción de su familia con mi presencia permitió dialogar, dar información y empaparlos de la situación que se aproximaba. Luego se fueron involucrando positivamente y toda la comunidad del barrio de Petare unió fuerzas para trabajar en la sensibilidad hacia el sida, la educación y diversidad sexual.
Fue una experiencia muy enriquecedora para mí, porque en la práctica fue increíble el aporte de esa comunidad organizada.
A partir de ese momento invité a un grupo de estudiantes de psicología a crear una ONG para ayudar a la gente que se estaba enfrentando al sida. Empezaron a llegar muchos y lo interesante es la manera como les tocaba relacionarse: desde contar experiencia hasta sentires, ya no con la idea de seducir al otro, sino de compartir situaciones similares, encontrarse para morir juntos.
Fue cuando empezó su interés por profundizar y socializar este conocimiento. Arrancó un trabajo de activismo sexual y de dar charlas sobre los riesgos del sexo, de mirar ese acto como placentero, pero que debía ser seguro para disfrutarlo al máximo.
—¿Cuándo crees que debemos hablar de sexualidad con nuestros hijos? Háblanos un poco de tu libro Los sustos del sexo.
—Mientras más temprano se hable con los chamos de sexualidad, mejor; y hacerlo con naturalidad es la clave para enfrentarlo con seguridad y placer. Así es como nace la idea materializada en el libro El susto del sexo, para orientar de una manera dinámica a la generación 2.0, esa que poco lee. Son muchos los miedos que surgen al tener nuestro primer acto sexual, y este material literario lo hace un poco más llevadero.
—Mientras más temprano se hable con los chamos de sexualidad, mejor; y hacerlo con naturalidad es la clave para enfrentarlo con seguridad y placer. Así es como nace la idea materializada en el libro El susto del sexo, para orientar de una manera dinámica a la generación 2.0, esa que poco lee. Son muchos los miedos que surgen al tener nuestro primer acto sexual, y este material literario lo hace un poco más llevadero.
No es solo un libro para chamos, sino también para los padres y madres que no saben cómo abordar ciertos temas con ellos.
—Siendo de una familia con una gran fortaleza de valores, ¿cómo crees que la guerra económica ha afectado en estos principios sociales a los venezolanos?
—El valor de la solidaridad en la actual crisis económica y la carencia de insumos nos coloca en situación de reto y comenzamos a practicar el “compartes o no compartes”. Cuando no compartes predomina el individualismo, porque cuesta conseguirlo. Por una razón tradicional, en los sectores populares predomina la solidaridad: siempre se ayudan en situación de embarazo, funeral, emergencia, enfermedades, etc.
—El valor de la solidaridad en la actual crisis económica y la carencia de insumos nos coloca en situación de reto y comenzamos a practicar el “compartes o no compartes”. Cuando no compartes predomina el individualismo, porque cuesta conseguirlo. Por una razón tradicional, en los sectores populares predomina la solidaridad: siempre se ayudan en situación de embarazo, funeral, emergencia, enfermedades, etc.
Yo considero que hoy en día sigue predominando el valor de la solidaridad en la mayoría de los venezolanos. Es un grupo reducido que apuesta por obtener gran cantidad de dinero con el menos esfuerzo posible. El bachaquero es un ejemplo palpable de ese pequeño grupo.
Creo que el valor individual tiene menos peso en las comunidades que el valor colectivo.
Creo que el valor individual tiene menos peso en las comunidades que el valor colectivo.
Lo vemos en el Metro: hay personas en decadencia, con una bolsa de orine colgando, y ves que los que sacan de sus bolsillos algún billete son personas con necesidades económicas. Es conmovedor en este contexto de crisis, y lo veo en personas que parecieran tener muchas limitantes económicas. Los valores fundamentales del venezolano están ahí y se palpan.
La solidaridad es un valor fundamental en situaciones de crisis, y los antivalores que llevan lo material sobre lo espiritual se tienen que diluir completamente de nuestra sociedad.
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Oliver y la licuadora
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Oliver y la licuadora
Tenía otra cita que lo esperaba, pero no se fue sin contarnos con orgullo la historia de su nieto Oliver y su afición por las licuadoras. Un niño con una imaginación y creatividad grande, que le tenía miedo a los sonidos fuertes, como ese ruido que hace la licuadora al activarse. Es cuando empieza un proceso de hacer alianzas entre este artefacto eléctrico y Oliver. “La encendía él y cuando sentía miedo la apagaba, hasta que le agarró cariño”. Esta experiencia fue plasmada por Leoncio Barrios en el libro infantil que tituló Oliver y la licuadora, con ilustraciones de Daniel Adolfo, que cuenta una historia creativa y con imaginación desenfrenada.
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